La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - valens - 'El regalo.'
El regalo.
El rumor comenzó a circular por la oficina desde finales de noviembre y al parecer se filtró desde Ana de recepción, quien escuchó en una llamada a gente de la oficina central en la capital informando de lo sucedido.
Yo particularmente me enteré por vía de Romero, el contador, quien a su vez lo había oído de Carmelita, la secretaria del jefe. Cada uno de las diecinueve personas que laborábamos en la oficina aparte del jefe, habíamos escuchado el rumor y, sin embargo, ante los demás actuábamos como si no hubiera ninguna sospecha de la verdad ni nada nuevo bajo el sol de la oficina.
Resulta que, una semana antes de que yo me enterara, el jefe recibió una llamada de la oficina central, la cual le pasó Ana a Carmelita, quien se la comunicó al jefe. Aquí es cuando Ana debía desconectarse de la llamada y, sin embargo, permaneció escuchando la conversación. Después de colgar el intercomunicador, se dirigió rápidamente a contárselo a Augusto, encargado de ventas; al parecer fue él quien hizo correr toda la información por la oficina hasta que un buen día llegó a mí.
Yo estaba sentado en el comedor, me disponía a almorzar el tazón de caldo de mamá habitual de mi soltería actual cuando pasó junto a mí Romero, depositó cuidadosamente junto a mí un papel doblado y se alejó volteando a todos lados como temiendo que lo miraran. Todo ese ambiente me pareció como de una novela de espías, motivo por el cual leí la nota por debajo de la mesa. Sólo tres palabras escritas con un pulso impecable en tinta negra captaron mi atención: «VEN AL SANITARIO». Con la cautela propia de todo un espía, dejé pasar unos instantes antes de levantarme e ir con dirección al baño público al fondo del pasillo. Al llegar, Romero me esperaba un poco nervioso, la corbata aflojada, la camisa arremangada y la frente con unas gotas de sudor me hicieron entender que era algo grande lo que iba a ser revelado para mí. Revisé que no hubiera nadie, le puse la falleba a la puerta y me acerqué despacio, arrastrando los pies para no hacer ruido con el tacón, llegué a su lado y me pegué lo más posible a su boca, ahí comenzó a soltarlo así nomás...
Ya entrando en diciembre, todos nos mirábamos sospechando que el secreto había dejado de serlo y fue también en ese punto que todos comenzamos a concentrarnos más en el rumor y tratar de buscar datos en la cara de los demás, en las llamadas del jefe, quien no sospechaba que su secreto fuera divulgado en la oficina. Yo parecía ser el más tranquilo, todos los demás parecían vueltos locos por la noticia.
La oficina central en la capital había decidido ceder a cada jefe de oficina distrital un presupuesto de catorce mil pesos para proporcionar a los empleados presentes navideños por parte de la compañía, los cuales debía decidir cada jefe la mejor manera de repartirlos entre todos los empleados de cada dependencia. En cualquier otra oficina no se hubiera tratado de una gran noticia, son oficinas con un mínimo de doscientos cincuenta empleados, lo cual resulta en un presupuesto de unos cincuenta pesos por persona; pero tratándose la nuestra de una oficina compuesta sólo por diecinueve personas (lo cual resulta en poco más de setecientos pesos por cabeza), dicha información representaba una gran esperanza para todos lo que ahí laborábamos.
Ya a finales de la primer semana de diciembre, todos nos habíamos olvidado de fingir no tener idea del secreto, al contrario, la mayor parte del día transcurría en platicas sobre los catorce mil pesos y debatir cómo suponía cada uno que el jefe decidiría usarlos. Ana, la recepcionista y principal responsable de la divulgación del dato, decía que lo más probable era que el jefe compraría un televisor, tal vez un refrigerador y lo sortearía entre todos, Gustavo, el secretario de ventas, proponía que el jefe compraría un presente para cada uno y la idea de los setecientos pesos por persona nos brillaba a todos en los ojos, Romero opinaba que el jefe podría comprar un solo regalo y usaba como ejemplo una sala y se lo daría al mejor empleado, Augusto pensaba que seguramente el jefe compraría once presentes para hombres, todos iguales y ocho para mujer, todos iguales y nos daría a elegir en una gran mesa. Ahí era donde generalmente iniciaba una discusión entre él y Gustavo, quien pensaba que el jefe se esmeraría en buscar el regalo perfecto para cada uno de nosotros. Una buena tarde Carmelita sugirió que tal vez el jefe podría usar el dinero para organizar una buena reunión este año, ya que todos los años el festejo de la oficina era muy austero y frío, una mayoría de los ahí presentes apoyamos con aplausos esa sugerencia y fue ahí que don Aníbal, el encargado de la limpieza dijo que a el le bastaba con que invirtiera el dinero en cosas para la oficina que todos necesitáramos y yo deseé con todas mis fuerzas que ese buen hombre fuera quien se llevara la sala o el más grande de los dos televisores.
El día quince de diciembre estaba agendada la reunión navideña de la oficina y desde el día diez se notaba que todos dormíamos poco y comíamos casi nada, nadie podía vivir tranquilo con la incertidumbre sobre qué iba a hacer el jefe con el presupuesto que se le había concedido. El día catorce parecía una oficina de gente enferma, todos lucíamos fatal a excepción del jefe, quien cada día llegaba más alegre y resplandeciente, deteniéndose a saludarnos a todos y cada uno de los empleados y siempre sonriente. En cierta ocasión se detuvo en mi escritorio a preguntarme cómo estaba mi día y qué opinaba del clima, yo no captaba su alegría y contesté secamente «bien, qué frío hijo de puta...» Poco después supuse que ya había decidido como usar el dinero. Pensándolo un poco, el hombre debía sentirse feliz de saber que iba a hacer algo bueno por sus dependientes y mejor aún, el creía que nosotros no teníamos la más mínima idea de un hecho que desde hace casi tres semanas nos quita el sueño, no nos deja comer a gusto ni trabajar bien. Romero, el día catorce casi a las cinco, nos informó que ese mes cerraríamos como el mes más bajo en todo el año y era debido a la falta de entusiasmo en el trabajo, era debido a pensar todo el día en los televisores, el refrigerador, en un regalo ideal para cada quien, en muchos regalos ideales, en una sala, en una reunión que superara a la pasada.
El día quince llegué a la hora marcada a la oficina y vi que ya estaban ahí la mayoría de los empleados, sólo faltaban Carmelita, Ana y el jefe; todos los demás parecían a la expectativa. La oficina no lucía ningún arreglo más que un letrero que usábamos todos los años y en el cual la palabra NAVIDAD era casi ininteligible debido a lo viejo y gastado. Algunas caras mostraban enfado y eran los que habían abrazado la teoría de una reunión de gran calidad, otras caras ya estaban casi saboreando los televisores, el refrigerador, tal vez hasta un tocadiscos. Llegaron Ana y Carmelita juntas y la reunión pareció salvarse al descubrir que Ana llevaba en las manos un paquete con vasos deshechables y que lo que llevaba Carmelita era una olla con ponche elaborado por ella y que ya todos sabíamos lo delicioso que era. Por lo pronto reunión salvada.
Finalmente llegó el jefe vestido muy elegantemente y fue ahí que el corazón nos dio un salto a todos. Conforme el jefe avanzaba y saludaba disculpándose por su retraso y acomodándose la cabellera negra, todos nos inclinábamos hacia adelante atentos a sus movimientos y sus palabras y esperando la lluvia de regalos; de pronto noté que algo no marchaba, tal vez era la voz agitada del jefe, tal vez el no ver ningún regalo por ningún lugar, de pronto el ponche me dio un sabor terriblemente amargo, era la voz del jefe dando su rápido y breve discurso navideño, deseándonos lo mejor a todos y disculpándose por tener que irse tan rápidamente, dejando su vaso con ponche sobre mi escritorio y saliendo a toda carrera de la oficina.
Repentinamente todos estabamos como estatuas con las mandíbulas hasta el suelo. Algunos guardamos una última esperanza y volteamos a ver a don Aníbal sonriendo y sabiendo que tal vez comenzaríamos el próximo año con un nuevo presupuesto. De pronto todas las miradas se dirigieron a la ventana, a través de la cual podíamos distinguir claramente al jefe salir del edificio, cruzar la calle y subirse a un modernísimo coche rojo de último modelo del cual ninguno de nosotros tenía conocimiento alguno...
Texto de valens agregado el 06-12-2006. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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