Desde que tuvo que sufrir los engorrosos pormenores del turbulento proceso de una dura demanda por “mala praxis”, el doctor Vespillo ejerció su profesión con desgana, por no decir con elemental pero indiscutible aversión. Cada paciente que ingresaba a su consultorio, en vez de despertarle empatía y deseo de actuar para asistirle en su enfermedad, buscando el medio de recobrar la salud, le encendía una luz interior, una luz roja que lo sobresaltaba con un llamado de atención: “¡Ojo, que éste puede ser un futuro demandante! ¡Y tiene diez años para hacerlo, sin costo alguno! Una verdadera ganga para cualquier exaltado de mala voluntad, por no hablar de las aves negras que rondan los hospitales, repartiendo tarjetas en las abarrotadas salas de espera”, cavilaba con áspero encono. En la mirada de los pacientes al ingresar a su consultorio, el doctor Vespillo detectaba automáticamente la presencia de esa chispa rebelde de confrontación, que de inmediato lo ponía en guardia. En algunos la hallaba apenas entraban, y entonces seguía una estrategia evasiva. Solicitaba una multitud de exámenes complementarios e interconsultas a especialistas, donde diluía su responsabilidad como médico clínico general. En otros, cuando adivinaba una cierta inclinación a la oposición de opiniones, o una búsqueda de resultados inmediatos, hacía abortar de cuajo esa tendencia con la estrategia mencionada. Quizá algo más discreto en los pedidos, también los haría circular por salas de rayos, laboratorios y consultorios de especialistas. Pero había otros pacientes, ya los menos, que no buscaban otra cosa que no fuera un poco de ayuda, y lo manifestaban con franqueza. Podía, entonces, intentar con ellos utilizar la vieja manera de practicar la medicina. Pero encontraba que, para estos casos, se había quedado sin el necesario humor, la precisa empatía que lo conectara desde su propio núcleo humano al otro, sin interferencias ni obstrucciones artificiales. Y era frustrante comprobar el tipo de relación médico paciente que engendraba, meramente protocolar, fría, cuando no insensible y mezquina.
Ese estilo de enfocar las relaciones profesionales provocaba otros inconvenientes, ya que era frecuente que los pacientes derivados no regresaran, disminuyendo su caudal de ingresos, y por otro lado, las obras sociales le requerían amplios informes de auditoría para autorizar, cada vez con mayores trabas, los pedidos de alta complejidad. En agotadoras sesiones de agresivo ping-pong, las más de las veces sus solicitudes eran rechazadas porque carecían de la precisa justificación.
-¿Y...doctor? ¿Cómo seguimos, entonces? La pregunta podía tener dos respuestas: O evaluar la posibilidad de avanzar el enfoque clínico con menos estudios, o descargar la artillería sobre la insensibilidad de la auditoría de la obra social, programando a los pacientes contra ésta. El embrollo nunca traía satisfacciones a la vapuleada relación médico-paciente, y el trabajo se hacía cada vez más engorroso, áspero, dificultoso, agotador y escasamente rentable. Cuando ya de por sí la profesión cuenta con una veta trabajosa y desgastante, si se la toma “a la defensiva”, resulta insalubre e indigesta por demás. Y el doctor Vespillo fue perdiendo pacientes al mismo ritmo que perdía interés en su actividad, ya que su talante retraído, distante, evasivo provocaba la fuga de ellos constantemente. Su edad, un tanto avanzada, le despertó en un momento dado la inquietud por el retiro, pero la falta de coincidencia entre la edad jubilatoria y los años de aportes no le permitía, en lo inmediato, acceder a ello, alejando más allá del horizonte visible esa ansiada paz que el reposo jubilatorio hubiera hecho viable.
Las necesidades familiares no le daban reposo, con sus múltiples expendios que lo obligaban a seguir de continuo al pie del cañón. Y la espada de Damocles del juicio de mala praxis rondaba sin cesar con su amenaza, cada vez más próxima a una resolución que no se vislumbraba favorable (y aunque lo fuera, los elevados gastos del juicio serían inevitables para él). La casa, puesta a tiempo como “bien de familia” no era embargable, pero el resto... Podría quedarse sin un centavo, y encima obligado a trabajar por razón de quienes, eventualmente, podían convertirse en potenciales demandantes. Los ansiolíticos nocturnos pasaron a ser una necesidad repartida cuatro a seis veces por día; y las dosis cada vez mayores, ya no le producían el resultado esperado. No creía en la consulta psicológica, y era agnóstico como para recabar ayuda en alguna religión. Y los pocos amigos que tenía, iban huyendo de su presencia, que irradiaba una negra nube de mal humor y agresiva actitud hacia todo y hacia todos.
Cuando supo que un paciente suyo había sido internado de urgencia para ser intervenido quirúrgicamente, una sensación opresiva de temor, ansiedad, y sorda impotencia por la bronca contenida, lo inundó como una corriente eléctrica desde el estómago hacia las piernas y desde el pecho hasta el centro mismo del cerebro, el ardiente núcleo de su conducta neurótica. Cayó entonces sentado en el sillón del consultorio, como fulminado por un rayo. Inmóvil, sin habla, parecía dormido a pesar de la postura, que impresionaba vigil, con los ojos muy abiertos enfocados hacia la ventana, explorando tal vez en el exterior ese nuevo vacío existencial que se ofrecía provocador, como un oscuro e insondable abismo.
Lo acompañaron hasta su casa utilizando una silla de ruedas. Un neurólogo lo examinó, le recetó una nueva combinación de ansiolíticos con antidepresivos, y le pidió algunos estudios que resultaron normales, incluida la RMN.
Y los días se sucedieron iguales, uno tras otro, pero el doctor Vespillo no emergía de la actitud catatónica, que se auguraba irreversible.
Hasta que amaneció un día muy frío y nublado, por demás desapacible, en que se levantó de la cama, y luego de tomar un baño, se vistió como antiguamente lo hacía. Saludó a todo el mundo con amabilidad, y resolvió, sin más, ir a trabajar al hospital y luego al consultorio. No atendió pacientes, se entiende, pero recorrió sus antiguos ámbitos, departió con conocidos colegas, y, en fin, dio la impresión de que su vida iba retornando al ritmo acostumbrado, usual, como era de esperarse.
Por la noche regresó a su casa. Cenó con la familia. pero se levantó de la mesa antes de comer el postre, murmurando un pretexto ininteligible. Fue hasta el dormitorio, y luego de hurgar en algún placard, se encerró en el baño. Cuando escucharon la detonación, la mujer y los hijos, sentados aún a la mesa, se sobresaltaron:
-Me lo estaba esperando- comentó ella-. Estaba quebrado... Sabía que iba a suceder algo como esto cuando empezara a hacer su vida normal.
-¿Vida normal?- preguntó el hijo mayor- ¿Cuál vida normal?
-No, en realidad quise decir habitual. Su vida habitual...
-Que no es lo mismo - agregó otro hijo-. Normal, habitual, más bien diría infernal... - Y se miraron entre sí, como diciendo: “Y ahora, hay que ir allí a ocuparse de eso, ¿no?
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