“Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias”
Osvaldo Soriano. Algunas caídas.
Ahora que María Julia Alsogaray está libre y el Congreso quiere aprobar la ley que prohibirá para siempre fumar en espacios públicos, seguro que a mi padre le gustará seguir tan muerto como está. Debe estar pintando un Conway en alguna dependencia del infierno, sentado frente a un televisor como lo veo todavía. Es la primavera del 91. Comiendo frente al televisor estamos todos, mientras mi madre le pide a mi viejo que apague la tele, que vamos a comer. Mi padre estupefacto, agarrándose las pelotas ante el tamaño del engaño, prendiendo un pucho tras otro, escucha el anuncio del lanzamiento del plan de privatizaciones de Menem. El, que como tantos, le había creído al patilludo durante la campaña a presidente, vuelve a la mesa con una cara que recién ahora puedo comprender: la resignación del pueblo argentino. Durante el almuerzo entre mi abuela y mi vieja tratan de esquivar el tema del inicio del vaciamiento del país, mientras mi viejo balbucea para mi su recurrente “qué hijo de puta!”. Ese día, mi padre no hizo los chistes de rigor y se levantó 10 años más viejo de lo que se había sentado, un tanto por el ardid del riojano, otro tanto por el cigarrillo que ya había empezado a comerle el pulmón. Ahí, sentada frente a él, no podía imaginar el principio del fin de toda la vida que conocía: su muerte a menos de tres años, la imparable caída de la clase media argentina en menos de una década.
Esa noche mi viejo imaginó pistones y bielas frente a la primera computadora que tuvimos. Era una XT 286, único lujo de la casa que le valió una amenaza de divorcio por no haber consultado la compra. Mientras diseña las revoluciones del motor de la 250 cc de sus corredores en un arcaico programa del que ya no recuerdo el nombre, wisky en mano, cenicero hasta la manija de colillas sobre el escritorio, me cuenta las reivindicaciones que el General le había dado a su gente: los trabajadores. Sus ojos se nublan en la evocación de tiempos más justos. En su frente, se ve como en una película desteñida, la Plaza de Mayo repleta de obreros, las asambleas en cada sindicato, los festejos de cada 1 de mayo. Hasta en su voz, aparece la voz de un pueblo que tanto había ovacionado al General. Y en intervalos, presas las lágrimas de bronca, vuelve sobre Menem, diciendo: “Qué bien que nos jodió el riojano, merecida la tenemos por boludos”. Y fue en ese cumpleaños que me regaló la Doctrina Peronista y “La razón de mi vida” de Eva Perón.
Durante los veranos siguientes, mi viejo, en un intento por recuperar la memoria y la conciencia social, nos llevaba cada domingo después del almuerzo a pasear por las villas de Resistencia para que aprendamos a valorar lo que teníamos. Pero la fórmula no surtía efecto. Mi hermana y yo seguíamos llorando de pena por la primera Barbie que demoraba su paso en llegar. Y una vez que la tuvimos, osamos burlarnos de la muñeca pepona de una vecina. Todavía lo recuerdo a mi viejo recostado en la columna del garage, mirando cómo jugamos, mientras nuestra vecinita se queja ante él de que nosotras no reímos de su bebé gordito y feo. Ahí nomás y sin previo aviso, nos quitó el modelito de mujer americana y la penitencia duró un mes de llanto ante madre y abuela que oficiaron de mediadoras para la recuperación de las muñecas.
Todavía no podía conjeturar la dimensión del robo, de la estafa. Para fines del 95, cuando mi viejo ya estaba bien guardado en un panteón del San Francisco Solano, el patilludo, ya afeitado y trajeado como manda el neoliberalismo, había logrado su reelección, mientras había concluido el plan de privatizaciones dejando 25 millones de dólares al Estado por la venta de cuanta empresa nacional exista y la lluvia de denuncias de corrupción de funcionarios públicos eran cajoneadas por los nueves jueces de la Suprema Corte.
Hoy María Julia está libre y Alberto Kohan sale a festejar con sus clásicas frases sobre la independencia del Poder Judicial. “Hay que terminar con la acusación sin fundamento”, dijo Kohan. Y cuando le preguntan por la influencia de Menem en la justicia, contesta: “Si es así, entonces hay que afiliarse al menemismo”.
Hoy, a 10 años de la muerte de mi padre, estoy sentada frente a otra pantalla, pitando un cigarro tras otro, y escuchando en un audio de Internet el recuento de 20 años de democracia argentina. La mirada es la misma: los ojos se llenan de lágrimas.
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