Era de un púrpura casi extinto, como las motas de aquellos ojos que jamás olvidaría.
-Quiero esa orquídea.
La vendedora sonrió con cierta displicencia, de la misma forma en que sonreía cuando alguien notoriamente sin mucho dinero le pedía recomendaciones para el arreglo de sus salones.
-¿Ha visto el precio, señor?
-Créame, lo pagaré.
El cabello castaño de ella ondeó cuando dio media vuelta, indicando al hermoso joven vestido en negro que la siguiera.
-¿Me da su nombre, por favor? Para la factura.
-Terry Johanssen.
-¿Envuelvo la orquídea para regalo?
Dudó. ¿A quién le daría la flor, como fuera? Alexa le despreciaba y Mirslov no le quería. El gasto innecesario de una compra que no regresaría los buenos tiempos.
-De acuerdo, hágalo.
Sacó de sus vaqueros oscuros un par de billetes arrugados y se los entregó a la dependienta, que con el ceño fruncido se los guardó.
-Buenas tardes –dijo ella con frialdad, entregándole la caja de cristal con una sola y enorme orquídea envuelta en una especie de celofán.
Igual que toda su vida, sus pasos lentos se conducían a ningún lugar, quizá esperando que alguien lo encontrase, que se lo llevara tan lejos como jamás imaginó y no tener que caminar con una ruta que siempre lo llevaría a la perdición.
El viento sopló en su rostro y despeinó sus cabellos lacios y pajizos, haciéndole bajar la mirada clara para no permitir que notara al delgado hombre parado casi frente a él.
-Muchacho, cada día te vuelves más taciturno… Ni siquiera levantas la cabeza para despedir al sol.
Por primera vez en varios meses, Terry volvió a escuchar de verdad (no a imaginar, no a soñar, no a llorar) la suave voz del único ser al que algún tiempo atrás pudo llamar “padre”. Si no lo era más, era porque consideraba que el amor que ahora le tenía era demasiado sucio para ser filial. Demasiado incluso para él.
-Vaya, pensé que nunca volverías a dirigirme la palabra, Mirslov.
Su risa fresca, franca y pura como en otros tiempos, le obligó a regalar también una mueca de felicidad y extender los brazos en un efusivo contacto con el mayor.
-¿Qué sucede, chico? –el altísimo chico abrazó a Terry- ¿Tanto me extrañaste?
-¡¿No viste cuántas veces te llamé?!
De nuevo, las carcajadas se dejaron oír. Sí, Terry había torcido la boca, pero pronto se unió a ese concierto de risas. ¿Cómo enojarse en esos momentos?
-La verdad… no. Me sacaron de casa, no tuve más dinero para pagar la renta… Ya sabes, el negocio no va muy bien, y menos después de la escena que me montó la amiga de tu ex novia…
Lo recordaba a la perfección. Esa tonta amiga de Alexa inculpó a Mirslov de las manchas rojizas aparecidas en su entrepierna… Y para alguien como Mirslov, alguien que no tenía ninguna otra opción más que vivir de su propia venta, aquello era en verdad la peor difamación.
-¿Me invitas un café? –preguntó Mirslov, sonriéndole ligeramente; esa sonrisa habría hecho que Terry fallara a la moral de cualquier cosa, y eso bien lo sabía: la experiencia dolorosa de la traición perfecta.
-Claro, pero… -Mirslov tuvo que parar su caminata al café de la esquina siguiente. Sus pupilas se fijaron en las de Terry, aquel antiguo aprendiz que de la misma triste forma tenía que subsistir y al que le rompió el corazón.
-¿Sí, Terry?
¿Cómo decirle que quería volver a abrazarle, en un contacto más cercano y más salvaje? ¿Cómo confesar que aún deseaba llamarle “padre” incluso si volvía a abrir su cuerpo para su lenta intromisión? ¿Cómo pedirle consuelo por un abandono si el causante del dolor había sido el mismo de cabellos negros?
-Nada. Vamos.
Mirslov levantó sus cejas bien delineadas y con las manos en sus bolsillos siguió caminando; abrió la puerta del establecimiento con un hombro y escogió una de las pocas mesas libres.
-Un café americano –ordenó a la mesera y miró a Terry-. ¿No piensas pedir nada?
-No.
¡Cuánta suavidad la de los dedos de Mirslov! Sus delgados vellos se erizaron al terso contacto de unas yemas con su mano.
-¿La has pasado mal, Terry? Sabes que también te extrañé…
Decía exactamente lo que quería escuchar el rubio, aunque éste continuara con la mirada gacha y una opresión en el pecho; después de todo, aquel hombre no era sincero y quién mejor para saberlo que su propio pupilo, el preferido.
-Tú fuiste quien se marchó, ¿cómo pudiste extrañarme?
-Debía hacerlo… Tenías cuentas que arreglar contigo mismo y con Alexa, en primera instancia. Yo no represento ningún problema para ti.
-¡Que no! ¿Cómo no serás un problema para mí si estuviste en mi cabeza desde que te marchaste? Si querías alejarte de mí, lo entenderé, pero no juegues conmigo.
-Yo no estoy jugando, Terry. Jamás lo hago.
No supo definir Terry en qué momento ese tipo se volvió tan mentiroso. Quizá lo fue siempre (¡cruelmente!), pero sus garras debieron estar bien ocultas.
-¿Hablaste al menos con Alexa? –preguntó Mirslov, levantando el brazo para que la mesera colocara la taza blanca que ordenó en la mesa.
-Lo intenté.
-¿Sólo eso?
-¿Qué más pides?
-Una reconciliación, un beso, una despedida; ¡no sé!
-No accedió a nada.
Terry meneaba la cabeza con un dejo de molestia y tristeza. Se preguntaba por qué las preocupaciones de Mirslov debían de estar paradas en él y Alexa… Por todos los cielos, ¡si fue él quien los separó! Con sus miradas constantes, con movimientos felinos y con palabras de un amor distorsionado… Si Terry todavía recordaba las uñas de Mirslov desgarrando su piel y el par de lágrimas de Alexa desde la puerta abierta.
-¿Te regalaron eso? –oyó de nuevo a la melodiosa voz, sorbiendo un poco de la taza de café y señalando la cajita que el menor apretaba contra sus costillas.
-Sí… Digo, no; yo la compré.
-¡¿La compraste?! –disfrutó del gesto de sorpresa de Mirslov- No te debe ir tan mal como imaginé, entonces…
-No del todo.
-Me alegro por ti.
-Yo también.
El silencio los envolvió, acariciando con su rugosa debilidad sus nucas.
-Es una orquídea –musitó Terry, pellizcando la pernera de su propio pantalón.
-¿De veras? Son muy caras, ¿por cuánto te vendiste?
-Había conseguido un empleo de medio tiempo. Repartía propaganda.
Pero Terry no recibió las risitas de burla que esperó por parte del mayor. En cambio, miró de soslayo (estaba tan sonrojado) el gesto ¿comprensivo, laso, caritativo? de Mirslov.
-Lamento que hayas tenido que escoger entre quedarte en casa con tu madre, como sea que ella se comporte, y salir a las calles a venderte de una forma tan barata… Lo lamento porque me siento culpable de hacerte optar por la segunda opción. Un chico de dieciséis años no tendría que preocuparse por lo que comerá al día siguiente, o si lo hará.
-El mes pasado cumplí diecisiete, Mirslov… Y tú sabes que estar en mi casa es un infierno peor que el de la calle: al menos soy independiente.
-A veces eso no es bueno.
Apuró entonces el resto del café. En cualquier otro instante pudo halagarle, pero ahora mismo el de cabellos negros no estaba seguro de desear las miradas con las que las mujeres de la cafetería lo desnudaban.
-¿Quieres otra cosa, Mirslov?
-No. Es mejor si nos marchamos.
No pidieron la cuenta. Terry sólo dejó otro billete en la mesa y desapareció del lugar tras Mirslov.
-Entonces… ¿te vas?
-Sí, aquí no hay mucho lugar para mí… Creo que viajaré al sur.
-¿Y si te quedas conmigo?
El morocho lo abrazó por la cintura y lo empujó con rapidez a una esquina sucia. Las hojas del gastado otoño bailaban a su alrededor, y en un intento de dulzura, dijo:
-Terry, querido… Yo soy un ser libre: si antes no me quedé contigo, tampoco lo haré ahora –con suavidad, posó sus delgados labios en los del rubio.
Quiso Terry hablarle. Quiso pedirle de rodillas que no lo dejara otra vez y que le hiciera al fin olvidar. Quiso decirle que le amaba. Que le necesitaba.
-De acuerdo –musitó el más joven al separarse-, pero toma esto.
Le entregó la caja de cristal. Los ojos de Mirslov la recorrieron para valuar el costo sentimental del regalo y sonrió.
-Gracias –besó la frente fría de Terry y dio media vuelta, desapareciendo enseguida de los ojos cristalinos de Terry.
-De nada –contestó a la soledad, metiéndose las manos en los bolsillos y tomando la dirección opuesta.
Él también era libre. Tan libre.
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