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Inicio / Cuenteros Locales / Claraluz / El Cofre De Miguel.

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Miguel había nacido en Alemania. Sus padres, como tantos emigrantes, buscaban un futuro más esperanzador y cuando él cumplió dos años regresaron a su tierra.
Siempre fue un niño despierto, risueño y hablador. Tenía el pelo rubio igual que su madre, los ojos grandes y verdes como su padre.
Era el primer nieto por ambas partes, creció cerca de ellos sin faltas de cariño ni de amor. Despuntó como gran estudiante, poseía una sensibilidad para las letras y un dominio innato para los números. Era muy alegre y tenía muchos amigos, todos vecinos del mismo barrio.
Con los años la gente cambia, algo obvio también para él. Nunca presenció una pelea entre sus padres, el respeto era mutuo pero las conversaciones se repetían lo que disminuía el interés por las cosas cotidianas o nuevas. En su décimo cumpleaños se dio cuenta de que sus padres no sonreían tanto como antes y pidió un deseo al soplar las velas.
Aquella noche, como todas, su padre le leyó un cuento para dormir, pero él no se concentró en escucharlo. Sus pensamientos se perdían con un espíritu guerrero, escrutando guerras insospechadas y conquistando lugares desconocidos.
Una gran muralla medieval era custodiada por soldados plateados, como los que él guardaba en lo alto del armario. Pero hasta llegar allí había que flanquear un espeso bosque cuyas ramas cerraban el paso haciéndolo angosto e intransitable. De fondo muchos alaridos de perros, algún lobo y otro animal que no lograba distinguir.
A la mañana siguiente fue solo al colegio y a la salida se dirigió a casa de su abuela Maru. Recordando la noche anterior y conocedor de sus limitaciones, fue a pedir ayuda.
- ¡Hola abuelita! - gritó con alegría.-
Una señora de pelos canos se giró.
- ¡Miguel, cariño, qué alegría verte! - le dijo mientras le estampaba un beso en la frente. ¿Pero qué haces aquí a estas horas?
- Acabo de salir de clase y quería hablar contigo.
- Ah muy bien, ven - le dijo mientras removía el guiso que aún tenía al fuego- Y dime ¿tu madre sabe que estás aquí?
- No le he dicho nada, no tardaré mucho, ni se dará cuenta.
- No, puede estar preocupada. Ahora mismo voy a llamarla, almorzarás aquí.
Le dijo a su nuera que no se preocupara de nada, que ella misma le llevaría después hasta el colegio.
- Ya está hijo, el guiso está listo. El abuelo está en las tierras y no vendrá hasta más tarde.
Miguel limpió el plato con una rebanada de pan, le encantaba la comida que preparaba la Tata Maru.
En la sobremesa, ya sentados en el sofá, tomaron helado de chocolate y el niño comenzó a relatar su idea, sus propósitos, hasta llegar a la parte en que necesitaba de su ayuda.
- Tú eres muy valiente abuela, y contigo se me quitan los miedos a los perros.
- Bien hijo,tranquilo. ¿Esos perros dónde dices que están? -preguntó ella-
- En el bosque, de camino a la fortaleza.
A la abuela le maravillaba la imaginación del niño. Le costó aparentar el interés por aquella historia, pero consiguió que el niño la creyera.
- Entonces, ¿me ayudarás a encontrar el tesoro?
- Verás hijo, estamos en la costa. ¿Tú no crees que el tesoro esté en el fondo del mar? ¿Por qué piensas que está en el bosque?
- Porque lo se - respondió algo enfadado sintiendo que su abuela, realmente no le creía-
Ella reaccionó a tiempo para no dañar su inocencia.
- Ven aquí - le dijo mientras con sus brazos lo traía a su regazo- .Cuéntame de qué tesoro se trata. Te escucho con atención.
El niño se acomodó y comenzó su relato serpenteando caminos de obstáculos entre duelos y hombres de honor. No faltaron los dragones ni mazmorras. Al final del camino había un cofre.
- ¿Cómo es? -preguntó ella haciéndole ver que le seguía con atención.
- Es un cofre de bronce y hay muchos pájaros tallados en él que llevan unas cintas en sus picos. Por dentro es de terciopelo.
- Es bonito - dijo ella- Sé dónde se compran, si quieres puedo regalarte uno.
- ¡No abuela! Es único- respondió- No se venden.
- ¿Y qué tiene para que sea tan especial?
- Rompe la monotonía.
El niño le siguió contando pero ya ella no seguía su voz, se le habían quedado grabadas estas últimas palabras como en un disco rayado.
- Miguel - le interrumpió- ¿Y para qué quieres tú ese tesoro?
- Para regalárselo a mis padres, lo necesitan.
La charla continuó muy distendida, tanto que casi llegan tarde al colegio.
Al dejar al niño, la anciana se dirigió a casa de su hijo pero antes entró en una tienda de antigüedades donde encontró un precioso cofre, como el descrito por Miguel.
Tomó una taza de café con su nuera y la acompañó al supermercado. Ya de vuelta su hijo la llevó a casa en coche.
- Espera- dijo ella- , primero quiero dejar una cosa encima de la cama de Miguel y a ustedes les aviso que deberían escucharle con atención.

Texto agregado el 26-11-2006, y leído por 141 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2006-12-04 20:15:41 Que linda historia, Claraluz, muy bien relatada, con delicadeza y ternura. loretopaz
2006-11-29 23:48:31 Me quedo con todo el cuento, pero que importante eso de escuchar a los hijos. A veces estamos tan ocupados que no nos damos cuenta de que su inocencia es el principio de la sabiduría que, se supone, nos deja la experiencia. ***** blasleon
2006-11-28 01:51:18 que cuento tan hermoso!, con toda la potencia de la inocencia infantil y la confabulacòn de los maravillsos abuelos...ahh estos padres discutidores...que lecciòn diò Miguel a todos los adultos...me encantò la narraciòn com siempre buenìsima luzyalegria
2006-11-27 21:52:03 Felicitaciones, un cuento muy hermoso. 5* astigitana
2006-11-27 20:22:58 Precioso cuento que me delvovió sueños pasados , cuando aún estaba en el huevo... la nostalgia y la fantasía que pierden la mayoría de los adultos. Excelente relato.. elcocodrilotaimado
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