Encajes y pedrerías cubrían su cuerpo, su pelo rojo como el fuego caía en cascadas por sus hombros y sus ojos refulgían con el brillo de la cólera desatada en ellos.
-No ha de ser tu voluntad sino la mía y no será él mi marido sino aquel a quien yo elija.
Dando un portazo, salió de la estancia, mientras su padre el rey movía la cabeza con resignación
-¿En qué fallamos? Su educación fue excelente, los mejores profesores, los mejores cuidados han dado por resultado una hija cuyo carácter es más fiero que el de cualquiera de mis leones, más valdría no haberla educado tanto y haber dominado su genio cuando aún estábamos a tiempo. Haz lo que puedas, mujer, de todas formas cuando pasen los vientos calientes del sur y el tiempo lo permita debe casarse con el príncipe Siah, el matrimonio está concertado, no podemos anular esta alianza, sería el motivo que lleva buscando durante años el rey Goar para declararnos la guerra y en este estado lamentable en el que se encuentra nuestro ejército seríamos prontamente sometidos.
La reina, suspiró inquieta y levantándose cogió su cabeza entre sus manos, le habían salido canas, ya no era el guerrero apuesto que ella conoció, pero seguía amándole, su carácter se había dulcificado en la vejez.
-Haré cuanto pueda, pero no debiste comprometerte antes de hablarlo con ella, tiene razón en no desear casarse con un hombre al que jamás ha visto salvo en ese espantoso cuadro que muestra de él una imagen afeminada y poco prometedora, yo también me hubiera resistido a esta boda con uñas y dientes si mi padre me la hubiera impuesto, además su carácter es igual al tuyo, así que ¿de que te quejas?
Los ruegos y las súplicas no dieron resultado, la puerta de la habitación de la princesa siguió cerrada a cal y canto por espacio de tres días, al tercero se abrió y salió pálida como la cal, se dirigió a la fuente del jardín de los madroños y se sentó al lado de su madre.
-¿Hay alguna manera de convencer al rey, para que no se celebre la boda?
-No, hija, nada puede hacerle cambiar de opinión, su decisión está tomada y si se volviera atrás significaría la guerra, nuestro pequeño país no está en condiciones de ser asediado, por eso tu boda es irrevocable. Acéptalo, pues no te queda otra alternativa.
-¿Cuánto tiempo queda para que se celebre?
-Tres meses, a lo sumo cuatro.
-Durante ese tiempo no deseo ser molestada, cabalgaré por mi reino y visitaré cuántos lugares son especiales para mi, me despediré de ellos y de la gente a la que amo, haré cuanto me plazca, y no quiero veros ni a ti ni a él. Después volveré y ya que mi suerte está echada, y me habéis vendido como si de ganado se tratara aceptaré mi destino sin quejas ni lamentos, si antes no he tenido la dicha de que a ese maldito príncipe le parta un rayo en dos.
Sin más, la princesa se dirigió a sus aposentos y empezó a organizar cuánto creyó necesario para un viaje de tres meses por un país con una climatología tan diversa; cuando iban por el cuarto baúl y dándose cuenta de que no cabría ni un alfiler más, mandó llamar a Raúl, su fiel guardaespaldas y le ordenó que se preparara para un largo viaje, y que únicamente llamara a aquellas personas que considerase imprescindibles para garantizar su seguridad. Raúl, simplemente asintió con la cabeza y se dirigió con paso rápido a reunir a la escolta mínima de la princesa, tanto el tono como el ademán no invitaban a hacer la más mínima pregunta ni sugerencia, así que no la hizo.
Salieron al despuntar el alba, apenas 4 hombres a caballo, la princesa, y 6 caballos cargados con los baúles y demás útiles. Se dirigieron al norte, galoparon sin apenas descanso durante tres días pernoctando en pequeñas haciendas cuyos propietarios eran generosamente recompensados tanto por dar albergue a la princesa y a su escolta como por guardar el secreto de su estancia, aunque esto último lo garantizaba Raúl en persona, cuando les hacía saber que si la estancia de la princesa llegaba a oídos del pueblo, todos los habitantes de la hacienda serían severamente castigados.
Al cuarto día llegaron a un hermoso bosque cubierto de abetos y pinos silvestres, allí se dirigieron a un pueblo pequeño y hermoso, la princesa reconoció con nostalgia una pequeña cabaña de madera y bajando del caballo llamó a la puerta con los nudillos, abrió un hombre joven al que se le iluminó la cara cuando la vio, pasaron dentro y hablaron al calor de la lumbre, había sido el primer hombre que agitó el corazón de la princesa y el que le enseñó el noble arte de la danza. Pasaron la noche hablando a la cálida luz de la chimenea, recordaron entre risas el pasado y hablaron de la evolución de sus vidas hasta que se quedaron dormidos. A la mañana siguiente la princesa le llamó y le preguntó:
-dime amigo, ¿qué recuerdas de mi?
-recuerdo tu inocencia y tu risa sincera y recuerdo con orgullo que de todos los chicos del pueblo que quisieron salir contigo, tan sólo yo lo conseguí.
-yo recuerdo de ti, las primeras caricias y el palpitar trémulo de mi corazón, tu me enseñaste lo que es la pasión.
Después se despidieron, y la princesa no pudo evitar pensar, que seguía siendo un encantador seductor pero tan simple y superficial que definitivamente no lamentaba que sus caminos se separaran, sonriendo también pensó que tampoco lamentaba que se hubiera cruzado en su vida, montó en su caballo y se fue.
Mientras galopaban, la princesa se dio cuenta de que no necesitaba los cuatro baúles ni siquiera al resto de la escolta, así que llamó a Raúl, y le ordenó que despidiera a la escolta, recogió en un hato lo que consideró imprescindible y el resto lo envió de vuelta al palacio.
Durante cuatro días galoparon sin descanso apenas, hasta que llegaron a la zona central, una llanura árida donde las encinas salpicaban el paisaje amarillento de las tierras labradas y el marrón de las tierras en barbecho. Allí pararon en un caserón grande y destartalado. Desmontando del caballo, llamó a la puerta y abrió un hombre de mediana edad, se reconocieron con dificultad, él había envejecido mucho. Pasaron la noche hablando del pasado mientras él bebía unos sorbos de un espeso licor; la princesa estaba sobrecogida, su corazón se partía a cada sorbo pero él proseguía hablando lentamente de sus planes para el futuro, ella supo que ninguno de ellos se realizarían ya, del brillo de sus ojos y su ingenio, de aquella chispa que ella vio en él, apenas quedaba nada, los ojos embotados que le devolvían la mirada nada tenían que ver con aquel joven brillante y prometedor que le enseñó a comportarse en las fiestas y reuniones sociales, con el que aprendió a beber, a volar por encima de los convencionalismos, a preparar pócimas de hierbas silvestres con diferentes efectos y sobre todo a reír. A la mañana siguiente, al despuntar el alba, la princesa tristemente le despertó con suavidad tras hacerle un café, esperó pacientemente a que los efluvios del alcohol se disiparan y luego le preguntó:
-dime amigo ¿qué recuerdas de mí?
-recuerdo las noches estrelladas en las que hacíamos planes para el futuro, recuerdo cada uno de tus besos y recuerdo que te cambié por la compañía solitaria de una botella.
-yo recuerdo de ti que me enseñaste a amar sin condiciones y sin ataduras y también que es inútil luchar contracorriente y que no podemos cambiar el mundo.
Le dio un suave beso en la frente y se dio la vuelta antes de que una lágrima rebelde recorriera su propia mejilla. Malditas las ataduras que hacen que los hombres pierdan su libertad, pensó. Montó a caballo y se dio cuenta de que ya no necesitaba a Raúl, así que con dulces palabras le explicó que debía marcharse a palacio y que le estaba agradecida por sus desvelos y ayuda, también le dijo que seguramente volvería a necesitarle y en ese caso le llamaría. Raúl se fue rezongando y tratando de convencer a la princesa de que no era una buena idea vagar sola por aquellos parajes, pero aún así tuvo que irse.
La siguiente parada fue en un hermoso jardín de tilos florecidos con hermosas flores de color malva, reconoció enseguida la hermosa casita blanca, y bajó del caballo de un salto. Llamó a la puerta y el chico más encantador que jamás vieron ojos humanos, apareció detrás de ella, su sonrisa era la más brillante y hermosa que jamás se hubiera visto, con alegría se abrazaron y pasaron la noche hablando de flores y estrellas, de árboles y montañas y de suaves brisas del mar que jamás vieron juntos. Él, le enseñó el noble arte de la poesía, a entregar su corazón a los demás y a dejarse llevar por las emociones sin miedo ni tapujos, a descubrir sus verdaderos sentimientos y a vivirlos dulcemente. Hablaron de poesía y hadas y elfos y traviesos gnomos. El alba les despertó cogidos de la mano. Tras regalarle un bonito ramo de flores, la princesa le preguntó:
-dime amigo, ¿qué recuerdas de mí?
-que tu traición me dolió más de lo que jamás puedas imaginar pero que aún así el tiempo lo cura todo, me alegro de haberte visto.
-yo recuerdo de ti tu honradez y la pureza de tu alma, tu me enseñaste a respetar el dolor ajeno y a no engañar a nadie sobre mis sentimientos, y también a pedir perdón, yo también me alegro de haberte visto, has reconfortado mi alma.
Mientras montaba en su caballo, pensó en como podía haber dejado escapar de su vida a alguien tan especial, y recordó con pesar que el amor no dura siempre, y que al fin y al cabo seguía conservando su amistad. En esta ocasión se internaron en un paraje inquietante, con ascensos bruscos y barrancos muy elevados, pronto el caballo no pudo continuar el camino, por las rocas y lo empinado del sendero, así que la princesa desmontó de su caballo, acarició su lomo y sus crines y le habló quedamente dándole instrucciones de que volviera a palacio, le descargó el hatillo donde llevaba sus objetos personales y dándole una palmada suave en los cuartos traseros, le despidió con pesar.
El ascenso resultó mucho más difícil de lo que pensaba, se hizo de noche antes de lo que había previsto y no pudo continuar, sin duda ésta era la parada más difícil, tuvo que dormir al raso, y los animales la asustaron continuamente con sus ruidos, por allí un búho, por allá un lobo, se escondió detrás de una roca hasta que el sueño la venció y por fin el brillo de las estrellas serenaron su ánimo y distrajeron sus negros y sombríos pensamientos. Aún así no durmió bien, a intervalos soñaba que caía en un abismo negro y sombrío y despertaba agitada de un salto con el corazón latiendo tan deprisa que tardaba horas en poder volver a dormirse.
Cuando llegó el día, las dudas la asaltaban no sabía si volver por el mismo camino o continuar, y al final decidió con poca resolución seguir, distinguió en la primera ascensión el castillo sombrío al que iba y se le heló la sangre en las venas al verlo. A punto estuvo por tres veces más de abandonar su camino y darse por vencida pero una voz interior la torturaba para que siguiera adelante.
Llamó a la puerta negra y desvencijada, ésta se abrió y unos ojos profundos y penetrantes la observaron con expresión de sorpresa y rencor, ella terminó de abrir la puerta y fingiendo una resolución que no tenía, le informó de que pasaría todo el día allí y se iría al salir el sol o cuando le pareciera bien.
La conversación al principio fue muy tensa, apenas un pálido disfraz podía ocultar el odio glacial que sentían el uno por el otro, más tarde simplemente se miraron fijamente hasta que cayeron vencidos por el sueño, ella deseaba decirle tantas cosas hirientes... pero se contuvo y a él manifiestamente le sucedía lo mismo.
Al día siguiente la princesa preguntó:
-dime ¿qué recuerdas de mi?
-que tienes un carácter de mil demonios, y que la cabra siempre tira al monte.
-yo recuerdo de ti que los celos son una enfermedad maldita, en tu caso serán la semilla de la locura, al igual que la ilusión de poder poseer a una persona por completo, tu me enseñaste que jamás se puede aniquilar el espíritu de una persona del todo, y también a odiar con todas mis fuerzas. Por suerte, el tiempo todo lo cura y del odio a la indiferencia sólo hay un pequeño camino.
-Igual que del amor al odio, le respondió él, aún podrías volver si doblegaras tu lengua y tu carácter, piénsalo...
-antes muerta
Y caminando despacio, fue hacia el sendero hasta que perdió de vista al horrible hombre y entonces exhaló aire muy despacio y se dijo que tenía que recordar algo bueno sobre él, pero por más esfuerzos que hacía le resultaba imposible, notó el odio alimentándose en sus tripas, recordó cómo estuvo a punto de sucumbir, hacía tiempo de ello, pero no el bastante para que no recordara como su piel se marchitó y su vida estuvo a punto de extinguirse lentamente sin que su voluntad pudiera hacer nada, el odio crecía y con él la loca idea de volver y prenderle fuego a aquella casa y pegarle un sonoro bofetón a aquel engendro del demonio. Entonces recordó que no todo fue malo, recordó sus ojos al principio, y recordó que él le había enseñado a ser más fuerte, más indómita, e infinitamente cruel si quería, recordó cómo ella fue capaz de apaciguar la bestia que dormía en el interior de ese hombre durante mucho tiempo, cómo consiguió transmitirle su ilusión por la vida y hacer que se emocionara ante un atardecer o un pequeño brote verde que más tarde sería un árbol. Entonces supo que él le había enseñado a transmitir alegría y fuerza al que no la tenía y que el espíritu humano puede estar dormido pero nunca muerto, y sonrió porque el odio que amenazaba devorarla se había esfumado, y no quedaba nada, ni bueno ni malo de ese encuentro en su interior.
El resto del camino fue mucho más fácil, iba saltando casi, por las rocas y sorteando todos los obstáculos con una facilidad pasmosa, cuando llegó al final, se asomó por el barranco y tiró el hatillo que colgaba de su espalda, definitivamente no le hacía falta.
Anduvo desorientada hasta una hermosa cala, tardó más de una semana en dar con el camino, pero cuando oyó la guitarra fue mucho más fácil, simplemente su oído la condujo hasta una casita blanca recién encalada donde había hermosas piedras de colores adornando el camino, echó a correr llena de alegría y al llamar a la puerta, le abrió un hermoso joven, se abrazaron con tanta fuerza que cayeron al suelo y rodaron por entre las piedras de colores, apenas si hablaron, rieron y rieron hasta quedar sin fuerzas, ella intentó besarle en varias ocasiones pero él se resistió, aún así no perdieron la sonrisa en ningún momento.
La princesa se emocionó al ver el mar, las aristas espumosas de las olas, los mil tonos que van del azul al verde, salpicados al azar, la arena blanca y suave, las conchas de colores, todo era una invitación a la alegría. Los rayos del sol se pegaban a su ropa subiendo la temperatura tanto, que deseó poder refrescarse en aquel agua pura y cristalina, pero sus ropajes reales se lo impedían. Si se hubiera metido en el agua envuelta en sedas y cubierta de abalorios, sin duda, el peso hubiera hecho que se ahogara.
El joven, adivinando sus pensamientos, se despojó de sus ropas y comenzó a nadar, la princesa no pudo evitar la tentación de imitarlo, dejó sus ropas en la orilla una vez que se aseguró que no había nadie más allí. Se sumergió en el agua helada y sintió tanto placer que olvidó quién era y a qué había venido.
Buceó por entre las rocas y encontró miles de peces de colores diversos, se entretuvo removiendo la arena y desenterrando cangrejos, y tan feliz se sentía que se le olvidó respirar, por suerte el joven la sacó del agua cuando empezaba a ponerse azul. Aún así, la memoria de la princesa fue incapaz de volver, se le llenó la cabeza de colores y formas, esponjas, atunes, delfines, ballenas, mantas, rocas y algas, eso fue todo lo que conseguía recordar.
El joven, estuvo tentado de no contarle quien era, así podrían vivir para siempre en el mundo de la ilusión, él se inventaría un cuento cada día y podrían vivirlo sin que la razón ni la circunstancias se interpusieron. Decidió no obstante que no sería ético, y por la noche mientras las estrellas alumbraban el cielo con fuerza, le contó cuantos detalles sabía de ella. La princesa asentía, y por momentos iba entristeciéndose cuando recordaba que su destino ya estaba marcado. Después sonriendo se dio cuenta de que la memoria no le hacía falta, miro el cielo y cada una de sus estrellas hasta poder fijarlas todas en su cabeza. Cuando terminó, sonrió dichosa, no quedaba espacio para nada más que la belleza.
Texto agregado el 01-09-2002, y leído por 3540 visitantes. (6 votos) |