Tu mano, delgada, suave, blanca, se arremolinó entre la mía y, juntas ya, cohabitaron, entrelazadas, en una orgía de dedos.
Fue la primera vez que te toqué la piel. Y fue la última.
El sudor de nuestras palmas, el sentir de nuestros dedos y la mordida de tus uñas, me llevaron al lamento, al grito y al olvido necesario.
Besé, entonces, tus labios
y nos dijimos adiós,
desprendiendo nuestras manos.
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