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Cuentos para Alicia
Aquel que se olvida del bien pasado es ya un viejo hoy…
EPICURO
Siempre sentimos una inocente admiración por hechos alejados en exceso de nuestra realidad, llegando a ignorar, como si fueran indignas de ser elogiadas, las historias que acontecen en la calle. Sin embargo, yo mismo me sorprendí comparando aquel viejo amigo mío con los antiguos héroes mitológicos griegos, cuando lo vi quemar sus barcos para conseguir una cita con una camarera de uno de los escasos locales nocturnos de Santa Coloma. Su fe ciega, incluso siendo consciente que la guerra estaba perdida antes de los primeros embates, me inspiró este cuento a medio camino entre el mito y la realidad. El nombre de ella no tiene mayor importancia, pues el maravilloso hecho de mi inspiración se lo debo a él. Mas allá de Teseo, o de Hércules, mi amigo alcanzó al estado de héroe, aunque también sufrió la maldición de la fatalidad del destino heleno. Este cuento endulzará esa derrota, que no es más que una analogía de las que sufrieron los romanos ante el griego Pirro, pues el vencedor final, así me parece a mí, es él.
Fue una templada noche de octubre cuando Juan conoció a Alicia, una hermosa joven que brillaba tras la barra de un bar de la calle Santa Ana. Su cabello largo y negro le bañaba la espalda, su piel era de cálida escarcha. No importan los pormenores del pasado, puesto que el inicio es confuso para mí. Tal vez fueron primero unas palabras entre copa y copa, comentarios banales que tan sólo buscaban acariciar el oído de ella; tal vez luego llegaron unas breves conversaciones adornadas por la sonrisa de Alicia. El hecho es que, sin darse cuenta, Juan se enamoró tan ciegamente de ella que no podía evitar visitarla cada fin de semana.
Cuando el sol abandonaba su cuna en el mar y anunciaba un nuevo día, Juan veía como su camino le alejaba de Alicia. Quizá por esa razón él comenzó a escribir aquellos cuentos que le regalaba en cada encuentro, buscando de esa manera que ella se acordara de él, y tener así una excusa con la que acercarse y decirle, en forma de susurros escondidos entre las líneas, que la amaba. Y todo fue bien hasta aquella terrible noche.
Juan se acercó a la barra con unos cuantos folios en la mano y, con leve ademán, llamó a Alicia. Cuando la tuvo enfrente, al otro lado del mármol, Juan quiso darle lo último que había escrito.
–Te he traído otro cuento.
–Oye, Juan –dijo Alicia con la voz seria–. No quiero leer más cuentos. No sé que pretendes pero te estás poniendo un poco pesado. Y de todas formas, no vas a obtener nada.
Juan sintió como su corazón se le apagaba. Lo único que él pretendía era verla esbozar una sonrisa y compartir unos minutos con ella. Sin embargo no le reprochó nada.
–Lo siento –dijo él–. Nunca he querido molestarte.
Pensé que te gustaba leerlos. Lo siento.
Cabizbajo, dio media vuelta y se marchó sin volver la mirada. Aquella fue la última vez que la vio. Sin embargo no podía evitar continuar enamorado de ella. Día y noche deseaba olvidarla pero le era imposible. Harto de su propia existencia, invadido por la misantropía más absoluta, se encerró en un angosto estudio con su máquina de escribir.
Juan apenas comía ni dormía. Pasaba las horas escribiendo cuentos y poesías. El poco dinero que tenía ahorrado lo gastaba en escasa comida, abundante tabaco y botellas de whisky que una vez vacías, quedaban esparcidas por el piso. Sobre el escritorio se amontonaban miles de papeles mecanografiados y bajo la lámpara el cenicero siempre estaba lleno de colillas.
Poco a poco Juan fue perdiendo la salud y la cordura. Intentando olvidar a Alicia se alejó de la realidad y se refugió en la calidez de la locura. Sólo salía a la calle para reponer existencias y el sol empezaba a dañar sus ojos.
Una noche Juan volvió a caminar por las calles de Santa Coloma. Fue en el aniversario de Alicia y pensó en comprar algún regalo, un hermoso ramo de flores que le hubiera mandado a casa de tener la dirección y así evitar que ella tuviera que volver a verle, y más en el abúlico estado en que se encontraba. Sólo quería que supiera que él aún se acordaba de ella. Decidió por fin ir al bar para llevarle algún pequeño detalle.
Llegó al local pasada la media noche y se acercó lentamente, quizá por miedo o quizá por falta de fuerzas. Pero cuando estuvo delante de la puerta no encontró el coraje suficiente para entrar. Dio media vuelta y con los ojos empañados, volvió a su madriguera como un animal herido.
En los días que siguieron a aquel incidente Juan se aferró todavía más a la escritura. Prácticamente dejó de tomar alimento y ya no podía conciliar el sueño. Una noche, mientras tecleaba la máquina de escribir sentado a la tenue luz de la lámpara, sintió una gélida mano en su hombro. Se dio la vuelta lentamente y sus ojos, medio ciegos, percibieron una oscura figura. Era la muerte.
–¿No te aterroriza mi presencia, mortal? –preguntó sorprendida la oscura dama.
–No. De hecho te estaba esperando. Ya no hay nada que me ate al mundo de los vivos.
La muerte, infinitamente sabia, percibió el dolor que anidaba en el alma de Juan.
–Nunca vi tanto sufrimiento ni agonía en el corazón de un humano. Comprendo tu ansia de que siegue tu vida con mi guadaña.
La muerte se dispuso a arrancar de un golpe el alma de Juan, pero se detuvo un instante.
–Todos esos escritos que hay sobre esa mesa... ¿Qué son? –interrogó curiosa.
–Cuentos. Cuentos para Alicia. Aunque nunca los leerá.
–¿Me permites leer alguno? Aunque yo no sea esa tal Alicia.
–Haz lo que quieras… Yo estoy más muerto que vivo.
La muerte dejó a un lado su terrible guadaña y tomó entre sus huesudas manos algunas hojas, pensando que tenía algo de tiempo para entretenerse leyendo antes de ir a segar la siguiente alma. Pero como la muerte es eterna e inmortal resulta que, para ella, un siglo humano es apenas un guiño. Empezó a leer las miles de hojas que Juan había escrito. Y pasaron días y semanas y meses, y en la Tierra empezaron a convivir los vivos y los muertos porque nadie venía ya a arrebatarles el hálito vital. En los hospitales los enfermos terminales, aquejados de insoportables dolores, nunca acababan de morir, los mutilados en accidentes espantosos pululaban por las calles dejando sus vísceras por el suelo y los suicidas se lanzaban una y otra vez desde las alturas consiguiendo tan sólo desfigurar su cuerpo, cuando no se disparaban varías veces en la sien sorprendidos de su mala fortuna. Nadie encontraba soluciones para tan terrible asunto.
En el cielo, allá donde la razón no llega, Dios paseaba preocupado de un lado a otro de su palacio. Inmediatamente hizo llamar a Gabriel, Rafael y Miguel para plantearles la situación.
–¿Os dais cuenta de la gravedad de este asunto? –preguntó angustiado Dios–. La muerte ha quedado prendada por los cuentos de ese humano y la Tierra se ha convertido en un cementerio ambulante.
–Destruya pues los cuentos mi señor –contestó Rafael.
Dios quedó pensativo durante un rato y continuó hablando como si no hubiera escuchado la sugerencia del ángel.
–Sin embargo yo no puedo hacer desaparecer esos escritos. No sería justo. Yo le otorgué a ese mortal el don de la escritura, por lo que soy tan culpable como él. Pero sí puedo cambiar esos cuentos por algo que él desea mucho más.
Gabriel, el que más amaba y comprendía a los humanos puesto que había viajado muchas veces a la Tierra, se sobresaltó.
–Pero mi señor, tampoco sería justo obligar a esa mortal a que lo ame. La música de la creación no unió las almas de ambos.
–Gabriel, Gabriel, mi mensajero, yo nunca haría eso. Pero puedo crear un ser que sea idéntico a ella. Este es el trato. A cambio de destruir todos esos cuentos y de que jamás vuelva a escribir palabra, yo, el sumo creador, formaré una mujer exacta a la que él ama. Creo que es un trato justo, incluso benévolo. Vuela, Gabriel, tan rápido como tus poderosas alas te permitan, e informa de mi oferta al mortal.
Gabriel cruzó los cielos con la rapidez del viento y descendió hasta la morada de los mortales. En breve se presentó en el hogar de Juan y vio a la muerte leyendo con afán. El muchacho pareció no sorprenderse y en él apenas quedaba rastro de humanidad.
–Tú debes ser Juan –dijo con voz amable Gabriel.
–Así es. ¿A que se debe el honor de tan celestial visita?
–Te traigo un mensaje de mi señor, creador de todo lo que fue, es y será. Esta es la oferta: Tu, Juan, nunca deberás escribir ni una sola palabra, tus cuentos serán destruidos y no quedará evidencia alguna de ellos. A cambio, Dios te...
–No quiero nada para mí, ni tan siquiera la vida –interrumpió Juan.
–Déjame continuar, te lo ruego –dijo con tono afable el ángel, entendiendo el padecimiento de Juan–. También creará para ti una mujer exacta a tu Alicia, con la diferencia de que ésta te amará. Piénsalo bien Juan y no le hagas enfurecer. Su benevolencia es infinita, pero también lo puede ser su ira.
Juan permaneció meditabundo unos minutos. ¿Una copia de Alicia? Él, al fin y al cabo, estaba enamorado de la original. Aquello le parecía grotesco. Gabriel, leyendo los pensamientos del mortal, continuó:
–Vamos, Juan. Sé feliz por una vez en tu vida. Estoy seguro que cuando la veas delante de ti, tu corazón volverá a latir con fuerza y tu alma se llenará de dicha.
Juan, no teniendo nada que perder y viendo las buenas intenciones de Gabriel, asintió con la cabeza. De repente, todas las hojas fueron consumidas por el fuego y de ellas no quedaron ni las cenizas. La muerte, sin nada más que leer, empuñó su guadaña y se dispuso a segar el alma de Juan.
–¡No! –exclamó Gabriel–. Hoy no, dama. Su hora aún no ha llegado.
La muerte acató al instante la orden del ángel y desapareció, retornando así la normalidad a la Tierra. Entonces una luz inundó la estancia y delante de Juan apareció Alicia. Estaba desnuda puesto que había sido creada en aquel momento y no conocía el pudor. Cuando Juan la vio pensó que no importaba nada que fuese una reproducción. Era tan bella como la verdadera.
–Recuerda Juan –dijo el ángel– que nunca debes escribir ni una sola palabra. Os deseo felicidad a ambos, yo debo regresar.
Y Gabriel alzó su vuelo hacia el cielo.
Aquella noche Juan y Alicia yacieron juntos. Él recuperó la salud y la cordura. Ella era feliz a su lado. Y así pasaron los años, entre risas y caricias, miradas y besos. El sol volvió a brillar para Juan y la luna fue testigo del amor que profesaba por Alicia.
Pero poco a poco Alicia fue decayendo. Su mirada comenzó a entristecer y sus risas se dibujaban forzadas en sus labios. Juan, que sentía como ella se le escapaba como el agua de un manantial entre los dedos, temió que, al igual que la primera Alicia, ésta tampoco le amase. Las dudas le invadían y temió lo peor. Una noche Alicia miraba ensimismada el turbio cielo colomense desde la terraza. Juan se acercó con sigilo por detrás y le acarició el largo cabello negro.
–¿Que te ocurre? ¿No eres feliz a mi lado? –le preguntó Juan entristecido.
–No puedo ser feliz junto a un hombre que no me ama.
La respuesta de Alicia sorprendió a Juan.
–Pero... ¡Yo te amo! ¿Cómo podría no amarte? Sin ti yo no soy nada.
Alicia se giró hacia él. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
–¡Tú sólo amas a la primera Alicia! ¡Lo sé! Si no... ¿Porqué nunca me has escrito un cuento o una pequeña poesía? Esa era la forma que tenías de decirle que la querías. Aquellos cuentos los escribías para ella, pensando en ella. Le demostraste que la amabas. A mí no.
Juan estaba apenado. Le secó las lágrimas acariciándole el suave rostro con dulzura.
–Sabes que te quiero, pero Dios me prohibió escribir.
Alicia le rodeó con sus brazos.
–Sólo uno, por favor. Demuéstrame que me amas, él no se enfadará. Por favor.
Juan no podía verla sufrir y aún menos suplicar. La cogió de la mano y aún sabiendo que aquello era su perdición, la llevo al estudio donde todavía guardaba la máquina de escribir. Se sentó y empezó a componer un cuento, el último cuento para Alicia. Ella, a su lado, sonreía alegre. Ahora se sentía amada y al verla con los ojos llenos de emoción, Juan también era feliz.
En la morada celestial, Dios se percató al instante de lo que acontecía en la Tierra y se sintió traicionado. Llamó a Gabriel y le ordenó encolerizado que fuese con la muerte a segar las almas de Juan y Alicia. El ángel estaba triste pues comprendía los sentimientos de los dos amantes. Cuando en la estancia aparecieron Gabriel y la muerte, Juan no se sorprendió. Alicia, en cambio, se aterró.
–¡No ha sido culpa suya! –gritaba–. ¡Yo le pedí que lo escribiera!
–¿Juan? –preguntó el Gabriel esperando su explicación.
–He roto el trato por razones que creí convenientes. Ahora debo aceptar el castigo.
Alicia y Juan se abrazaron. Un último beso y la muerte les arrancó las almas. Gabriel los llevó en presencia del Altísimo. Estaba sentado en su áureo trono con la faz sombría. Al cabo de un instante se dirigió a ellos:
–¿Cómo has osado burlarte de mí de esa manera? ¡Fui benevolente y mira como me lo pagas! –le gritó a Juan–. Y tú, que no eres más que una imitación creada por mí, mira lo que has conseguido. El castigo será ejemplar, y pasareis el resto de vuestra existencia separados por culpa de vuestro pecado.
El mismo Gabriel se estremeció ante semejante condena. Él, que sentía admiración por el sentimiento tan puro que anidaba en las almas de Juan y de Alicia, se arrodilló ante su señor.
–Os lo ruego, mi señor. Déjelos compartir la pena juntos. Nadie merece separarse de la persona amada. Todo lo hicieron por amor, ya conoce a los mortales, aún son niños.
Dios miró a Gabriel y admiró su gallardía y nobleza.
–Gabriel –dijo–, tu honestidad te honra. Acepto tu petición, puesto que sólo cometieron el pecado de quererse demasiado. No volveréis a la Tierra, pues debéis pagar vuestra desobediencia, pero podréis continuar juntos aquí, en mi reino.
Los corazones de Juan y Alicia se alegraron. Él tendría una eternidad para demostrar a su amada cuanto la quería y ella sería participe de ese amor. Y desde entonces están juntos, desde los albores del tiempo.
Y dicen que cuando un escritor tiene una idea para un relato es porque escucha a Alicia, allá en el cielo, como lee alguno de los cuentos que Juan escribe para ella.
Texto de el_inefable_jota agregado el 08-01-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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