RUBEN Y LAS GALLINAS
Rubén había trabajado toda su vida adulta en granjas avícolas. Era un hombre sin educación formal y esa clase de empleo es lo que había logrado conseguir. Llegó a tomarle gusto a las labores sencillas y a veces desagradables que tenía que realizar. El lunes barría las toneladas de heces increíblemente hediondas que durante el fin de semana habían producido las infortunadas gallinas, confinadas durante toda su existencia en aquellas reducidas jaulas. El resto de la semana se alternaba con los otros compañeros para llenar los comederos de las aves, asi como los canales de lámina de donde tomaban agua. Ese trabajo tan simple que, pensaba él, hasta un chimpancé podría hacerlo, le dejaba una gran libertad para pensar, para reflexionar sobre los libros que por las noches leía, para cuestionarse toda clase de dudas existenciales que a menudo lo obsesionaban.
En esa ocasión, el día de su cumpleaños número veintinueve, de pronto vió, como quien ve una película, su futuro desplegado en su completa banalidad y estupidez. Se sintió hermano de las gallinas, encarcelado igual que ellas, esperando la muerte, como ellas. Las aves le llevaban ventaja, sin embargo, pues ellas no tenían conciencia de esta situación.
Después de días de angustia, por fin tomó una determinación, que en ese momento le pareció de una lucidez extraordinaria.
Enamoró agresiva y descaradamente a la viuda Wilson, que vivía dedicada a su jardín y a sus obras sociales y pronto estuvo instalado en la mansión, en calidad de acompañante de la dama.
No tardó demasiado en darse cuenta de que había cambiado una cárcel por otra, pero si tuvo la presencia de ánimo suficiente para darse cuenta de que resultaba mucho más llevadero hacerle el amor a la viuda un par de veces a la semana que limpiar la caca de las gallinas por el resto de su vida.
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