Hay una lluvia dentro de mi casa. La verdad, nunca pensé que esto pudiera suceder, pero simplemente sucedió. Una vez leí algo parecido en Kafka, el checo, en cuyo libro, La Metamorfosis, donde Gregorio un día descubre que se había convertido en un insecto, así nada más, así simplemente. Yo descubrí esta lluvia en mi casa esta mañana, y desde entonces, he comprendido que mi vida cambiaría, y que toda mi existencia ha de hacerse en función de esta lluvia, de cuyo manto no puedo escapar.
De partida, mi cuerpo se adaptó. Tal como apareciera la lluvia, descubrí que mi cuerpo había desarrollado ciertos elementos para combatir esta nueva realidad, así nada más, así simplemente. Descubrí a los pocos minutos que ya no respiraba por la nariz, sino que poseía ventosas, y también me vi nadando con aletas, así como el mejor de los peces.
Ahora que lo pienso, me resulta gracioso pensar que no me ha dolido el cambio.
El desayuno también fue distinto para mí. Como esta extraña lluvia se extendía a todos los rincones de mi casa, no pude cocinar nada dentro, por lo que tuve que cambiar mi dieta. Comencé descubriendo que en mi refrigerador no sólo estaba la mantequilla, el paté, el queso, el jamón y las cosas del desayuno y la once, sino que también había cosas que no requerían pan (que no se molestaban con el agua, que no se volvían rancias con la humedad), y fueron precisamente éstas las que comenzaron desde el desayuno a formar parte de mi dieta. Encontré, en este sentido, cosas como los huevos, ciertos vegetales y ciertas frutas, que, si bien es cierto también eran mucho menos duraderas que otros alimentos, resistieron bien la primera mañana de agua.
Como, físicamente hablando, ustedes sabrán, las cosas poseen otro peso en el agua que en la tierra, resultando de este principio que las cosas en mi casa ya no estuvieran simplemente colocadas contra el piso, como en cualquier casa normal, sino que estuvieran constantemente en movimiento, puesto que, al cabo de unas horas, mi casa se inundó (de ahí la razón de todos los cambios, de todas estas cosas que ahora describo).
De hecho, vuelvo al comienzo, mi casa se inundó poco después de yo despertar, a eso de las ¿nueve? ¿ocho y media?..., no lo sé, pero sé que mi casa se inundó poco tiempo después de despertarme.
Bueno, como les decía, las cosas en mi casa ya no se mantenían en su sitio, sino que simplemente se movían de un lado a otro dependiendo de la fuerza con que se las empujara. Al principio traté de comer (y con esto regreso a contar según el hilo de mi historia) en la mesa, pero, al colocar los objetos sobre ésta comenzó a flotar, escondiéndose así de mí en el pasillo que daba a la puerta.
Al ver que no podía comer en la mesa intenté comer así, en medio del agua, y me resultó mucho más fácil, por lo que decidí dejar la mesa para siempre y comenzar a comer en el agua, al más puro estilo de los tiburones norteamericanos de las películas. Esto implica, además, que dejé los servicios de lado tal como la mesa, por si algún astuto lector no lograra reconocer este detalle.
Mi siguiente paso fue dejar mi casa inundada y llovida para poder ir a trabajar. Yo me desempeño en la sociedad simplemente como un maestro del ramo de Física, y enseño en un colegio llamado Emef, que queda ubicado en la esquina de la calle Príncipe Verde y Juanito Carlos V, una avenida conocida de la ciudad. Allí imparto clases a alumnos desde Primero Medio hasta Cuarto Medio, y termino mi trabajo a eso de las ocho de la noche. Como iba diciendo, entonces, decidí que lo mejor era salir a trabajar, y, nadando hacia la puerta, tomé mi abrigo (que estaba empapado, cosa que sin embargo no noté debido a que TODO estaba mojado) y abrí la puerta.
Sentí por primera vez en mi vida aquella extraña sensación que seguramente sintió el primer pez que se atrevió a salir del océano que actualmente los biólogos llaman el Caldo de la Vida, hace miles de años, cuando el aire que se halla en la atmósfera tocó mis pulmones y mis ventosas, y aquella sensación me hizo creer que todo había sido un sueño.
A los dos segundos, las gotas que caían de toda mi ropa y el agua que ahora regaba el pasto me volvieron a la realidad.
Cuento corto, mi día de trabajo fue normal a excepción de las miradas de temor que toda la gente me tiraba subterfugiamente, por el hecho de tener ventosas y aletas, pero, relajado, continué mi vida normal sin pensar en lo que el resto diría.
Volví a mi casa a eso de las ocho de la noche, como cada día, y descubrí, al abrir la puerta, que una gran cantidad de agua salía, y esto fue exactamente lo que sucedió: una masa de agua comprimida salió por la puerta, y me mojó desde los pies hasta los cabellos, sin excepción; en otras palabras, toda el agua contenida me sumergió nuevamente.
Entré a mi casa (adentro aún llovía), y traté de tomar un libro de mi biblioteca, pero, como podrán haber pensado, éstos ya no se hallaban allí: habían sido descompuestos por el agua. Luego intenté prender la chimenea, pero también fallé.
Así que me esmeré en aprender a nadar y a manejar mi respiración acuática, con el único fin de gastar tiempo y energías.
Al final del día caí agotado en mi cama, pero, para mi sorpresa, no podía quedarme mucho tiempo tranquilo: corrientes de agua provocadas por pequeños movimientos de mi respiración hacían que mi cuerpo tuviera cierto desplazamiento, y esto me hizo pensar que quizá nunca más encontraría el descanso.
Pero sí pude dormir, y esto lo hice simplemente dejándome llevar por la corriente.
Mi vida, desde entonces, gira en torno a la lluvia que cae en mi casa.
Lluvia que fue provocada (y esto lo descubrí un par de días después de la primera lluvia) por tu persona, el día que tú te marchaste. Recuerdo que aquel día lloré tanto..., seguramente mis lágrimas se evaporaron formando nubes de emoción y así comenzó mi tragedia.
Todas las cosas que pasaron desde eso, simplemente las atribuyo a la locura o a la muerte... |