La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - DiegoRomero - 'El desengaño'
El desengaño
Hinchado por la lluvia, el dintel esconde los años, las estaciones, las vueltas que dio este puto mundo alrededor del sol hasta ahora mismo que lo veo. A través del círculo que con un dedo he vaciado en el sudor de la ventana, veo en el suelo del patio la caja de música con la que hace unas horas jugaba Luisana, cuando todo era mediodía con sol y el corderito que tanto les gusta, porque nunca me ha parecido un escándalo que Andrea venga con la nena, tan graciosa para andar por las cosas, como atropellándolas en su curiosidad de abrirlas por ver qué tienen dentro, como abriría yo ahora mismo la cajita musical que se moja en el patio y que horas atrás ella hacía andar una y otra vez, acaso encontrando con cada vuelta una cifrada novedad en la melodía. La bailarina parece de plástico bajo el agua, tallada en la eterna postura del baile por las manos de mi bisabuelo que, al momento de hacerlo, era tan sólo Giovanni Campanella, de diecinueve años y aburrido en África, pensando con pasión en la abuela de mi madre. Años más tarde mandaría a construir la caja como regalo para mi bisabuela, quien se la dio a mi madre, que me la dejó después.
La recuerdo, ahora, sobre una repisa enfrentada al mar, cuando mis mañanas eran Delia como una presencia silenciosa. También la llevé a la capital durante los dos años que duró la maestría y allí descansó sobre un mueble. Creo haberla hecho funcionar dos o tres veces en todo ese tiempo, una tarde de tristeza, una noche borracho para producir no sé qué efecto en una mujer, acaso cierta ternura estética que pretendí evocarle, inútilmente, después de contarle la historia de mi abuelo.
Le perdí el rastro durante años, olvidándola en una mudanza, ignorada mucho tiempo debajo de una lámpara hasta que una tarde, pensando en los años de mar y paseos por la playa, la memoria la trajo y me asumí un traidor hacia mi madre. La posibilidad de una tendencia edípica en ese sentir me perturbó.
Intenté, decidido, olvidar aquello, y la caja fue perdiendo su convencional afecto hasta aquella mañana y el tipo entrando, tomándose el tiempo para mirar algunas (todas) las cosas, consultar aparadores, preguntar algo a los empleados.
Sus ojos de plomo ya me habían visto, pero fingió descubrirme sobre el hombro de un cliente, de pie, sin mirar de lleno, buscando los costados, la estúpida distracción en lo banal, hasta que pudo encararme como mejor le pareció, voz quebradiza, respetuosa, más que gentil sumisa, incompatible con la impresión que me había causado al verlo, vestido de oscuro como iba y de rictus tan serio.
Es usted el señor…
Sí, soy yo, respondí mirándolo fijo, sin prevención.
Tengo algo que va a gustarle, si es que conoce de qué se trata.
No entiendo, dije mientras me fijaba cuál de los chicos pasaba para ponerlo un instante al frente y así poder demorarme tranquilo con el recién llegado. Pasamos a una habitación trasera, donde fue la idea de Queca que desde un comienzo hubiera en el salón de té un lugar para exposiciones, un multiespacio como decía ella que había leído libros sobre el tema y esas cosas, y le dije que sí una tarde de sol, previo instante a derramarme dentro de ella en la cama de su hermana. Uno no podía decirle que no a las tetas de Queca, ni a la nariz de Queca.
Fuimos hasta una luz dicroica: apareció un paquete desprolijo, en papel de diario, que acercó hasta mi pecho con un ligero temblor en la mano. Tome, dijo, agarre y vealó, quiero saber si me equivoqué, y yo desaté aquello con desconfianza, irracionalmente atemorizado, acaso con una estúpida culpa por la posibilidad de defraudarlo.
Era la caja.
Distinta, irreconocible al primer vistazo. Pero ahí estaba, aflorando entre papeles de diario. Lo volví a mirar fijo, leyó en mis ojos todas las preguntas y me dijo algo más, antes de pedirme una suma de dinero. Me pareció accesible, sobre todo después de haber echado a andar la melodía, ver la figura de marfil girando, abarcar de un palmo y en un solo objeto tantas cosas que ya estaban muertas en el inasible mecanismo del tiempo.
Hicieron falta unos mínimos arreglos. Pretendí dejarla con el fatigado aspecto del uso y los años, evitando una restauración que la despojara de la edad, volviéndola más diferente, incluso, a la extraña caja que durante años había deambulado por mi recuerdo.
Cuando Andrea vino por primera vez, ya lucía dentro del aparador junto con algunos pequeños adornos de murano y una serie de cubiertos que he ido coleccionando con el tiempo, regalo de amigos o algún conocido. Vi nacer a Luisana, y vi a Andrea disolver la relación que la unía al padre de aquella, que creció viniendo a visitarme de la mano de su madre cada mes, a veces en tardes de lluvia que la escondía entre los almohadones del sillón, niña miedosa, o en días como lo fue el de hoy hasta hace unas horas, cuando el universo era sólo un mediodía afuera y cordero.
La caja le ha pertenecido a Luisana desde hace ya tiempo, desde aquella noche en la que Andrea amasaba pizza para los tres mientras su hija me decía que me quería. La miré entonces y le sonreí, como sonreiría si todo volviese a ser como hace unas horas y ella estuviera delante de mí con esa sonrisa que pocos podrían ofrecer sin necesitar nada por eso. Pero no ella. Ella comprendía. Tomándome la mano me puso un anillo de plástico que traía en su saquito, deslizándolo con tierna, infantil sensualidad. Quise entender que no había deseo en el amor que me despertaba, pero no sé si logré hacerlo. Me pidió la caja como muestra de mi amor, la sentí adulta y fiel en ese requisito, resuelta sobre todo cuando me hizo escribir nuestros nombres en un papel, los cuales encerró en un torpe corazón de grafito. Hubiera querido regalarle tanto en ese momento, quitarla del mundo, y no me negué el egoísmo como motor de mi sentir, querer decirle que se lastimaría, pero no pude: no iba a creerme desde esa sonrisa blanca y finita que comía galletitas con café con leche en la mesa del patio mientras Andrea escuchaba discos adentro y amasaba, dejándome hacer porque sabe que los años y las cosas me han vuelto un bicho inofensivo hacia ciertas expresiones de belleza, por desgracia. Y en los ojos de la niña, rodando por las cosas, la promesa de la felicidad durando más que el tiempo me trasmitió una tristeza nueva, dulce como la fiebre cuando empieza, y deseé con fuerzas, lo que acaso duró un instante muy pequeño, la muerte.
Veo ahora la caja que se moja, y es tan absurda allí en el patio sin Luisana que la toca y sin las preguntas de Luisana cruzando el aire con total prescindencia del decoro medido como una tarjeta de presentación a la que tanto me han acostumbrado los seres indolentes de oficina y escuela, como un cuchillo que no corta y que uno quisiera echar de nuevo en el cajón junto a cucharas viejas o el tapón de la pileta o un corcho de vino del año de la percha guardado ahí por las dudas.
Después del cordero, y con ese maravilloso café a la turca que sólo Andrea sabe preparar mediando como testigo, supe que Luisana quería devolverme la caja o, mejor dicho, mis derechos sobre ella.
Sé que vos le diste esa caja, dijo Andrea, aunque siempre haya estado acá.
Sí, le dije, y comprendí que en poco me sentiría un tonto.
Nos iremos a Sudáfrica, ya lo sabés.
…, guardé silencio y clavé la vista en el café.
Sé que no hace más de un año y medio que conozco a Daniel, pero ha sido suficiente para saber que no es un mal tipo, le gusta vivir bien y sabe administrar el dinero. Es más de lo que siempre he tenido en ese aspecto, no hace falta que te lo diga. No estoy enamorada, pero eso también lo sabés. Tengo treinta y cuatro años ya, ¿qué voy a darle a Luisana?
Tenés razón, dije por no quedarme callado, pero no me pidas que sea fácil, no puedo lograr que lo sea.
No podría pedirte una tontería así, dijo, y sorbió el café arqueando las cejas.
La sentí irremediable, necesariamente fría en aquel momento de determinación, de necesidad, de autoconvencimiento, qué voy a darle a la nena, había preguntado retóricamente.
Sin que fuesen hábito, saqué un cheque: infantil manera de pretender distancia, apretar corazas, no mostrar la tristeza que subía en el preciso instante en que Andrea me miraba extrañada, como exigiendo una respuesta sin siquiera mover los labios para dejar salir la pregunta, qué hacés con esto, y yo diciéndole que era algo acordado con Luisana, que no se hiciera problemas, tu hija va a saber explicarte.
Comenzaba a llover cuando ya habíamos terminado el almuerzo y era música en los sillones: la niña se asustó y fue con sueño hasta mi cama, a refugiarse entre manta y almohadón, justo antes de que Andrea propusiera lo del café y yo le dijera que claro, ya sabés donde están las cosas, levantándome para ir a ver a Luisana, saber si necesitaba algo desde su miedo protegido por ropa de cama. Se veía extrañamente dividida entre lo pensativo y una actitud desafiante latiendo bajo la mirada, lo resuelto de su voz al decirme, cuando le pregunté si estaba bien, que sí, que lo estaba, pero que había cierta preocupación por un vestido que quería comprarse para estrenar en el viaje.
Un vestido, dije, vos no sos de usar esas cosas, Luisana.
Pero ahora quiero uno, concluyó antes del silencio y tomarme la mano. Le acaricié la cara y sentí mi mano, como tantas otras veces, demasiado áspera para su delgada piel, inmerecedor de esa tersura fresca, espontánea.
Me das plata, preguntó, y me dijo que dormiría a mi lado la siesta si se la daba. Así de mucho quería el vestido.
La tarde tomó de pronto filo. Silencio. Delante de mis ojos, Luisana se borroneó como una acuosa mancha de sal. Luego hablé como si exhalara: vas a tener tu vestido, dije soltándole la mano, y salí para ver si ya estaba ese maravilloso café a la turca que sólo Andrea sabe preparar.
Texto de DiegoRomero agregado el 18-11-2006. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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