Cerró los ojos escuchando el monótono e hipnotizador sonido del reloj. Al poco ese murmullo le llevó a un lugar desconocido; una antigua calle de adoquines oscuros y pendiente pronunciada. A ambos lados reconoció a su familia, algunos vecinos y viejos amigos.
La pendiente llegaba hasta un lago donde sobresalían dos islotes. A la izquierda un precipicio se alzaba en caprichosas formas; caras talladas y perfiladas, hombres de mediana edad y semblante señorial.
No muy lejos escucharon ruidos de feria, intuían el color rosado de las nubes de algodón y el olor a azúcar quemada. También la pólvora de petardos compartidos, juegos de niños. De fondo, la música de una tómbola y la ruleta de la fortuna.
Aquel era el bando de la alegría y diversión, pero no era el suyo.
Sentados a ambos lados del callejón se hacían muchas preguntas. Alguien poderoso les hacía partícipes de su particular atracción, “El Medidor Del Dolor Ajeno”.
De repente la incertidumbre se congeló. Una joven embarazada, llevada a la fuerza fue arrastrada hasta el lago sin que sus familiares pudieran detenerlo.
En décimas de segundo fue lanzada hacia el islote más pronunciado y desde allí devuelta al otro islote, ya más cerca de la orilla.
La familia corrió a socorrerla, y fue su hermana menor quien la llevó al centro sanitario, en lo alto de la calle. Un improvisado hospital formaba parte de aquel juego.
Corría aprisa casi sin sentir los pies, subió las escaleras del centro y llegó a una sala de esperas colapsada donde suplicó le atendieran. Un médico se acercó, puso a su hermana en una fría camilla plateada dando el caso por perdido. Ella no la abandonó hasta el final y desconsolada lloró cuando la muerte se llevaba a su ser querido.
Salió del aquel lugar donde las miradas de terror se multiplicaban. Cabizbaja regresó con su familia. El silencio fue largo, muy largo.
Miró hacia atrás, quería encontrar un final, una explicación, mientras los demás aguardaban expectantes la siguiente jugada.
|