Aquí estoy. Otra tardecita más. Otra más de aquellas que debiera ocupar estudiando, preparando informes finales, tan informes, tan finales que ya pregonan descarados su plazo apocalíptico. Y no dejo de repetirme eso: apocalíptico, apocalíptico… como un pesado sortilegio; después me digo que soy tonta, que aún no asoma su remate en mi horizonte… y me digo… Me digo que aquí estoy.
“Estudiar” se ha vuelto así subterfugio oportuno, puertecita privada de salida a mi interior; ante esa simple invocación consienten todos en dejarme en paz, se respetan y disculpan mis horarios, se custodian incluso mis retiros. Una bendición. Una que me inclina inexorable a acogerme a una buena sombra, a tumbarme complacida a su misma intimidad, a encontrarme en esa cama amable con la mía. Y acudo así, papel y lápiz en mano, por caso de apariencia, y me acomodo a pies de mi arbolito abandonada a la inmensidad de este paisaje que se place en rodearme, al azar del baile de unas hojas, a la venerable edad que redondea algunas piedras, al discurso animado de la música del viento en mi desierto.
Al punto, entre tanta inmensidad, una diminuta mariposa me ha elegido. Un pequeño, pequeñito Duendeoscuro, de nombre poderoso y seductor, tanto como humilde es su tamaño, se viene a mí, se posa en mi rodilla para descansar. O acaso no, tal vez no venga tan cansada... no sé... Pero de inmediato yo también la adopto a ella.
Duendeoscuro se hace entonces cargo de mi mente, la coge de la mano y la conduce por un pasillo húmedo, despliega ante mis ojos un paisaje oscuro, un camino rezumante de misterios y de sombras que toman plaza en mi mirada deslizando su presencia con latir vertiginoso, otra puerta, más pasillos, y al fondo... ¡Dios!, al fin llegamos a esa estantería, al libro aquel de las catalogaciones más científicas, a la página misma donde para este viaje. Allí su imagen, la imagen de una pequeña Duendeoscuro etiquetada, la delicadeza de su nombre: Cupido minimus.
¡Es Cupido mi pequeña Duendeoscuro!
Y así la minimus, sin tiempo de pensar, súbitamente, de nuevo se apodera de mi alma y la lleva de viaje. Conduce ahora por un bosque, me arrastra hasta unos prados, la pisada suave, la frondosidad del fresno, la frescura inmensa de una boca, la intemperie de quedar expuesta a tantos dedos, el deseo de quedar amarrada en el deseo. El deseo luego de quedar, sólo de quedar…
Cupido no me escucha, otra vez me arrastra, me conduce inconsolable por la música del viento y atracamos pronto ambos en aquella misma orilla. La minimus me mira aleteando ahora en mi rodilla; Cupido lanza luego el vuelo, revolotea en torno a mi cabello un instante apenas y se aleja, se guarda y se confunde en esa inmensidad que nos hace a todos tan pequeños.
¿Y qué puedo hacer yo?
Observo ambos horizontes, muerdo el lápiz y me veo quedar también pequeña, quedar ahora sola y recostada en un enorme desconsuelo, vocear en un suspiro mi protesta más airada, mi lamento más profundo… ¡Dios!... ¡Por qué han de ser tan minimus todos los Cupido que habitan mi desierto!
|