Simplemente estaba medicándome con un ungüento sobre el pecho. Frente a mi cara, un espejo y ese polvillo que hace que estornude día y noche.
El teléfono no paraba de sonar, era la locomotora de Lumiere. Se abalanzaba ruidosa y negra, con todo ese poder que tiene el metal.
A mi derecha el espectro incansable de un maldito que se transfiguraba en letras y espacios. A mi izquierda el profundo vacío.
Me acerqué a él y olí la nada pudriéndose lentamente. Vomité sobre la cama y luego seguí el ritmo. En mis historias siempre hay una música de fondo, un saxophone y una armónica. A veces la guitarra me grita y otras me desvanezco sobre el ácido verde de mis entrañas, hoy no he parado de echar el alma por la boca. Hoy el dinero ha venido y se ha ido. Hoy me he metido el dedo en la nariz y he pensado que todo estaba allí.
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