Que poco nos separa a uno de otros tan profundamente.
El estaba inmunizado de pudrirse.
Nosotros, satisfechos al comprobar que no circulaba el veneno de la razón entre las venas.
Nosotros poseemos una oreja limitada, por suerte, que no permite nos aturda la voz de la hormigas, ni tampoco la canción del universo.
El, viaja en tercera. En su mundo sumergido. Un barrote de hierro, la soledad y el silencio se hacen cargo de la línea divisoria.
El médico que viaja a bordo del universo está tranquilo, encasillado tras la reja no puede asustar a los viajeros.
Sin embargo, porque siempre existe un sin embargo; no se debido a que razón o sin razón alguna; su abierta locura y nuestra encasillada cordura le pusieron a esta Buenos Aires una partitura.
La vistieron de gala y para que la ciudad no se sintiera sola, a él lo vistieron junto a ella.
Acostumbraba a presentarse en silencio, luego de pasado el aluvión de la gente de la tarde.
Corrientes, Diagonal y la vereda frente al Obelisco con el Obelisco mismo de por medio eran su espacio.
Se sentaba sobre una vieja lata de pintura dada vuelta y aguardaba.
Junto a él aguardaba también sobre un cajón de manzanas la vitrola vieja, esa misma vitrola que aceptó ser parte de la única maleta que llevaba, conteniendo sobre discos de pasta las teclas de un piano viejo.
Una noche cualquiera sobre Buenos Aires.
Ël se levanta, se lustra tras la bota manga el charol de los zapatos, ajusta su corbata, asegura el sombrero.
Mientras la gente que no tiene otra cosa que hacer se concentra alrededor de él, sin dudar, enciende las teclas del piano dentro de la vitrola vieja y piensa..
Si Astor estuviera, existirían todas las luces de los semáforos en azul y con el medio melón en la cabeza formaría entre San Juan y Boedo(*) las formas de un escenario nuevo.
Pero Astor no está, Astor se quedó allí, dentro de la maleta.
La luz de azul pasa a rojo.
Un taxi se detiene y ella baja.
Aros inmensos.
Ojos mas grandes aún que los aros y con una infinita llanura verde tras los párpados.
Ruborizadas mejillas adolescentes escondidas tras una legión de pecas.
Nariz pequeña pugnando por simular ser, ante el tentador rojo pasión de dos labios carnosos y tiernos.
Y cerrando el cuadro, una temblorosa nube de bucles negros acariciando frente, cuello y la descubierta espalda de ella.
La blusa de tela negra intenta contener lo inconteniblemente agitado de sus pechos.
Bajo lo negro dos nudos en la tela desabrochada, dejan escapar la curiosidad de un ombligo bello.
Dos largas piernas aparecen allí, donde desaparece la curva de la espalda abierta, censurada solo por veinte centímetros ajustados de la pollera de pana negra.
Luces azules sobre los semáforos.
El escenario.
Las notas suaves preludian el tango. El público aplaude.
Ella lo busca a él con la mirada y entre los ojos ambos se encuentran.
El la espera.
Ella se saca los zapatos, quiere sentir bajo los pies la adoquinada frescura sobre la vereda de Diagonal y Corrientes.(**)
Se coloca de espaldas a él, espera el contacto.
La mano de él avanza, suavemente acaricia la piel de la cintura fina que va a competir con la pana negra.
Ella se deja llevar en los primeros acordes, es una suave muñeca de trapo en las manos de él.
Luego es ella quien manda, quiebra la cintura, gira y se para.
Tras un silencio, vuelve a girar y llega a sus manos, se aprieta, lo envuelve de tango gira dos veces y se escapa de nuevo.
El confirma el compás, la busca, la encuentra, la sigue, la aprieta en el paso.
Ella se deja, busca la pierna, juega con él, le acerca su brazo, respira su aliento.
El continúa el juego, filetea, dibuja los ochos, la suelta parece, pero no la deja, vuelve a atraparla y la absorbe de nuevo.
El escenario se mueve, la gente aplaude, vibra con el tango, se excita con ellos.
Ellos se visten de gala.
El en abierta locura, compás y firmeza, la sujeta a ella.
Ella se le acerca y lo invita a seguirla y entre el dos por cuatro transpiran los cuerpos.
Se apagan las luces y en la oscuridad fluye suavemente el aroma a mujer de la piel de ella.
A media luz el tango hace que los cuerpos giren nuevamente.
Se separa ella. La atrae él.
Las pieles se aprietan, se frotan fuera de preámbulos.
Desde los acordes agitados del piano bullen entre notas compases de fuego.
El teclado calla, la música se pierde, deja en suave paso al ardor de las palmas que en aplausos crecen.
Rodilla en el suelo, la sienta en su pierna. La señala a ella.
Ella se saca los aros, los devuelve al público en agradecimiento.
Le toma la mano, lo pone de pié al loco del tango y lo mira firme con sus ojos verdes.
Lo abraza muy fuerte, lo enlaza en sus bucles y se hace el silencio....
Ella se le acerca suave, le quita el sombrero, acaricia su frente, su cuello, la espalda y en el instante de silencio...
...pasión de veinte años en puntas de pie, le alcanza su premio.
Roza suavemente los labios de él con los labios de ella.
Y las palmas entre vivas, silbidos y bises nuevamente vuelven.
Que poco a veces separa a unos de otros tan profundamente.
Solo veinte años, la pasión vestida de gala entre Diagonal y Corrientes y el dulce sabor de un beso.
(*) Tradicional esquina de tango en Buenos Aires.
(**) Al costado de avenida Corrientes, Diagonal Norte y el Obelisco pleno centro porteño existe una explanada donde se realizan espectáculos al aire libre.
Dedicado a Nadia Soledad, quien con su delicada voz interpretó estas letras.
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