El pequeño vestido rosa se mueve por los jardines violeta de su imaginación, donde el cuerpo desnudo de una niña habita su interior. Los pies descalzos escapan de dragones y brujas imaginarias, ocultos tras las nubes verdes de un cielo que llora alegremente sobre el diminuto mundo que se encuentra bajo su inmensidad.
Súbitamente la imaginación cesa y el vestido se da cuenta de que un desierto lo rodea. Los árboles violeta se esfumaron, los dragones y brujas se han vuelto matorrales de pasto secos e inmóviles, el cielo no llora, ni ríe, ni está. Siente el calor de la arena que abrasa sus delicadas fibras de un rosa patéticamente pálido, agonizante.
Con la tristeza de ver su ilusión desvanecida, se tiende sobre una duna, mientras que grano a grano la arena se amontona encima de sus pliegues hasta cubrirla por completo, justo en el momento que de las dunas comenzaban a surgir árboles de color violeta, el cielo se poblaba de nubes verdes y una niña desnuda se perdía en el horizonte.
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