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Hierros Retocidos
HIERROS RETORCIDOS
Está recostado con los ojos cerrados, fingiendo dormir o intentándolo en todo caso aunque sabe que el rumor de su estómago se lo impedirá de todos modos. Eso no le preocupa; hace rato que el eco de sus tripas ha dejado de desvelarlo, solo que no puede dejar de pensar en los chicos que duermen amontonados en la otra mitad del cuarto; dos en una cama, tres en la otra y el pequeño Tony en su cuna de mimbre que suele ladearse cuando cambia de posición. Sus hijos duermen y quisiera taparse los oídos para no oír sus respiraciones desparejas, sus jadeos de gatos recién nacidos abandonados en un baldío. No hubo comida anoche, excepto unas tostadas de pan viejo y tres galletas de agua. Sabe Dios que intentó rescatar tomates de la huerta, pero la última granizada los había convertido en pulpa o menos aún. Ni siquiera habían madurado; las lechugas se convirtieron en colonia de gusanos. Marta las había enjuagado largo rato bajo el chorro de la bomba de agua y cuando levantó los ojos, vio nada más que esa resignación mustia que no tenía fuerza siquiera para convertirse en furia.
Acerca el despertador a sus ojos. Son las tres de la mañana y afuera, el viento ha tomado la forma de una gran mano que azota las paredes de la casucha. Por suerte pudo conseguir unos clavos galvanizados para sujetar las chapas y algo de cemento rápido con el que cubrió las rajaduras en la madera, pero el aire sigue entrando a chorros por cada costura. El castañeo de los dientes de los chicos se convierte en una lánguida sinfonía. El mayor se cubre con la única frazada hasta la barbilla y desde allí lo mira: no hay reproche en sus ojos, solo esa docilidad que no puede evitar asociar con la muerte. Tiene siete años, asma y dos soldados de plástico montando guardia en el cajón que sirve de mesa de noche. Le sonríe. Su corazón de padre se alborota pero también muere un poco: muere y resucita con cada uno de ellos, sus niños que jamás tendrán derecho de ocupar un lugar bajo el sol. Su mente agotada intenta vislumbrar algún futuro más allá de esas cuatro paredes, a sabiendas que es un ejercicio inútil, por que en determinado punto nada existe fuera de la casucha, solo la ruta a cien metros y algún auto ocasional que pasa aullando. Ellos no conocen los edificios, ni el estante superior del almacén de ramos generales. Apenas si saben del gusto de la polenta envasada y los fideos y el agua terrosa que surge sin fuerza de la vieja bomba de mano. Una vez les trajo un chocolatín a cada uno y hubiera dado cada dedo de su mano por volver a ver en sus caras de niños- viejos, ese estupor que solo se descubre en el rostro de un bebé cuando prueba un gusto nuevo. El pequeño Tony se embadurnó la cara con el dulce mientras gemía “rico- rico”, y sus hermanos aplaudían y lo vivaban y paladeaban cada rastro de la golosina prendido entre los dientes.
Piensa. Piensa mucho últimamente. Su cerebro se encarga de desvelarlo por las noches y adormecerlo durante las mañanas, como si estuviera sobrecargado de estímulos internos o una rara sustancia química hubiese convertido cada cisura en las rajas que suelen supurar en la tierra enferma. Piensa en las cosas que tenía de pequeño y que sus hijos jamás tendrán: un aparato de televisión en blanco y negro en la sala caldeada, que emitía las viejas series en blanco y negro y que solía devorarse junto al Toddy y las vainillas: desde Bonanza hasta Tierra de gigantes pasando por sus favoritas, Valle de Pasiones y Los Invasores. Recuerda su cama sencilla con el cubrecama de Mickey y en el Pato Donald que encontraba asilo debajo de su sobaco. Piensa y piensa y piensa. En como se torcieron las cosas, con tanta naturalidad, como si el Señor Destino hubiese tardado en encontrar su rastro para finalmente acorralarlo: entonces le había señalado el camino con su Gran Índice...y debajo de la uña había mugre y sangre en la cutícula.
Su mujer se remueve a su lado. Sus hijos duermen y agonizan. Tardarán en morir y así como otros padres, en el otro mundo proyectan sus futuros con colores brillantes o se los imaginan subiendo a algún podio con una medalla dorada en el pecho y sosteniendo algún diploma con cinta roja, él también los ve en una especie de película mental y muda. El mayor sosteniendo un arma en algún callejón; esa sería su credencial, junto al inhalador para su asma. Los otros, convertidos en abre puertas en una terminal mugrosa, o lavando los parabrisas de los autos que se detenían en fila frente a algún semáforo: los choferes del otro mundo los observarían con esa mueca ladeada de desprecio y alternarían puteadas con limosna. Sobrevivirían como pudieran, como los dejaran, ocupando los espacios que los demás desechaban con una mueca de pánico; buscando las sobras de los otros en las trastiendas de los restaurantes. No habría final, solo una lenta agonía que podría extenderse indefinidamente, como la niebla que se levantaba en la ruta durante las madrugadas. Niebla de humedad y de los escapes de los autos de los otros.
Y el pequeño Tony. Tan enfermizo y llorón. Su cuerpecito que no había sido adiestrado para guardar calor y que temblaba cuando el viento frío agitaba los volados mugrientos de su cuna. Casi había muerto de neumonía el invierno pasado. Casi. Y durante esos días durante los cuales los mocos se le congelaban en la nariz y su pecho rumoreaba como la lluvia sobre el techo de chapa, recordaba haber pensado: “Moríte. Moríte ya. No hay nada para vos ahí afuera”.
Su mujer abre los ojos, pero es solo un interludio. Duerme mucho últimamente. Duerme cuando cocina algo indefinible en una olla ennegrecida por el sarro; duerme sentada frente a la ventana, mientras algún rayo de sol extraviado seca el rubor de la ventana; duerme mientras lava a sus hijos con el agua tibia de un viejo fontón de plástico y acomoda sus pelos tiesos en una raya desmañada; duerme cuando entrecruza las agujas de tejer, tratando de darle forma a algo que parece un pulóver sin mangas o a veces una bufanda; duerme mientras duerme o duerme desvelada. ¿Cuándo fue la última vez que puso su cosa en la cosa de ella? ¿La última vez que acarició su piel cenicienta o cerró la mano alrededor de una teta caída, intentando moldearla? ¿O besó sus labios partidos que a veces sangraban sin que ella lo notara?
La mano de ella se apoya sobre su vientre vacío y él la apresa y quiere recordar...lo desea casi con desesperación. Cuando eran jóvenes y pobres pero soñaban, y los sueños bastaban para mantenerlos en pie. Cuando sus tetas eran firmes y sus muslos cobijaban la concha que palpitaba como un segundo corazón. Pero no lo logra. Todo está borroso y perdido. Perdido y borroso. Olvidado.
Entonces resuenan dos golpes leves contra la puerta de entrada. Sabe quien es. Son dos golpes, ni uno más. Se levanta. Duerme vestido, un poco por el frío y otro tanto por que nunca sabe cuando él vendrá en el medio de la noche. Se desliza en silencio, echa mano al viejo gamulán rotoso, su gorra y una bufanda llena de bolitas de lana. Cuando abre la puerta, el frío es el primer huésped, intolerable y a pesar que sale rápidamente, no logra evitar del todo que su casa, -su casa, que chiste- se convierta un poco más en una morgue, donde los seis cadáveres que aguardan en los catres se niegan a quedarse quietos. Él está del otro lado, inmóvil. Su vieja camioneta Ford, con el paragolpes delantero atado con alambre y la carrocería podrida, aguarda a dos pasos de la ruta.
El humo del escape se confunde con el vapor de la escarcha. El viento corre de norte a sur y por suerte, no da de lleno contra su choza. Apenas si se saludan. Inician un trote rápido hacia la F 100 y una vez adentro, él apreta el acelerador a fondo, derrapando sobre la cuneta. Pero es un buen conductor. Se aferra al tablero, alarmado por el cimbronazo hasta que la camioneta se estabiliza y sube hasta la cima de los 100 kilómetros sin dificultad. Es un vehículo noble. Ambos se miran un instante. No pregunta nada. Lo sabrá cuando él quiera, o cuando lleguen. Prende la radio. Recuerda el tema: es "Mujer dura" de los Rolling Stones y alguna vez sobó a su mujer, mientras sonaba de fondo.
Mario tararea el tema mientras sale de la circunvalación y toma la ruta nacional. Lo mira. Su boca se abre y el aliento espeso, se le escapa entre los dos únicos dientes que permanecen en su sitio. Tiene los ojos llorosos por el frío y los dedos agarrotados sobre el cuero cuarteado del volante. Su carcajeo se extingue sin dejar rastros y habla. Jamás le escuchó decir algo que durara más de treinta segundos. Tiene dificultad con las palabras: a veces elige algunas al azar, otras las desordena como si las hiciera entrar por la fuerza en los casilleros de un crucigrama, pero llegado el caso se hace entender.
-Un micro- dice. –Un micro grdande. Lleno de gente y de dos pisos, me pa’. Volcó cerdquita, acá cerdquita, no lejos. Cerdquita. Espero que no hayan llegado los rastis ni la ambulancia. No creo, me pa’.
Siempre se había preguntado como hacía para enterarse. El tipo de preguntas que no necesitaba de respuestas: al menos, a él le daba lo mismo. Mario vivía al otro lado de la ruta y nunca había cruzado más de un saludo, hasta la noche del Renault 12, hacía...¿cuánto? No lograba recordarlo. El auto había pasado el puente a toda velocidad, tomó la curva sin aminorar y salió del camino. Se clavó en la zanja de trompa. El conductor había salido despedido del parabrisas. La mujer, que tampoco llevaba cinturón, quedó empotrada en la consola, debajo del radiocasete. Recordaba su posición absurda cuando miró por la ventana: tenía la cabeza entre las piernas, la boca abierta y rellena de cinta grabada. Se había comido el casete con el impacto, toda la carcaza de plástico y parte de la cinta sobresalía de la comisura de sus labios, como un bocado de fideos pasados. Los dos corrieron hacia el lugar del accidente. Mario le quitó el reloj a la tipa y se lo guardó en el bolsillo. Ese fue el comienzo. Él lo miró, sin sorprenderse demasiado y abrió la guantera. Mapas de ruta, papeles del auto, una foto de otros reunidos alrededor de un fogón. Mierda, mierda, mierda. El portaequipajes se había abierto. Había dos valijas. Las desmantelaron y repartieron la ropa. Mario tomó un libro: era algo de Coehlo. Agitó las páginas boca abajo para ver si caía algo y lo arrojó a la zanja. En uno de los bolsillos había dinero. Partes iguales. Corrieron hacia donde estaba el conductor. El reloj del tipo le pertenecía.. Tenía la marca del volante impresa en el tórax. Le vaciaron los bolsillos. Una billetera de cuero. Más guita. Mitad y mitad. Recogió la parte de la ropa que le correspondía en una valija, Mario en la otra. Todo eso no duró más de diez minutos y cuando la sirena brotó desde algún lugar más allá del puente, él ya estaba en su casa, con la valija debajo de la mesa y el dinero en el bolsillo. Su mujer no preguntó nada, no dijo nada. ¿Acaso el matrimonio no estaba lleno de sobreentendidos? Guardó la ropa en el placard. Esa tarde, achicó los dobladillos, recortó algunas mangas de los pulóveres y estrenó un vestido floreado que le iba chico. Miró el gamulán y se lo tendió sin decir media palabra. Le calzaba justo.
No se había sentido más miserable que de ordinario. Cerca del mediodía, a la ambulancia se le sumó una grúa; sacaron el auto de la zanja y recogieron los cadáveres. Nadie golpeó la puerta de su choza para preguntarle si había visto algo: ¿de que serviría, llegado el caso? Al fin de cuentas, no había hecho otra cosa que aprovechar las sobras de los otros, como de costumbre.
La noche aúlla afuera, como un coro de viejas lloronas. Mario levanta el volumen de la radio y sintoniza una FM que solo pasa cumbia. Odia la cumbia, pero no lo dice. Su socio tamborilea los dedos sobre el volante mientras un cantante que suena desafinado aún sobre el rugido del viento, dice algo acerca de la minifalda de una manera y la manera que tiene de entrechocar las cachas. Toma un camino secundario para evitar la estación de peaje, lo que supone un desvío de poco más de un kilómetro. La camioneta derrapa, levanta una cortina de agua estancada y pierde el paragolpes trasero en una cuneta. Mario putea, tuerce el volante y aplasta el acelerador contra el fondo.
Se pregunta si llegarán a tiempo.
Una imagen vuelve a su cabeza, como si fuera una postal pegada con chinches en la zona más negruzca de su mollera. Llegó una tarde a casa, luego de una excursión al pueblo con todos los gastos pagos, revolviendo tarros de basura y contenedores, ofreciéndose para alguna changa que nunca aparecía y recibiendo sin inmutarse la mirada de los otros: esa luz de desconfianza, asco y temor que la mayoría de las veces precede al portazo y las menos, a una moneda arrojada; el impuesto exiguo de una conciencia tranquila. Sus chicos no estaban en casa. Almorzaban el comedor escolar y solo pudo vislumbrar la silueta de su mujer a través de la ventana empañada. Estaba de pie frente a la cuna del pequeño Tony, con una almohada apretada entre los dedos a diez centímetros de su rostro rojo y bañado en lágrimas. Lloraba de hambre y su madre ya no tenía leche en las tetas: se agrió, como la lechuga de la huerta. La expresión de su rostro era neutra. Daba lo mismo que estuviese mezclando las sobras de todos los putos días en la olla negra. Acercó un poco más la almohada hacia la cara del bebé y algo en esa escena, revolvió el germen de alguna emoción allá, en el bajo vientre. Hace largo tiempo que dejó de sentir; todas sus emociones se cortan como un circuito defectuoso en algún lugar indeterminado entre su estómago y el corazón. Pero el cuadro poseía alguna clase de belleza brutal: el sol formaba una aureola alrededor de la madre y la cuna e intuía que el amor brotaba de la mujer en oleadas embotadas y dolorosas. Por qué lo que estaba a punto de hacer, era un acto de amor. Las ojeras debajo de sus ojos sepultaban el brillo de la mirada. El chico lloraba y veía sus manitos sobre el borde de la cuna, abriendo y cerrando los dedos y boqueando en busca de aire y calor. No hay calor y el aire estaba viciado. Ella lo sabía; el bebé lo intuía con esa percepción no muy distinta a la de algunos perros que olfatean la tormenta, aún antes que las nubes de avanzada asomen por el horizonte. Hay bebés felices en algún lado; bebés de avisos televisivos; bebés de cuadros renacentistas; querubines; bebés que gorjean y sonríen ante el menor estímulo; bebés de portadas de revistas femeninas y debajo, el titular en letras brillantes: “Diez consejos para la crianza de su bebé”. Ninguno de ellos reza: “Aprete su carita llorosa con una almohada”, claro. Los bebés de los otros. El pequeño Tony no es un bebé, sino una criatura rodeada de volados mugrientos y rara vez gorjea, sino que aúlla y agita las manos como si pudiera aventar el dolor, el desamparo, la falta de calor.
Al fin la mujer dejó la almohada sobre una silla. Soltó un suspiro. Levantó al niño para apretarlo contra su pecho, mientras soltaba una incomprensible nana entre sus dientes podridos.
-Ahí- dice Mario.
Mira por su ventana. Ve una sombra al costado del camino, apenas iluminada por una luz intermitente. Parece una ballena varada. Las luces de posición aún están encendidas. Del motor surge un chisporroteo débil y a medida que Mario conduce la camioneta cerca del lugar del accidente, ve una perezosa voluta de humo ascender desde la masa de hierros retorcidos. Su compañero deja el cambio en punto muerto, tira el freno de mano y salta el exterior. Hace lo mismo y el frío lo acribilla, aún antes que logre hundir el pie en el barro. Una larga huella de neumáticos va desde el centro de la ruta hasta la señal de camino sinuoso y desde allí, sigue el derrotero del ómnibus hacia la nada que lo aguarda detrás de la valla de contención.
No toma conciencia de los gemidos hasta que se detiene junto al depósito de equipajes, que más de parece a una garganta desgarrada. Hay valijas despanzurradas, ropas tiradas al azar y hundidas en el lodo, clavadas a islotes dispersos de tierra firme por estacas de metal. Los restos del parabrisas han trazado una especie de pista brillante que refulge en la oscuridad como una pupila llorosa.
Gimen. Son quejidos entrecortados y distantes y ni siquiera tiene que cubrirse los oídos al acercarse. El vehículo ha volcado sobre el flanco izquierdo, el lado del conductor y tiene que encaramarse sobre el eje de las ruedas para subir hasta el portaequipajes. Evita mirar por las ventanas, pero a pesar de eso ve un rostro detrás de uno de los cristales que permanece intacto: una cara de ojos abiertos y expresión de absurda sorpresa, con la nariz aplastada contra el vidrio y el ojo fuera de su cuenca. Da la impresión de haber presenciado la inminencia del desastre desde la primera fila. La varilla de metal, que reconoce como parte del apoyabrazos, sobresale de su coronilla como un signo de admiración. La punta embebida en sangre, le asoma debajo del mentón.
-Sssss- murmura Mario. -¿Dormís huevón?
Agita la cabeza. Empieza a vaciar el vientre el micro. Arroja las valijas de a dos y alguna, cae sobre la caja de la Ford. Mario recoge los restos desparramados en el perímetro. De vez en cuando, se asoma a la ruta y mira hacia ambos lados.
No queda nada. Los bultos apenas si ocupan un tercio de la caja de la camioneta. Es un servicio nocturno y presume que solo hay unas veinte personas en el interior. Su socio sube hasta la trompa del micro y hunde el pie en la costura que une las dos puertas. Cede con facilidad.
Lo sigue. Descienden lentamente por la escalerilla que lleva hasta la cabina del conductor. El chofer está aplastado contra el parabrisas, con los brazos abiertos en cruz y el cinturón de seguridad anudado al cuello. Le quita el reloj y hace lo mismo con su compañero, que aún permanece en el sillón con los ojos cerrados y los auriculares de un discman enterrados en las orejas. Mete todo dentro de un bolso de mano. Forcejea con la alianza matrimonial del primero. Las ventanillas de su nariz aletean como batientes por el esfuerzo hasta que finalmente, cierra el puño apresando el anular del tipo y se lo quiebra con un movimiento seco. Crak. Como un lápiz, una rama seca o el entrechocar de los dos únicos dientes del pequeño Tony. La alianza cae sobre su palma.
Ahora los gemidos son más urgentes. La máquina de café bloquea el pasillo y deben gatear debajo de ella, para llegar a la primera fila de asientos. Durante un segundo, su percepción astillada por la posición del micro y el hedor de la sangre, le provocan el inicio de una arcada, pero solo es eso...un segundo que cae como una ficha de dominó solitaria. El estómago asimila el cimbronazo y se limita a caminar entre ellos, sin sentir nada que se asemeje a alguna emoción conocida. Son los otros, eso es todo. Mira en los compartimentos y arroja los bultos a través de las ventanas. Una mujer tiene la cabeza empotrada en el respaldo del asiento de adelante, aunque no es eso precisamente: su cráneo está aplastado por la presión. Mario se adelanta y tira de sus aros, rasgándole los lóbulos. Él no pierde el tiempo soltando el seguro de la cadena que le rodea el cuello: sencillamente se la arranca de un tirón. En uno de los asientos individuales, un sujeto descansa con el asiento reclinado y un libro abierto sobre la cara. Un trozo de vidrio del tamaño de una cuchilla de matarife atraviesa la cubierta de la novela, -una de Sydney Sheldon- y su ojo derecho. El reloj es berreta; en la billetera apenas si tiene un billete de diez y tres de dos pesos. Se los guarda en el bolsillo hasta el momento del inventario.
Los quejidos suenan cerca y lejos al mismo tiempo. Resulta curioso, como si no provinieran de una garganta humana, sino de un receptor de radio encendido en una habitación cercana. Y una serie aguda de “ay”, separados por suspiros y borboteos. Es una gorda al final del pasillo. Fue a parar debajo del asiento y está aprisionada por la base metálica; debajo, sus intestinos desanudados se deslizan de un extremo al otro del corredor. Los pies de Mario chapotean en ellos y se alza con una cartera. Se cuelga la correa del hombro, dedicándole una mirada fugaz a la dueña. “Ay”, dice ella sin convicción. Y después: “Dios mío”.
Hay tres o cuatro entrelazados en el pasillo y mientras su socio los vacía, él revisa los compartimentos y arroja bolsos de mano, attachés y carteras hacia el exterior. Entonces, algo llama su atención. Afuera, el viento desgrana la misma canción sin estribillo y la lluvia entra por cada agujero, sin invitación. Hay algo en el pasillo, un algo sostenido por una mano pequeña crispada. No lo reconoce al principio y se acerca unos pasos, a pesar de la urgencia.
-Oigo algo, me pa’- dice Mario. –Una sirena.
-Esperá.
Mira el objeto y tironea de él.
Es un oso de peluche.
Se lo imagina en la cuna del pequeño Tony, sujeto por sus manos frías y torpes. En uno de los brazos, tiene un pequeño círculo rojo donde se lee lo siguiente: “Apretá aquí”. Lo hace. Y una voz aflautada y feliz desgrana: “La farolera tropezó y en la calle se cayó...”
-¡Vamos!- dice Mario.
La mano se niega a soltar el oso. Y cuando se inclina, ve la carita de una niña con bucles y la boca abierta, anegada por la sangre. No tiene más de seis años. Está boca abajo. Cuando intenta liberar el oso del cepo de su dueña, la nena voltea el rostro y lo mira.
-Mami- dice. Y con eso parece tener suficiente.
Él siente como si le hubieran rellenado la boca de paja. La niña tiene una profunda incisión que le cruza la cara justo por la mitad. Y a pesar de eso, y que probablemente tiene la mitad de los huesos rotos, se niega a soltar el oso, como si esa cosa de peluche y salpicada por su sangre, pudiera cobijarla.
-Está viva- dice, con un horror sólido en la voz.
-No- responde Mario.
-¡Está viva!
-No- repite él. Se inclina, hunde sus dedos mugrientos en la pelambre del oso y se lo arrebata de un tirón. “Alcen las barreras para que pase la farolera...” canturrea la voz. Y la nena repite “mami” una vez más antes de apoyar la frente contra el piso.
Le arroja el juguete. Lo atrapa al vuelo y le da cobijo, debajo del sobaco. No quiere mirar hacia atrás, por que la hoguera en su estómago aún chisporrotea y no sabría que hacer con eso, como manejarlo, por que su embotamiento es la manera que tiene para sobrevivir un día a la vez, hasta que los otros se percaten de su presencia y resuelvan quitarlo del medio. Aprieta el botón y el oso se calla.
Los dos saltan al exterior. Recogen los bultos y terminan de cargar la camioneta. Detrás, el micro es un animal moribundo y de respiración humeante.
Mario cierra la puerta de su lado. Le parece ver el resplandor de una sirena, pero cuando está a punto de materializarse, desvía la Ford hacia el camino secundario. El espejo retrovisor apenas le devuelve un rectángulo de oscuridad. Se pasa una mano por los ojos y cree notar la humedad de una lágrima, aunque sabe que eso no es posible. Una gota de lluvia, eso es. O el rastro helado del viento. La mano de Mario cae sobre su hombro en algo que podría ser consuelo, o el aliento por el trabajo bien hecho, que más da.
No dice nada.
Nunca hizo falta.
Sintoniza la radio y Gilda canta “Fuiste”.
Texto de fanfan agregado el 05-02-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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