La abstinencia ¿un mal necesario?
Vamos a desterrar falsos tópicos, no es cierto que una persona que lleve mucho tiempo absteniéndose lo lleve mejor que otra que acabe de empezar. En cambio, la persona que acaba de empezar a abstenerse, es una persona muy consciente de su propia abstinencia, es de lo único de lo que es plenamente consciente, porque, sí amigos, ya sé que va a sorprenderles, la abstinencia duele, físicamente como un dolor de muelas y sospecho, que de durar mucho, provoca contracturas en la espalda.
En cambio psicológicamente, la abstinencia es buena para ejercitar la memoria: de repente así por las buenas y mientras se pela una naranja o se ve la tele, la abstinente recuerda todos y cada uno de los tipos interesantes que por una causa u otra se le han escapado.
Le vienen a la memoria todas las pérfidas insinuaciones que recibió en algún rincón oscuro y bullicioso de, pongamos que hablo de Madrid a eso de las 4 de la mañana, que como todo el mundo sabe es la hora bruja de las insinuaciones pérfidas, y se pregunta que habrá sido de esos tipos pérfidos que deslizaban subliminalmente requiebros amorosos en las orejas de la-ahora- abstinente. En estos momentos la abstinente sin duda alguna está confusa porque de repente se parecen todos a George Clooney, incluso los rubios y los calvos.
La abstinente no obstante, trata de hacer una vida normal y decide salir a recabar víveres del exterior, abre el armario y tira de la primera falda que aparece, que da la casualidad, es esa faldita corta de tablas, estilo colegial que buscó por medio mundo para satisfacer aquel caprichito privado de su ya no novio, y a la memoria le llegan, de forma traicionera aquellas oscuras imágenes de depravación que tanto le turban… cuando eso sucede, la abstinente nota un extraño temblor de piernas que sin duda parece una caída del azúcar, para solucionarlo se compra un chupachups de fresa. La pituitaria de la abstinente reacciona de forma extraña ante el olor a chupachups, trayéndole de inmediato más imágenes de perdición, la abstinente perpleja y temiendo esos horribles pensamientos le sean traspasados telepáticamente a los otros compradores del súper, intenta deshacerse del chupachups pero lamentablemente (como dice mi profesor de matemáticas cada vez que debe enseñarme una fórmula nueva) no hay papeleras y, recurre, en un gesto desesperado, a esconder el motivo de su turbación en el escote.
La abstinente decide comprar filetes de pollo, tras el mostrador un señor de mediana edad, le recuerda que tiene los huevos más grandes del barrio, la abstinente decide guardar silencio ante esta vil provocación y seguir su camino hacia el charcutero. Éste otro individuo, sin duda, un degenerado, le señala diferentes tipos de chorizo, recomendándole se lleve el más gordo, la abstinente ni se lo plantea, siempre ha preferido el lomo embuchado y decide seguir fiel a sus costumbres. De camino a la pescadería, la abstinente ve a aquel hombre casi biomecánico con una mano embutida en un guante metálico y empieza a pensar en piercings varios, ¿tienes alguno en los pezones? ¿Queeeee?-responde el infeliz. ¿Qué digo que si tienes camarones?. Sorprendida por su falta de autocontrol encamina sus pasos hacia la frutería donde le esperan todo tipo de pruebas funestas.. ¡vaya melones que tengo¡-pues espera a ver los míos, piensa la abstinente, pero habiéndose hecho una pinza con ambos paletos en la lengua, se abstiene, pero esta vez de comentar nada. El repertorio de asociaciones mentales en la frutería es libre y debemos reconocer que favorece la imaginación..plátanos de canarias, más pequeños y dicen que más sabrosos, bananas, grandes pero sosas, rábanos para ensaladas, modestos pero con colorido, calabacines de todos los tamaños, calabazas para las exageradas, zanahorias tan bonitas y animadas… Deme unas manzanas ande….¿que más le pongo? Que qué me pone.. que qué me pone..-la abstinente tiene sobre la cabeza un bocadillo de cómics con un montón de garabatos extraños que se niega a compartir con ese frutero provocador.
La panadería es sólo otra de las muchas duras pruebas que deberá soportar la abstinente en ese hábitat hostil, el panadero sin ningún tipo de pudor le enseña todo tipo de barras y le pregunta, así, sin rodeos, si las prefiere blanquitas o tostadas, la abstinente ya harta de tanta abstracción mental, recurre a un pensamiento recurrente- raíz cuadrada de dos, raíz cuadrada de dos y me llevo cuatro- y pide pan de molde integral.
Al llegar a la caja, un muchacho, apenas un mozalbete de casi dos metros tiene la osadía de poner su culo al alcance de la abstinente, la abstinente suspira y como quien evita la tentación elimina el peligro se da la vuelta para ¡oh, horror de los horrores! encontrarse un espécimen de agradable cara risueña y ojos penetrantes, que le dice divertido, tienes un chupachups en el escote. La abstinente cuenta hasta diez y luego hasta veinte y posteriormente halla los límites y derivadas de todos los números primos radicalizados hasta el 91. La abstinente calla. El buen samaritano insiste, pensando que en lugar de abstinente es sorda. La abstinente calla. El buen samaritano sonríe y la abstinente susurra muy bajito, muy bajito, muy bajito. El buen samaritano enrojece y se dedica a enderezar dos lechugas de su pequeña cesta verde. La abstinente trata de arrepentirse, tras cuarto de hora sin asomo de picazón ni remordimiento, paga por fin a ese cruce entre cajera y tortuga lobotómíca y se va para casa esperando ser capaz de distraer su abstinencia estudiando ese examen de sociología, ¡que repámpanos¡, tiene mañana a las nueve de la mañana.
Texto agregado el 10-06-2004, y leído por 602 visitantes. (16 votos) |