De entre las cosas que me gustan: ver las siluetas de las montañas acercándose a toda velocidad por la ventanilla entreabierta de delante, sacar la mano, apenas un par de centímetros y ver como traspasa los árboles y los postes de la luz, mientras juguetea violentamente con el viento, oír ese runrún de fondo del telediario nocturno mientras cierro los ojos y me voy durmiendo dulcemente ajena a todas las noticias del ancho mundo. Sentir esa sensación húmeda y ligeramente pegajosa que deja el brillo de labios, escuchar la imposible voz de Louis Armstrong mientras tamborileo con los dedos la melodía de cualquiera de sus canciones, el perfume que llevo ahora mismo con notas cítricas de limón, pomelo y mandarina, abrir una naranja con la yema de los dedos y devorarla cuando aún no le ha dado tiempo a volverse empalagosamente dulce, dejar secar su olor en mis dedos para olerla más tarde. Mirar unos labios que desearía besar y anticipar mentalmente su tacto, imaginar su sabor, su dureza, morderlos levemente o como si fueran una naranja. Besarlos, despacito primero para ir haciéndome una idea y con más fuerza después. Los abrazos, los abrazos largos y cálidos en las noches de otoño en las que no tuve la precaución de llevarme una rebequita, el sabor del queso, de todos los quesos mientras los aplasto con la lengua en el paladar y van poquito a poco deshaciéndose en cremoso desorden, la voz tranquilizadora de Ella Fitzgerald cuando me canta que se enamoró de París, pasar el dedo índice por la rugosa superficie de la pared de mi habitación, usar el bolígrafo de la suerte que me regaló Alicia para las cosas importantes, y convertirlas en pequeños esbozos rositas de extrema cursilería que me recuerden que no hay nada que no se pueda cambiar, encontrarme hecho el café de por la mañana y brindar con el primer sorbo por que el resto del día siga igual, el último minuto de mi clase de fitness que me libra de rendirme y me hace sentir fantásticamente indestructible, pensar, pensar y pensar y volver a pensar, hasta que por alguna suerte de mágico paralelismo termino por encontrar una brillante e imaginativa solución a algún problema, estudiar dos días antes del examen hasta la extenuación física y mental y aprobarlo después, hacer trampas burdas de forma ruidosa hasta que me pillen, salirme con la mía, escuchar la voz cantarina de mi madre al otro lado del teléfono, comer yogures con mucho azúcar, esperar juguetona noticias de cierto malandrín, el olor de la ropa recién planchada, estirarme en la cama, por debajo de las mantas, apagar el despertador los sábados, bailar toda la salsa del mundo, cantar desafinando a voz en grito, las patatas fritas, que los vaqueros me queden lo suficientemente anchos como para no notar que los llevo, leer la carta de un restaurante cuando está escrita por un poeta, el anticipado olor de una tormenta, el sabor de las fresas dulces, de esas que ya no se encuentran y que mi madre compraba adornando tartas para mis cumpleaños cuando era pequeña. Ver fotografías antiguas de mi misma y mi familia, sentirte cerquita, cerquita como una premonición, imaginar que tengo una tarjeta visa prestada por la que no deberé responder a final de mes, conocer gente nueva e interesante, estrechar manos cálidas, abrir regalos de cumpleaños, rasgando el papel, hacer rabiar a Yolanda los 20 días que le quedan hasta su cumpleaños dándole pistas extrañas e incoherentes sobre su enigmático regalo, encender la vela que está debajo de mi quemador de terracota y dejar que el olor del aceite esencial de limón y bergamota me impregne por completo las fosas nasales, imaginar historias que no sucederán nunca con todo lujo de detalles, llorar en las pelis que son de llorar, que me digan cosas bonitas sobre mi sonrisa o mis ojos o sobre ambas cosas. Pisar la nieve cuando aún no ha sido hoyada, leer en mi sillón reclinable con una manta de cuadros sobre las piernas, hasta que la tarde se haga noche. Me gustan los rayos de sol cuando juegan al escondite entre los árboles, saber que distingo más de 60 especies de aves, andar kilómetros y kilómetros por en medio del campo, el monte o la sierra posando la vista en cuanto árbol, matorral o mala hierba me encuentre en el camino, ver la lluvia tras un cristal, comer garbanzos con espinacas, bañarme en la helada agua del mar para descubrir tras unos segundos atroces que apenas está templada la fiera, ojear revistas de moda pero sólo las fotos, el platanero que agita sus hojas para mí los veranos que no lo han podado demasiado, recordar lo que soñé pero sólo unos cuantos minutos y esforzarme luego en recordar lo que olvidé, tratar de soltar la palabra que tienes en la punta de la lengua antes de que la adivine tu conversador, jugar al gato y al ratón y ser alternativamente gato y ratón, las zapatillas de andar por casa con cuña, la ensaladilla rusa con mucho atún y aceitunitas, enamorarme de repente o de nuevo, incluso de la misma persona, el color rojo en casi todos sus matices, escuchar funky en mi ipod blanco mientras voy en bus, saber que dentro de cuatro meses hará tres años que dejé de fumar, que me hagan pequeñas trenzas diminutas en el pelo o en general que me toquen la cabeza o la espalda hasta doler (las articulaciones del contrario, claro), reírme mucho hasta no poder más, ser guardián de mi buena suerte, el gesto de tirarme sal por encima del hombro cuando se derrama sobre la mesa, el tacto de los dedos rugosos de mi madre abrazando mis mejillas. Las películas de intriga que tienen la rara suerte de tener un buen guión, extasiarme mirando los cuadros del museo de Orsay hasta que descubro el nexo de unión de lo antiguo y lo moderno, en plan revelación extrasensorial, aunque tras siete horas de pie emocionándome cuadro a cuadro, se deba probablemente al cansancio. Las aventuras del agente 87, los hombre que carecen de machismo y si tienen en cambio la buena costumbre de abrirte las puertas, y aligerarte el día sonrisa a sonrisa. Leer los cuentos cortos de un señor inteligente, y divertido de mediana edad, argentino y al que perdí la pista hace unos meses ya. También me gusta la poesía de Sabines y otras que me deja prendida en mi libro de visitas una pinche mejicana. Y viajar por la noche viendo las rayas blancas luminosas y recién pintadas de las carreteras de costa. Y escribir sin pensar demasiado en lo que escribo.
Texto agregado el 03-10-2005, y leído por 95 visitantes. (3 votos)
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