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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / Un hombre vestido enteramente de negro (a Danielnavarro)

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UN HOMBRE VESTIDO ENTERAMENTE DE NEGRO

Fue a media mañana de un martes luminoso de noviembre, en los primeros días con esos calores fuertes que anticipan el verano. El hombre vestido enteramente de negro llegó en una canoa grande y atracó cerca de las últimas casas, las que se aprietan hacia el este del riacho principal. Nadie supo entonces de dónde es que llegaba, aunque alguno por ahí dijo que el hombre podía ser un uruguayo, un tal Roberto Pérez, de Fray Bentos… Flaco, morocho, bastante chueco, de mirada fría y de andar cansino y silencioso, cuando terminó de acomodar sus cosas en la embarcación, se fue hasta el primer boliche que encontró cerca y se bajó una botella de Paddy, solito y sin invitar, ni pedir. No habló, y nadie intentó hablar con él: el cuchillo Arbolito de hoja ancha que dejó apoyado en la mesa, como habiéndolo olvidado, no invitaba para nada a la charla casual de los boliches… Inexplicablemente, desde que ese hombre llegó a Villa Paranacito y hasta que se fue, una bandada de tordos sobrevoló el pueblo, como siguiéndolo, como esperándolo. Después se marchó, borracho, remando despacio, del mismo modo en que caminaba. Nadie pudo decir hacia dónde…
El que llegó después era un hombre también vestido enteramente de negro, igual que el otro que ya he advertido, aunque de ojos claros y piel blanca. Apareció al día siguiente en una canoa maltrecha y dijo llamarse Belgeri, Miguel Belgeri. Dijo ser, también, de Raíces Oeste, aunque nadie le creyó: remaba muy bien para ser de un lugar sin río, y estaba demasiado al sur de donde dijo venir. Fue al mismo boliche que el anterior, del mismo modo pidió Paddy y, como el otro, dejo sobre la mesa un cuchillo grande con vaina de cuero trenzado finamente. Cuando terminó de tomar, el airecito que suele suavizar las tardes se quedó quieto, como anunciando algo. Se fue del pueblo cuando ya era noche cerrada, y nadie puede decir con certeza el rumbo que tomó. Se fue caminando… La canoa quedó en el mismo lugar en que la había dejado. Esa canoa, el esqueleto de las cuadernas, está ahí, podrida, todavía.
Algunos días después amaneció raro. Amaneció con un silencio muy quieto que parecía flotar a ras del agua. Y el sol, cuando por fin se asomó sobre el horizonte, ya tardíamente para esa época del año, lo hizo con una luz sedentaria, apagada, casi triste… No hubo cantos de pájaros ese día, los perros aullaron todo el tiempo, y una bandada de tordos dio vueltas en círculos en el cielo del pueblo hasta llegada la noche, como esperando algo, o en una de esas a alguien… A la noche Juan Albornoz llegó al boliche con la noticia de que habían encontrado un hombre muerto en el monte de lo del viejo Villaverde, un hombre vestido enteramente de negro. No podía reconocérselo, dijo, porque los caranchos y los chimangos ya habían hecho lo suyo, pero él creía que era el que había aparecido en la canoa destartalada… Las comadres, al otro día, sacaron a ventilar una historia de polleras entre esos hombres que habían llegado al pueblo vistiendo de negro. No era ajena, según ellas, Rosana Vega, una muchacha que alguna vez supo trabajar como “copera” en el prostíbulo de las afueras y de la que hacía rato no se sabía nada. La policía jamás pudo averiguar lo que ocurrió. Después los días siguieron pasando con las cuestiones propias de la vida del pueblo, haciendo que todos dejaran de lado el asunto.
Cuando la mayoría ya había olvidado el incidente, en otra charla de boliche, don Edgardo Silva, puestero de la estancia de don Rufino Diozth, contó como al pasar que unos cazadores habían denunciado en Gendarmería que los restos de un hombre vestido de negro, todo comido por las mojarritas y las tarariras, habían aparecido flotando en uno de los arroyos, cerca del puesto que él cuidaba. Ese hombre, y aunque a él no lo dejaron verlo, según dijo don Silva, tenía en la cintura un cuchillo Arbolito sin desenvainar… Otra vez los rumores corrieron más fuertes y más calientes que el viento norte. Las viejas chismosas secretearon sobre algo que iba a pasar, alguna desgracia grande, porque no era por casualidad que dos hombres vestidos enteramente de negro aparecieran en un pueblo y después los encontraran muertos. Sin embargo nada de eso se cumplió y tampoco nada se pudo averiguar de lo que pudo haber ocurrido, como en la vez anterior. Nada.
El otoño del año siguiente ya andaba en Villa Paranacito amarilleando las hojas de los sauces cuando dos hombres vestidos enteramente de negro llegaron en una canoa grande que atracaron cerca de las últimas casas, al lado de la otra canoa ya podrida que había dejado uno de ellos. Fueron hasta el boliche, pidieron Paddy (tres botellas se tomaron sin hablar con nadie, dijo después doña Lidia Coronel, la mujer del bolichero). Cuando estaban por irse, borrachos y riéndose de alguna cosa que solo ellos sabían, se toparon con Rosana Vega que los esperaba en la puerta con dos gurises, apenas menor uno que el otro; rubio como el sol el mayorcito, y bien morocho, casi mota, el más chico… Dicen los parroquianos que cuando sacó el 32 y le pegó tres tiros en el pecho a cada uno de los hombres, la mirada de la mujer era más dura que una piedra; que daba miedo. Los gurises no lloraron ni gritaron. La madre tiró el revólver a un costado, los tomó de la mano y se fue caminando despacio hasta el riacho principal, donde la esperaba un tipo que, remando despacio y con brazadas largas, los llevó hasta algún lugar que nunca nadie ha podido encontrar.
Ese que esperaba a Rosana Vega y a los gurises también estaba, como los que quedaron muertos, vestido enteramente de negro.

Texto agregado el 29-11-2006, y leído por 208 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
2007-08-26 04:22:38 ...Creo que quedé con ganas de saber más,....no de imaginar el final, de más relato, es muy bueno! montevideana< /a>
2006-12-09 12:12:00 Riquísimo cuento, fui canoa, río cudaloso, el negro, los cuchillos, su gente, un vaso de paddy y la procupación por un devenir que puede der luto. Conmovedor. Un abrazo. Lili lilianazwe
2006-12-04 22:44:32 Fe de erratas: tragedias. josef
2006-12-04 22:42:42 Ahhh! Es siempre un placer leerte e integrarse, a medida que tus historias crecen, en los maravillosos y extraños parajes donde se desarrollan. A menudo suelen ser lugares perdidos, rurales, cercanos a la naturaleza; y en los que con toda naturalidad discurren trajedias o dislates alucinantes pero a la vez posibles y cercanos a nuestra realidad cotidiana. Por eso causan impresión; por eso y por la limpieza de tu prosa irónica, sutil e incluso como en este caso, perversa, pero con un final de ensueño. Un saludo y***** josef
2006-12-04 12:59:09 Cuántas historias que nacen de tu historia, tantas como lectores que disfrutan de tus cuentos. Siempre un placer leer a un verdadero creador. ergo, admirador. ergozsoft
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