Humo mentolado
Afuera, en las calles, la ciudad termina con el día. Lentamente la marea humana se reduce a unos pocos especímenes, que alargan su derrota caminado las cuadras en guarda griega, zigzagueando por callejuelas poco transitadas. Evitando llegar a sus infiernos privados.
El aire caliente se encajona de vereda a vereda, flotando como una neblina tóxica.
De carbón.
Una pareja de amantes se jura amor eterno, en las sombras de un zaguán, rehusando acordarse que sus cuerpos son perecederos.
- Hasta he cambiado de nombre..., de manera que aunque a todos los que pasan les preguntaras por esta basura en que estoy convertido..., nadie sabría contestarte...
Piensa, apoyando los codos en la barra del bar demalamuerte. Amarradas sus manos aprietan el vaso, que en el fondo guarda aun un pequeño trago.
Caliente.
Casi a oscuras.
A su lado, a un taburete de distancia. Una mujer sonríe melancólicamente, mientras enciende un cigarrillo.
Como recordando.
En el ígneo resplandor del fósforo, le aparecen en el rostro estropeado, las secuelas de cachetadas suministradas por su hombre.
Al que piensa, que no la mira, un espasmo le nace en el estomago. Un espasmo que como un fuego le sube a la garganta, y a duras penas logra retenerlo en la boca apretando los dientes.
Palidece, y fríamente suda.
Ahora sin pensar.
La mujer cierra su cartera, la cuelga en el hombro y sale del bar demalamuerte.
Entre una nube de humo mentolado.
El que palidece queda solo, y aprieta el vaso entre las manos. Y el espasmo nauseoso se repite brutal, ahora.
Debajo del esternón, quemando.
Sube.
No alcanzan los dientes apretados para retenerlo. Ahora ácidos borbotones le progresan por la nariz, le hacen llorar los ojos. Con asco mastica el contenido de su boca, regurgitado.
En el bar demalamuerte ahora no hay nadie, solo él, convulsivando arrollado contra la barra.
La mortecina luz escondida entre las botellas, no distingue a nadie tras el despacho de bebidas.
El de los dientes apretados, sufre y contempla su cara de muerto, en un espejo cercano. Entre penumbras.
Esta solo, solo con una música en la que un bajo resalta, desagradable.
La boca llena.
Los ojos inyectados.
El de los ojos inyectados no puede más, y en una nueva nausea, vierte el contenido de sus tripas y su boca en el vaso que se llena, hasta rebalsar.
Repugnado se alivia. Suspira.
Tose.
Y limpiando los restos alimentarios que le quedan pegados al mentón con las manos, sale, casi huye del bar demalamuerte. En la acera pisando entre un pantano de orines, escupe aun restos ácidos de su boca.
Maldice.
Una bocacalle lo traga.
A las sombras rojizas del bar demalamuerte ingresa otro hombre. Visiblemente alcoholizado. Trastabillando en la entrada, el otro hombre ingresa a grandes pasos, sin proponérselo.
Llega a la barra casi flameando, en andar ingobernable. Y en el apuro de una caída segura.
La barra lo sostiene y el hombre que aun sigue sin ver, ahora en su pleno equilibrio, descubre un asiento y lo usa.
Perezosamente le aparecen las formas del bar demalamuerte, del mostrador vacío, de la luz entre las botellas, del espejo donde se descubre y se saluda. De los taburetes solitarios en fila.
Y descubre el vaso lleno.
Frente a él, en la barra vacía se dibuja el gran vaso rebosante. Brillando levemente.
Ofreciéndose al sediento.
Sin pensarlo, el otro hombre, el que llego a la barra tropezando, casi flameando. Empuña el vaso pletórico, y lo bebe. Lo bebe de un trago prolongado, sustancioso.
Le cuesta tragarlo.
Luego de vaciarlo en el garguero, emite un soplido. Mira el vaso. Y lo apoya con un golpe frente a él.
En la barra.
Entre la música del bajo excesivo. Retumbante.
Unas cortinas, tan oscuras como el bar demalamuerte se mueven. Aparece un hombre calvo, de camisa blanca y un pequeño moño negro, ridículo, en el cuello.
El hombre que bebió el trago sustancioso, aun resoplando, empuja el vaso vacío con la punta de los dedos hacia el de camisa blanca, y moño negro.
Que se acerca tras la barra.
Y le dice:
- Mozo...!, sirvamé otro clericó...!, pero por favor..., sin salamín...!!
(2004)
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