Apareció desde la oscuridad, a tus espaldas, repentinamente. Intentaba agredirte. Lo evitaste, al mismo tiempo que te ponías en guardia. Se lanzó
otra vez al ataque. Lo detuviste con un rodillazo en las ingles que lo paralizó, sorprendido y espantado. Cerraste los puños con fiereza y tus nudillos
hendieron sus pómulos, su frente, sus sienes. Gritó de dolor pero no te detuviste. Se dobló nuevamente cuando le aplicaste una rodilla en la boca del estómago. Levantaste los puños unidos entre sí y los dejaste caer sobre su nuca. Exclamó un sordo gemido que se perdió en el frío de la vereda. Se levantó a duras penas. Y nuevamente la rodilla; y otra vez el golpe en la nuca. Hasta que cayó definitivamente. Con el pañuelo te limpiaste los nudillos enrojecidos. Después le escuchaste el corazón: Estaba bien muerto.
Te despertó un dolor aguijoneante en las manos. Las miraste, medio dormido aún. Sangraban. Buscaste una explicación en los bordes de la cama y en la pared. De pronto, al recordar el sueño, saltaste de la cama. Un frío viscoso cubrió tu piel. Te acercaste temblando a la cama donde dormía tu hermano, pensando en las consecuencias de tu probable sonambulismo. Respiraba con sus ronquidos característicos. Acercaste una mano, todavía impregnada en sangre, y lo tomaste suavemente del hombro. Se dio vuelta. Su semblante tranquilo te asombró. Empezaste a tocarlo, a revisarlo. No tenía ni un rasguño. Hasta que se despertó.
No tuvo tiempo de darte los buenos días. Comenzó a retorcerse de dolor en cuanto abrió los ojos. Se contraía mientras gritaba desesperado.
Quisiste ayudarlo. Pensaste que tendría peritonitis o algo parecido. Pero cuando te alejó de un puñetazo comprendiste la causa de su dolor. Intentó levantarse de la cama. No pudo y su rostro se mudó en una mueca horrible. Sangraba por toda la cara. Gritó una vez más, se tomó de las ingles transido de dolor y cayó pesadamente sobre las manchadas sábanas. Su respiración se apagaba. Te acercaste a él y comprobaste horrorizado como se quedaba completamente quieto.
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