La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / FENIXABSOLUTO / SIN ÓRDENES BAJO LA LLUVIA

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:252301]

Dedicado a mi amiga Margarita Zamudio
SIN ÓRDENES BAJO LA LLUVIA


En la tediosa e insoslayable clase de matemáticas, una insurrecta modorra comenzaba a perpetrar atentados contra los remanentes ánimos de los alumnos, en tanto que la inclemente maestra seguía atestando el negro pizarrón de polígonos, trapezoides y poliedros sazonados con complejos problemas que todos debían resolver durante las tres largas horas que aún quedaban de tortura. El sepulcral silencio del aula sólo era guillotinado por los indomables bostezos de alguno que otro que agonizaba de aburrimiento. Un limitado paisaje etéreo ofrecían las altas ventanas del recinto, suficiente para reconfortar en algo a los cansados ojos estudiantiles. A través de los cristales empañados por el polvo se vislumbraba un pulcro y algodonoso nubarrón que intentaba imitar las tiernas figuras de una osa polar acompañada de su travieso osezno, quien por momentos parecía retozar feliz sobre el lomo de su complaciente madre, para luego desapegarse definitivamente de ella, esfumándose entre las olas del viento. El único polígono digno de todo estudio y atenciones era el del caprichoso agujero que sufriera una de las ventanas, debido a causas no naturales y que las pesquisas inconclusas sentenciaron como culpable del hecho, a un incógnito aprendiz de futbolista.

Por aquel orificio heptagonal, se infiltró una inusual visitante alada. Una bellísima mariposa batiendo vigorosamente sus azules diseños y limonadas motas encendidas en delicadas piruetas sobre los maravillados ojos de los educandos, quienes en sincero agradecimiento aplaudieron emocionados a la heroína que los liberó -al menos por un instante- del suplicio de la monotonía y el tedio infernal de las matemáticas, hasta que los agudos chillidos de la furibunda profesora -invocando a su viejo aliado "el silencio"- acabaron con la fiesta privada y el colorido show aéreo. Atemorizada, la muda bailarina desapareció tras las bambalinas de la ventana rota, mientras era seguida por la fanática vista de los alumnos, que soñaban inútilmente en la posibilidad de también salir volando del salón.

En la tercera fila, de la segunda columna de pupitres, un oculto y sufrido sentimiento romántico palpitaba, entretanto frenaba sus ímpetus pasionales asfixiándolos en el bálsamo de unos versos heridos. La colegiala Margarita Zamudio parecía abstraerse en otro mundo cada vez que quedaba prendada en la estampa idealizada de "Sergio Timoratti", ése muchacho a dos pupitres del suyo; alto y enjuto, propietario de unas gruesas gafas que le daban un aire intelectual y circunspecto, y poseedor además de una beca de estudios debido a sus excelentes calificaciones en ciencias.

¿Cuánto podría inspirar un personaje tan parco como éste?, al parecer, mucho, al menos era así para la talentosa e ilusionada Margarita, quien nunca perdía la ocasión de camuflar sigilosamente uno de sus nuevos poemitas anónimos dentro de la mochila de su secreto amor. Era Margarita Zamudio una jovencita de quince años, menudita y de espíritu inquieto, con ojos vivarachos y curiosos que adornaban un suave y distinguido rostro donde unos labios rosáceos ahogaban continuos suspiros. Soñadora, romántica y leal amiga... amante de la naturaleza y dueña de un refinado humor, ávida lectora de la literatura clásica, quien gustaba de escribir poemas, mientras imaginaba algún día ver su nombre impreso junto al de los célebres vates universales.

La rigurosa maestra guardaba una añeja saña para la pobre Margarita, por tener las sospechas de que fuera la autora de unas jocosas alegorías sarcásticas escritas en las paredes del baño de damas, en donde se hacía especial mención a la tirana personalidad de la instructora en cuestión..., y razones no le faltaban para sospechar de la poetisa, es por eso que la maestra fantaseaba con la idea de hallar la excusa perfecta para vengarse de ella.

La madura "señorita" Isaura Galilei es la más estricta e inmisericorde maestra de matemáticas del mundo entero. No hay quién se atreva en la escuela a hacerse el valiente y reclamarle o protestarle nada a su gélida cara; su invencible metro y medio era capaz de amilanar hasta al más incorregible de los rebeldes discípulos... una fama legendaria que se había perpetuado a lo largo de muchas generaciones estudiantiles, inmortalizada bajo el alias de la terrible "Tirano Isaura rex", Sin embargo y a pesar de todo, nadie podía tampoco negar que el arcaico pero efectivo método exigente y severo de la maestra, lograba sacar del oscurantismo a los ignorantes herejes convirtiéndolos en poco tiempo a la religión de las sacrosantas matemáticas.

Usando el mismo subterfugio de anteriores ocasiones, Margarita se levantó de su asiento para ir a recoger el bolígrafo que de modo muy intencional dejó caer cerca del pupitre de su amado. Una vez en cuclillas, la intrépida quinceañera -sintiéndose segura y con el objetivo a la mano- sacó de la manga de su camisa el plegadito sobre amarillo con el séptimo poemita en su interior que guardaba sus más dulces anhelos, e inmediatamente intentó deslizarlo con elegante sutileza dentro de la mochila de Sergio Timoratti; aunque, en esta oportunidad su plan secreto se vio frustrado a causa de la veloz maniobra subrepticia de la implacable profesora, quien con ojo aguileño, ya había detectado a la distancia las artimañas de la joven.

- ¡Muy bien, señorita... póngase de pie y en el acto entrégueme ese mensajito! -exclamó la instructora, con la socarronería de los que apuestan a ganador en una partida de póquer.

Sobrecogida al verse descubierta, Margarita obedeció en ponerse de pie, pero se negó rotundamente a acatar la orden de entregar la misiva, aun cuando esa insubordinación le trajera serias consecuencias.

- ¿Entonces..., no me lo va a entregar? -preguntó esta vez la tirana.

- Lo siento, maestra... es que no se lo escribí para usted, sino para Sergio Timoratti -confesó abochornada la pobrecita a la vez que estrujaba con fuerza al sobre en el puño... como queriendo evaporarlo entre sus dedos.

- ¡Perfecto, señorita! ya que es para su compañero, entonces, ¡entrégueselo!

Quizás por salir del trance o por los nervios que la vendían, la aturdida Margarita entregó el arrugado sobre a las manos del aún más nervioso y sonrojado Sergio Timoratti. Sumiso y disciplinado como siempre, éste no titubeó al ejecutar dócilmente la infame orden de la "tirano Isaura", fue así que luego de abrir el ajado sobre de papel, procedió en voz alta -como se le había mandado- a revelar el misterio de los bellos versos que le fueran esmeradamente dedicados con amor. Finalizada la denigrante pública función, Margarita no pudo contenerse más, y entre sollozos abandonó rauda el inquisidor salón de clases, a refugiarse en la soledad de los jardines del patio de recreaciones, no sin antes toparse en la puerta con la sonrisa gloriosa de la vil preceptora, quien satisfecha con la revancha le permitió a la alumna desertar en paz.

Los múltiples mordaces comentarios no se hicieron esperar, y entre cacofónicos murmullos y bufonescas risotadas la clase se convirtió pronto en todo un mercadillo de comadres, en tanto que la tirano Isaura, repantigada en su sillón consentía el relajo estudiantil, al mismo tiempo que el cielo gestaba un conglomerado de nubes negras en inequívoca señal del aguacero venidero.

El nutrido taconeo de la lluvia en el tejado acaparó el protagonismo de los minutos consecutivos, adormeciendo el pensamiento de los jóvenes en la sala; hasta que la maestra accionó nuevamente su pequeña y revejida maquinaria humana y dando cortos pasos cansinos, avanzó hasta el pupitre de Sergio Timoratti que se hallaba de lo más compungido. A continuación algo insólito sucedió. La rigidez del rostro de la matemática pedagoga se aflojó, suavizando así sus facciones metálicas, y estrenando una afable y cándida voz se inclinó levemente hacia el joven -en un momento de suma vulnerabilidad y benevolencia- para finalmente hacerle una pregunta:

- Alumno... ¿no tiene nada que decirme?
- Yo... no maestra -respondió perplejo y cabizcaído, el apocado pupilo.
- ¡Perfecto! entonces, lo quiero fuera de mi clase.
- Pero maestra... yo... yo, no hice nada.
- Precisamente, joven. Es por no hacer nada todavía que lo quiero fuera del salón..., ¡Por Dios... es usted tan disciplinado que hasta me enferma! ¡Aprenda usted a ser más impredecible y osado como lo es la lluvia, que cae cuando quiere y culmina cuando le da su reverenda gana! Ahora, vaya para afuera que aquí, ya se deshojaron todas las margaritas y ¡por Dios! haga lo que deba hacer... y que conste que esta no es una orden.

Texto agregado el 18-11-2006, y leído por 106 visitantes. (26 votos)


Lectores Opinan
2008-02-22 04:10:50 Disculpe usted margarita. anablaum
2008-02-22 04:10:19 como todo lo que escribes...me atrapan tus letras. anablaum
2007-04-11 16:11:59 Precioso de principio a fín. 5* KONE
2007-01-16 22:20:07 Muy buen cuento amigo FENIXABSOLUTO. Con un estilo claro, limpio, aunque quizá en busca de uno propio. Con un ánimo de contar que a veces falta por lo que a veces tenemos historias en que no pasa nada. Aquí pasa una cosa concreta y desnuda al amante que en realidad no lo es y a la ogra que en realidad no lo es. Muy bueno. ***** rober to_cherinvarito
2006-12-08 04:29:36 Buena lección de vida, jejejeje. Saludos lio_mendez
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]