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La Importancia de la Señora Cantillana
La Importancia de la Señora Cantillana
(our The importance of being idle)
Qué tontería ¿no?, decía y reía el abuelo. Todos los Sábados caminaba en dirección hacia el sol para ir en busca de su jardín. Cómo describirlo, no podría. Era un sitio pequeño, habían tratado por muchos años de darle alguna utilidad. La junta de vecinos, que en realidad estaba compuesta nada más que por dueñas de casa, decidieron que lo mejor para aquel lugar era plantar un árbol y plantar césped. Pero al poco tiempo, llegado el invierno, el pasto comenzó a crecer. A nadie parecía importarle este fenómeno. Los vecinos solían hablar de este "peladero" diciendo que era horrible, lleno de suciedad, que el polvo se levantaba con el viento y ensuciaba las ventanas abiertas de las casas, que no podían dormir en las noches, que la limpieza duraba muy poco, que los niños iban a jugar con barro cuando llegaba la lluvia, que no era posible que nadie hiciera nada, ¡que aquel lugar no debía existir!, llegó a decir una mujer. Se podía mirar, lograr percatar la mirada despectiva de casi todos por aquel sitio. El lugar se había convertido en espacio para beber, drogarse y golpearse entre la multitud joven. Mas ahora que necesitaba cuidados, a nadie parecía importarle el aspecto, ni que comenzaran a juntarse los perros, ni que se produjeran desagradables olores.
A falta de todo ello y comenzando los días de sol, el pequeño jardín comenzó a secarse. El césped se transformó en maleza y la tierra casi negra se tornó amarilla.
Aquel anciano parecía un enajenado de todo esto y no me podría imaginar qué habrá pensado él. Realmente no se comunicaba con nadie. Siempre lo observaba realizando la misma ruta. Llegaba por la misma dirección y se devolvía igualmente como llegó. Saludaba siempre cordialmente a la gente, pero nadie conversaba con él. No era alguien que inspirara temor y así fue como una vez me acerqué a él y le pregunté qué opinaba de las reuniones de los vecinos y de las discusiones en torno al peladero. Se sonrió de manera tierna, como si hubiera rejuvenecido, pero tenía finalmente una expresión de profundo resguardo. Me sentí impertinente, como si hubiera penetrado por su piel, más allá de su propia mirada. Entonces se quedó mudo. Aquellos momentos de silencio me estaban inquietando. Miró hacia algunos lados, miró hacia abajo, pero no respondía. Al final creo que optó por una respuesta cómoda, tal vez subestimándome de percatar más allá de los propios sentidos. Dijo sonriendo, pero sólo de gesto, "la verdad es que esas discusiones y peleas de algunas personas no sé cómo tomarlas. No sé si reírme, meditarlas o preocuparme por ellas. Seguramente no escucharán la opinión de un viejo como yo y no les importe saber que alguien que ya está llegando a puerto para descansar, le diga que pierden su tiempo en estupideces. He visto mucho, alguna vez aprendí obedecer y también a ordenar. Si hoy estoy en esta humilde casa retirado de todo es porque alguna vez estuve en lo que ustedes, los jóvenes de hoy, anhelan. Vivir en el centro de las cosas, tener el control y el descontrol de sus propias vidas y la de los demás. Alguna vez alguien me enseñó a olvidarme de la preocupación de ser alguien y sólo me dediqué a vivir". Dicho eso me dijo que me cuidara y se fue. No respondió lo que le pregunté, pero dijo lo que necesitaba saber.
Eran más o menos las 8: 40 PM, el sol se estaba escondiendo, la sombra de los cerros proyectaba al abuelo, caminando hacía allá, hacia el único lugar en que se encontraba consigo mismo. Entonces sentí que la luz del día aún me pertenecía.
Pasaba el tiempo y siempre desde mi ventana veía caminar al anciano, pero él nunca me miraba. En fechas de navidad o año nuevo me preguntaba qué es de esa gente que vemos pasar más de una vez, la vemos, quizá la saludamos, pero no tenemos impulso a conocerlas. Entonces un día las ves y luego ya no las ves. Desaparecen y su ser queda reducido a imágenes de colores frágiles.
La junta de vecinos estaba otra vez un Sábado en la noche deliberando acerca del sitio peladero, que en verdad sólo adquiría importancia para efectos de justificar una reunión, y asumir algún tipo de competencia de poder por el poder. Algunos maridos se retiraron y yo con mis hermanos hicimos lo mismo. El día estaba extraño, era verano, pero comenzó a llover. Corría un aire fresco, pero el ambiente era cálido. Entonces la mayoría de los niños de manera silenciosa y repentina comenzaron a salir a la calle a jugar. Cada vez iban apareciendo más y más niños y niñas, aumentando a medida que el grupo iba de casa en casa. Los padres que volvían de la reunión se encontraron a todos los pequeños, sin excepción, jugando a la pelota, otros saltando a la cuerda, algunos jugaban a los policías y ladrones, niñas jugaban a la ronda cantando y bailando, y un número importante estaba construyendo casas y caminos de autos en el barro de aquel sitio eriazo. Cuando uno de los padres pretendía que su hijo no se mojara con la lluvia y entrara a la casa, todos a viva voz exigían que su amigo se quedara. Y así las pequeñas cabezas comenzaban a mojarse con una liviana gotera desde el cielo y compartían como si fuesen todos hermanos.
En eso viene regresando el anciano, me topé con él y me extendió la mano de manera pausada y amigable. Se sonrió y me dijo "qué tontería ¿no?". No entendí la expresión y se fue. En eso llegan unos pequeños amigos de mi hermano menor, gritando entusiasmados que el señor abuelito les había regalado palas, rastrillos y baldes para que jugaran con tierra. Se veían contentos como si de algo se hubiesen inyectado.
Al rato ya se rumoreaba que por fin habían conseguido que la municipalidad lograra que el sitio desocupado fuese pavimentado y que pondrían bancas y un balancín. Aproveché de preguntarle al grupo de gente que estaba saliendo de la reunión, si habían visto pasar un señor de edad, vestido con trajes viejos. Nadie sabía nada.
No sé por qué, pero sentí el impulso de verlo otra vez, pero ahora a su morada. Sabía donde quedaba, pues estaba escondida tras unos pinos, donde pasaba por el costado un pequeño arroyo. Toqué la puerta y ésta se abrió. Se veía todo ordenado, pero no había nadie. Arriba de una mesa muy vieja había un libro, una tasa con un poco de café, y un álbum de fotos. Realmente temblando de curiosidad y con una extraña sensación de emoción, con mi mano izquierda abrí el álbum y comencé a ver las fotos. Estaba él con una mujer realmente hermosa, era una belleza compuesta por rasgos y elementos sencillos y comunes. Todas las fotos eran tomadas desde el mismo lugar y no parecían ser del sector. Juzgando por las imágenes era como una parcela. Aunque no estaban en colores, se veía la luz del sol alumbrando por todas partes, muchos árboles pequeños y bancas de madera alerce, un limón y también un almendro. Se veía todo realmente precioso, sobre todo ellos dos juntos.
Como él no llegó me regresaba a mi casa. Uno de los niños que todavía jugaba me dijo "La tía abuelita me pidió que le pasara esta flor al abuelito y que le dijera que ella lo quería aún mucho, igual como antes, que lo estaba esperando". Le pregunté quién era esa señora y dónde vive. El pequeño puso una cara de sorprendido y dijo: "la abuelita estaba en un jardín muy lindo y ella misma sacó la flor para el abuelito". El niño, dicho esto, también se fue. Al rato, un transeúnte me gritó de lejos “Ey tienes la mano embarrada”.
Había comenzado la pavimentación de aquel lugar. La maquinaria desplegada realizaba bastante ruido, pero la gente que pasaba parecía enorgullecerle el hecho que iban a pavimentar otro sitio de su villa, que por fin sus demandas serán oídas y que serán una comunidad moderna. Increíblemente en uno de esos días los obreros encontraron un papel muy viejo que decía: "Aquí yacen tus cenizas, en el lugar que fuiste mía. El jardín que heredé como premio por tu compañía. Donde me enseñaste a sonreír cuando me veo. A quedarme todo el día a ver como cae la lluvia en nuestros cabellos".
Desde entonces comenzó un duelo interno en mi ser entre lo real y lo fáctico. Respecto a lo vivido y a los recuerdos, desde esa vez, siempre siento la nostalgia de lo que no fue y a la vez de lo que sí fue.
Al tiempo después los asientos de metal estaban rayados con dibujos obscenos y el balancín hecho pedazos. Pero los niños rayan el cemento con tiza para reírse, saltar, cantar y jugar al avioncito. Y tienen una extraña costumbre de regar todos los días una plantita que está justo en una esquina. Todo puede ser un desastre, pero aquella planta todos la cuidan y crece año tras año. Para todos ellos sigue siendo su jardín.
Últimamente algunos pequeños recuerdan el día que el abuelo jugó en el barro con ellos, dejó flores como lo hacía todas las tardes, desapareciendo al tiempo que dejó de llover.
22 de Diciembre 2006
Texto de ulpiano_carpe agregado el 26-12-2006. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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