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El despertar de María
Así lo percibo, de golpe y sin avisar, como un grito desbordado que ninguna garganta pudiera contener. Un dolor tan fuerte, que no puedo reprimir las lágrimas. Se me humedecen los ojos de repente, sin previo aviso. Dura apenas un eterno segundo.
Para cualquier observador externo, mi reacción sería la de alguien que acaba de sufrir un accidente doméstico, por ejemplo, un martillo que cae encima de los dedos de los pies, tal vez, provocaría idéntica reacción.
Sin embargo, pasado el susto y el desconcierto inicial, descubro para mi sorpresa que estoy en mi cama. Protegida y a salvo, que nada me duele. Tengo la vaga conciencia de que mi cuerpo antes de este súbito desconcierto se hallaba plácidamente relajado, envuelto en el cálido consuelo del sueño.
A mi lado, perplejo y asombrado, José, me mira con los ojos aún entrecerrados por el sueño. Pregunta, pero no tengo respuesta. Recupero el aliento poco a poco, y trato de imprimir una seguridad que no siento, mientras miro el despertador que inconmovible a mi dolor, marca las 3:30. No deseo hablar, evito contestar, mientras me refugio en los cálidos brazos de mi marido, musitando algo sobre una pesadilla.
Lo cierto es que no lo recuerdo, no recuerdo nada, ninguna pesadilla, ningún mal sueño, únicamente recuerdo ese segundo atroz, en el que el pánico me domina por completo. Mi cuerpo se tensa y mi cuello se estira tanto que aún me duele. Mis ojos aún están húmedos. Sé que no he gritado, aún cuando siento haberlo hecho.
Recupero la compostura poco a poco, gradualmente, mientras sus brazos aún me aprietan, transmitiéndome toda la seguridad que soy capaz de percibir. Tranquila. Tranquila, vida mía, ya pasó. Un mal sueño, sólo un mal sueño.
Oigo el llanto de mi hija Andrea, José se levanta, voy yo, le oigo decir, pero al instante le sigo, y le miro mientras la coge, tan pequeña ella, tan grandes sus brazos, percibo como Andrea se relaja, puedo identificar su sentimiento de paz y de calma, hace un segundo lo he sentido en mi piel, mientras me abrazaba para calmar mi angustia.
Aún así Andrea reclama el biberón, y voy a la cocina a calentarlo, abro el microondas y mientras se prepara, observo las cosas cotidianas que me rodean, todas ellas familiares y acogedoras. Ya pasó, seguro que fue un mal sueño.
Mi realidad se difumina, cambia, los muebles de la cocina desaparecen fundiéndose en negro, siento unos movimientos por encima de mí, mi cuerpo se mueve ajeno a mi voluntad y recupero mi posición horizontal, pero no caigo sobre el suelo, no siento el frío de las baldosas en mi espalda. Siento algo húmedo y caliente que envuelve mi piel. Trato de despertar de esta pesadilla de una vez por todas.
Mientras, presto atención al barullo de voces que me envuelven, se nos ha ido, oigo, confusa y molesta, de repente empiezo a comprender, no estoy dormida, estoy muerta.
Texto agregado el 01-09-2002, y leído por 482 visitantes. (7 votos)
Texto de rnahimla agregado el 03-01-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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