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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / Desvaríos del solo (a Gustavo Malomo Mariani, in memorian)

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DESVARÍOS DEL SOLO


Muy bien puede un solo día tener tres atardeceres,
ninguna mañana, una noche brahmánica y boreal.

Abelardo Castillo
“El que tiene sed”

Ayer, por primera vez en todos sus años de andar por el mundo, atardeció tres veces en la vida de Salvador Madrid. No me pidan que explique (yo no estaba ahí), no hace falta: sucedió y es suficiente, o debería serlo, para él y para ustedes que ahora lo saben…
Alejado como siempre, empecinadamente, de lo que suele acontecer en el tercer planeta del sistema solar desde el inicio de la mañana, todo él desterrado por su musa, Salvador Madrid estaba buscando las palabras que serían después el esqueleto de un poema que terminaría alguna vez de algún día, cuando lo sorprendió el primero de los atardeceres y se dio cuenta, asombrado, de una ausencia: la suya…
Se buscó con pesimismo por toda la habitación donde estaba escribiendo, con desesperanza, con tenacidad, y descubrió que ya se había ido, que no estaba, emigrado sin él, tal vez en alguno de los párrafos que había escrito, vaya alguien a saber a dónde…
Solo, desamparado, con un miedo que no conocía y le apresaba como una tenaza los jirones del desasosiego, se le subió algo parecido a una tormenta al centro de su garganta y, ya en el segundo atardecer (porque entonces era el segundo), Salvador Madrid comenzó a recitar una letanía, tal vez un rezo, que quería que lo ayudara a regresarse.
Así decía:

“Para que se entienda: esta es una conversación conmigo, con nadie. Estoy desierto de mí ahora. Me busco y estoy en otra parte, en alguna que desconozco, que me ha atraído sin que yo quisiera ir, y a la que he ido sin embargo. Algo estaré buscando allí. A alguien estaré buscando allí… No lo sé. Solo sé que no estoy conmigo.
Acaso sea necesario abandonar un barco a la deriva para encontrar el sentido del timón ¿Es eso lo que ahora hago, mientras busco a Salvador Madrid que se ha ido de Salvador Madrid?
Busquemos juntos los interiores que nos competen, le digo al segundo atardecer de este día que me ha sido dado hoy mágicamente, buscando con desesperación un oyente que me atienda, que me entienda. Busquemos juntos eso que no sé si busco o me busca, le digo, porque me ha llevado y yo he ido y ahora no regreso, no puedo, o no quiero regresar, y sin embargo sí me busco queriendo volverme a mí.
La verdad sea dicha. El asesino no siempre es el mayordomo, se me ha dado por pensar en este
soliloquio que puede parecer sin sentido, como si así lograra distraer mi atención hacia otras cosas que me alejen de mi soledad de mí que me hace no caber el corazón en el pecho y me produce dolores de parto.
Otra historia sucederá, entonces, si es que ahora este irme de mí mismo me deja ser la matriz de mí mismo. El segundo atardecer es violento y me sacude las entrañas hasta aflojarme las vísceras. Acaso esté pariendo a otro Salvador Madrid y deberé soportarlo… Estoy solo de mí y me duele no saberme cerca.
¡Ay!, que no suceda nada en mi memoria de solo. Que no ocurra algo ahora que me aleje más de mí, o que ocurra algo, cualquier cosa reveladora, y yo (el que se ha ido) no tenga memoria de nada, y me reproche…
No tengo el abrigo y la misericordia de poder verme desde afuera. Ni siquiera tengo espejos y así, entonces, mi soledad de mí se agiganta como una gelatina pegajosa que me asfixia. No puedo verme. Ni al que está, el que estoy, ni al que se ha marchado. Me fastidia esta ausencia mía. No voy a perdonarme este abandono, esta lejanía.
Tengo ahora que ceder el lugar a una nostalgia empecinada. No soy yo el que la siente en medio del pecho desahuciado. Es el otro, el alejado de mí, yo, aquel que me fui… Necesito encontrarme en mí. Necesito saber si estoy aquí o en cualquier parte. El que he concebido, el otro Salvador Madrid, comienza también a hacer preguntas que no sabré responder… El primer atardecer del día de hoy fue tan impuro que merece seguir siendo.
Ojos que nos tocan desde lejos desconfían de todos y de todo lo que miran. Ojos que miran desde mí y no soy yo el que está mirando. Los ojos que ahora miran me ven mirarme y se desconsuelan…
Ni siquiera sé dónde quedó mi mano abierta aquel mediodía… Este atardecer que ahora sucede mientras el otro impuro también sucede, es para un Salvador Madrid que no es este Salvador Madrid que soy, y que me busca. Espero que la mañana me sorprenda conmigo, tratando de estar sin mí, mientras me escarbo.
Ignoro si bajo la piel puedo sentir otra cosa que este miedo que me abraza fuertemente. Ignoro si allá lejos, puede el otro que soy sentir igual, o si soy y es uno que desvaría como yo, al borde de una locura que me atrae y me repele y a la que acaso estoy buscando y también le esquivo las pisadas para ocultar la maravilla de caer, o dejarme flotar como una flor de panadero.
O mejor dejemos (le digo a este atardecer que es el segundo de este día en que estaba escribiendo las palabras que serían el esqueleto de un poema algún día) que sea una pluma quien acuerde el rumbo de esta historia. No opongamos resistencia a lo posible, y hagamos así imposible lo que sí queremos.
Siempre es mejor una onomatopeya para aclarar ciertos asuntos. Bang. Trac. Crash. Screch. Plop. Pum. Brum. Plic… Ahora el silencio traerá la redención. Estoy seguro.
Ahora es tiempo de memoria, de aquello que nos hubiera gustado ir viviendo. El que se ha ido y no regresa (no quiere regresar. No dejan, o no dejo regresar), está viviendo una historia que será la memoria de algo que no ha pasado por mí. Es mío sin embargo el recuerdo. Es mía la remembranza, y es ajena a él esta que estoy mirando yo.
Lo mismo puede decirse del amor que nos estremeció la entrepierna, el centro del infinito. Estaba escribiendo el esqueleto de lo que sería un poema algún día. Un poema de esos poemas de amor. Un poema (el esqueleto) de palabras abrasadoras, calientes, húmedas, filosas como cuchillos…
Oigamos caer la tarde que nos inventa.
Mañana, pienso (¿piensa él también?), puede suceder un día que no nos contenga y sea hermoso sin embargo. Este mismo, que hace que estemos y no estemos Salvador Madrid y Salvador Madrid contemplando la misma letanía, hablando las mismas palabras, midiendo los mismos silencios, la diferente armonía de estar aquí y más lejos, de saber y no saber. De andar andando y estar quieto…
Ojos que nos miran a miles de palabras de distancia. Eso somos, le digo a Salvador Madrid. Esos sos, me dice y se cae de espaldas para mirarme desde alguna parte y estar ausente.
No hay otra frontera entre mi soledad y la tuya que una palabra que no voy a decir, y nos acerca. Me dice. Ya no lo escucho.
Entonces, sucede… Ya somos, nos decimos al unísono. Y abrimos los ojos para contemplar el tercer atardecer de una noche brahmánica, que no es esta porque es tan fría y luminosa como una aurora boreal”.

Así pasó (ustedes también lo saben ahora). No me convenzo todavía, pero parece ser así nomás: ya ido de él, el Salvador Madrid que durante años lo acompañó por todas partes, él mismo, como una prolongación de lo que fue, él mismo, de las cosas que anduvo viviendo, suyas, de lo que ha pasado por su alma y su corazón durante el tiempo en que ha estado, siendo, ha renunciado fatalmente de acompañarlo, de estar, de ser consigo.
Ese, que acaso ahora sea un fantasma que no nombro porque ya no es necesario, el suyo de él, él mismo, Salvador Madrid, se ha ido dejándole un hueco redondo, grande, igualmente profundo, en la ausencia que ahora lo reemplaza y que es una nada.
Yo lo cuento como en un cuento, hoy, entonces, que escribo, aquí, solo, una historia que invento y que nunca estuvo, ni fue real.
Salvador Madrid, ajeno a mí y a estas palabras, sigue en algún lugar, en alguna parte, escribiendo el esqueleto de un poema que será algún día, para un fantasma que lo ha abandonado, sin embargo.
Así son estas cosas.

Texto agregado el 09-01-2007, y leído por 358 visitantes. (22 votos)


Lectores Opinan
2007-11-18 18:59:32 Carajo! Qué manera de escribir! Qué manera de emocionar. Maravilloso texto que no deja de sorprender en cada leída. Beso enorme. MCavalieri
2007-09-08 03:35:43 Con Salvador Madrid que se fue de si mismo, me fui de mi misma leyendo este cuento que me llevó por las sensaciones increíbles y sublimees que describiste magistralmente en este relato sobre el ser y su ausencia. Excelente!!!***** andrula
2007-08-24 21:53:24 ......"de tiempo somos. Somos sus pies y sus bocas. Los pies del tiempo caminan en nuestros pies. A la corta o a la larga, ya se sabe, los vientos del tiempo borrarán las huellas. ¿Travesía de la nada, pasos de nadie? Las bocas de tiempo cuentan el viaje". *********** y abrazos! montevideana< /a>
2007-04-19 04:44:11 Me gusta la narrativa, la gente que lo hace bien, lo he leído como tres veces, como le he dicho a algunos amigos, me faltan estudios, me entiendes?, no soy mujer letrada, pero esto es muy bueno a mi entender, te felicito y perdona el poco aporte, te mereces mucho más que cinco estrellas mepm
2007-04-07 09:28:09 Hay ocasiones que uno se mira de lejos, como frente a un espejo. Sin embargo, sabe uno que lo que mira no es uno, sino un reflejo ¿será el alma la que nos mira a través de los ojos? ¿o no miramos con ojos, sino con el alma? ¿qué somos acaso, si no un cuerpo y su alma, o al revés, un alma y su cuerpo? ¿y qué pasa cuando el alma deja el cuerpo? Sucede que uno puede ver tres atardeceres en un mismo día porque está uno como en todas partes... y en ninguna, pero está... Como siempre, como siempre, sigo tu imaginario y no dejo de sorprenderme... es maravilloso, porque seguramente maravilloso es el ser que lo crea... un abrazo desde el ombligo del mundo... y por supuesto estrellas, todas... tobegio
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