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Animales de costumbres
David sólo con acercarse a mí me produce una aversión sin límites. Es una cuestión de piel; se me eriza el vello sólo con verle, de puro asco. Me hace experimentar todas las formas del aborrecimiento.
Preferiría tragarme mi propio vómito a beber de su mismo vaso. Si tuviera que elegir entre morir presa de horribles estertores o besarle con lengua, creo que moriría sin encontrar el valor suficiente para besarle. En algunas ocasiones tengo que tocarle. Lo hago de la misma forma que agarraría los calzoncillos sucios de un desconocido, estirando los brazos al máximo para no tener que acercarme, aprieto las mandíbulas con fuerza y le rozo apenas con la punta de los dedos.
Cuando él me toca es aún peor. Si me da tiempo a verlo venir, trato de inmovilizar mis músculos, todos. Me tenso como la cuerda de un violín, mi cuerpo se vuelve duro como si fuera una estatua de granito. A fuerza de reprimir echarme hacia atrás he conseguido no moverme, pero aún no he podido vencer el leve estremecimiento que su sólo contacto me provoca.
Mantener una conversación con él, me supone un esfuerzo indecible, me pierdo en los cúmulos de sarro verde que hay en sus dientes, en la lengua amarilla, en la piel sudorosa y grasienta, en los ojillos crueles y pequeños, en las espinillas purulentas de la nariz... podría seguir.
A veces me siento mezquina. Otras, encuentro miles de motivos para dar fundamento a mi repulsión. Odio todos los convencionalismos sociales y los espacios comunes que me obligan a tener cualquier contacto con él. La fiesta de navidad de la empresa, en la que insiste en sentarse a mi lado o lo más cerca posible. Los ascensores, donde su perfume me viola la nariz y su cercanía se hace terriblemente presente. Los pasillos donde me empotro en la pared antes de rozarle.
Pero sobre todas las cosas odio mi cumpleaños. Ese día, el bastardo, se acerca con esa expresión de felicidad horrenda en la cara y me da dos besos largos, ruidosos y húmedos. También me da un abrazo. Es en ese momento donde todos los males del mundo se hacen presentes. Mi cuerpo, mi pobre y desdichado cuerpo se ve apretujado sin remedio por esa mole que pretende ahogarme para que le respire bien profundo, hasta dentro. Sufro lo indecible para que las náuseas sean sólo mentales. A partir de ahí ya no hay tarta ni canapé en el mundo que me levante el ánimo. Sólo el alcohol puede ayudarme a mejorar mi situación o eso pensaba yo.
Ayer cumplí 30 años y de todos esos días con sus horas y minutos, para el resto de mi vida, recordaré sin poder evitarlo: el increíble conjunto de ropa interior morado que cada año me regala mi madre y quince liberadores minutos. Como la última voluntad del condenado, un viento fresco de indómita libertad, una liberación interior, una experiencia casi mística de absoluta sinceridad.
En un momento de la noche me encontré tan mareada que salí a tomar el aire. Sin saber porqué empecé a hacer balance del año, lo mejor y lo peor. Me felicité por todo lo que de bueno había tenido el año, sonreí con cada recuerdo divertido y pensé en todas las cosas que me quedaban por hacer. No tengo vicios, no fumo, no bebo lo suficiente, ni tengo ninguna adicción inconfesable, tampoco perversiones. En este estado de íntima comunión conmigo misma un ruido me distrajo. David me siguió. Afuera había un par de mecedoras, se sentó y empezó a columpiarse. Debió de preguntarme algo, pero no le presté atención. Él seguía hablando sin parar y su parloteo me mareaba aún más. Sentí el fuerte deseo de hacerle callar.
Me acerqué despacio, tambaleándome, me bajé las bragas, las enrrollé con una mano y las cerré con el puño. Me senté a horcajadas encima de sus piernas. Clavé mis ojos en los suyos y despacio me acerqué hasta casi rozar su boca. Estaba totalmente alucinado, me miraba moviendo compulsivamente esos ojillos de rata perpleja hasta dar la impresión de que giraban. Talmente, la pútrida niña del exorcista, sólo le faltaban vómitos verdes manchando su espantosa camisa blanca.
Luego con mi mejor voz de dulce sirena, empecé a relatarle todo cuanto por él sentía. Lo duro que se me hacía ir a trabajar sabiéndole allí, la de veces que había intentado acercarme a él libre de prejuicios, intentando convencerme inútilmente de que si me esforzaba podría quizá llegar a apreciarle mínimamente. Y sobre todo lo repugnante que me resultaba que me rozara aunque fuera de forma accidental. Terminé explicándole que por mucho que yo lo intentara no podría vencer la repugnancia que sentía hacia él. Por lo que era mejor que a partir de ese momento ni siquiera nos molestáramos en fingir. Cada uno por su lado y punto.
Intentó hablar pero en cuanto abrió la boca le metí mis bragas dentro. Después mordí un elástico que le sobresalía por la comisura de los labios y lo solté de golpe. Divertida por mi propia ocurrencia, le sonreí y me alejé feliz y liberada.
Al dia siguiente en el trabajo, David se me acercó con esa estúpida sonrisa de hiena. Abrió una pequeña caja roja metálica y me enseñó el interior. Cuatro preciosas braguitas: una azul cielo, una rosa chicle, una verde menta, y otra morada. Después, me guiñó un ojo y se giró envarado como un pavo hacia su mesa de trabajo.
Texto agregado el 07-07-2003, y leído por 4919 visitantes. (11 votos)
Texto de rnahimla agregado el 03-01-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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