Cuando él se miró al espejo se descubrió hermoso, honesto y real; ¿Qué más podía pedir?, Qué más podía necesitar.
Caminaba por las calles con paso firme y decidido, su frente en alto, sólo desviaba la mirada para ver a la gente, gente que le llamaba la atención. Le encantaba encontrar gente extraña y más aún imaginar como eran sus vidas. Siempre se acordaba de una ocasión en la cual vio a una mujer de unos sesenta años con el pelo rosa; ¡Quizás que vida llevaba!, Tal vez era una prostituta, una anciana loca que deseaba parecer joven de nuevo o tal vez simplemente un extraterrestre que andaba de compras. En realidad no importaba que opción era la correcta, sino cuantas opciones había.
Se sentaba en las bancas de la plaza con su capuchino, un libro de literatura erótica y con un aire de melancolía que atraía fácilmente a la gente que pasaba por ahí, y si tenía suerte, a alguna mujer hermosa en busca de compañía o sexo casual.
Habían pasado cerca de 5 minutos desde que había llegado cuando se le acercó una mujer, rubia, alta y escotada, sin decir nada se sentó a su lado y lo besó. Todo fue tan rápido, estaban en su apartamento, espacioso, iluminado y minimalista; las ropas caían al suelo y cada caricia se volvía más insoportable y placentera, cada beso húmedo que recorría su cuerpo lo hacía vibrar. Poseerla era su único objetivo en ese momento, poseerla, tocarla, desgarrarla y disfrutarla.
Punto final, llegaría tarde al trabajo, se paró, se puso la chaqueta y partió dejando su capuchino frío a medio servir.
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