Enero, y no hace frío. Mañana… hará calor. Y no queda nieve, y no queda niebla, y no queda hielo en invierno. Y mañana será primavera y en primavera será verano, y en otoño será primavera, y el invierno… qué será del invierno y sus bufandas.
Mañana… no quedará tiempo para el invierno, no quedarán ganas para reír cuando no podamos pensar en otra cosa que no sea que el mundo se nos viene encima, o abajo, o de lado… da igual, que nos va a golpear desde todos los ángulos. Y la gente andará buscando una nueva historia para burlar a la muerte, se descompondrán en mil respuestas y no podrán encontrar la adecuada, se estresarán las mentes que no vean ninguna solución a la extinción, los niños jugarán sin viento fresco como lo hacen los niños que están en guerra, las madres llorarán desconsoladas porque no hay almacén donde puedan comprar la salvación sin dolor ni llanto, los padres se hundirán en la vergüenza por saberse cómplices de la matanza, los pobres dormirán un poco más calientes y la clase media alta nos asfixiará un poco más con el aire acondicionado.
¡Hemos robado el invierno! Qué gran hazaña, qué originalidad… pero mañana, la gente, llorará. Y Burundi y el Congo, Sierra Leona y Sri Lanka, Etiopía, Timor y Palestina, Afganistán y Colombia, Bosnia y Herzegovina… deshechos humanos, malviven y por fin reirán porque les hayamos robado el invierno y sus bufandas, y sus guantes de lana gorda, y sus gorritos con pompón.
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