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Dedicado a mi amigo Joaqledo 1.PASTORCITO - Reedición,Cuento Real.
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En Santa María, pueblo tropical de esos que tienen sabor a nube y que despiertan amodorrados ente bruma tempranera, como sabana de aliento.
En este lugar vivía una familia de tres miembros: Don Pastor, el padre, campesino de tierra, con manos llenas de surcos. Doña Pastora, su esposa, suave y dulce mujer que sólo pudo tener un hijo, nadie sabía por qué, quizás por el destino. Y el llamado Pastorcito, su hijo, que tenía 8 años y era alegre como la campana del pueblo.
El pueblo de Santa María está rodeado por un río que suave, goteante y cantarín se escurre hacia la laguna que por vericuetos y profundidades forma desvíos hacia el mar. El río va alisando en su camino pequeñas joyas de agua con forma de lágrima, parece que en su juego deslizándose lleva anuncios del canto de los milagros que nos rodean.
Muy temprano, casi de madrugada, la campana de la iglesia tocaba dulces despertares, ahuyentando la somnolencia de las casas y de los vecinos, acariciando despertares con áureos tañidos.
Volaba en ese momento el tecolote que vivía en la punta de la torre, bajo el alero de la cruz, en la parte más alta de la iglesia, y divisaba todo el valle que rodeaba ese pedazo de vida. Subía volando, en giro constante, diario, por ser el confiado y contratado para darle cuerda al reloj de la existencia. Pastorcito era el responsable de columpiarse en la cuerda de la campana, que como brazos de madre lo hacía feliz .El pueblo empezaba su día con tonos de alegría acariciados por un suave sol de trópico boscoso.
Desde dos años antes, esta rutina diaria le fue dejada a Pastorcito por el señor cura, antes la cumplía Don Pastor, y antes su padre, y para atrás desde quien sabe cuantos pastores, pero la familia siempre toco la melódica y dulce sorpresa de cantos.
Esa mañana, temprano se levanto Pastorcito, como todos los días, fue a su cocina pequeña y tomó un pan y un jarro de leche. Masticando y arrojando pequeñas migajas a las aves en su camino, fue guiado por cantos sobre una vereda que trepaba hasta la iglesia, donde estaban tapados de bruma, el templo y la vereda y quizás el futuro.
Pastorcito fue hasta la cuerda de la vespertina ave metálica, saludándola con un silbido, como para avisar que era hora de empezar a tañer, que despejara su modorra. Ella vibró para contestar el saludo y el tecolote se peinó sus plumas después de estirar sus huesos viejos. El ave subió, dándole cuerda al reloj de las manecillas del cielo estrellado, mundo de magia donde todo era suave y con ritmo de vida que se antojaba como de cuento. Los primeros toques fueron suaves, melódicos. El pueblo entero los escuchaba, dando gracias al nuevo día que apenas asomaba, entreabriendo los parpados de la noche.
Cuando la campana tocaba mas alegre y sin parar de reír, sintió un crujir en su centro que la partió, rajándola, y el gran badajo, la lengua que la hacia vibrar, se desprendió.
Ella dio un ultimo alarido que escuchó todo el pueblo e hizo que salieran a mirar qué pasaba en la iglesia, porque de pronto se quedó muda. Claro, se rajó, al ver que su lengua caía a una vertiginosa velocidad, aplastando la cabeza de Pastorcito. Cuando el pueblo llegó, el niño había partido con el último tañido de una alabanza. La cantarina quedó muda rajada y con la boca abierta del susto. El señor cura la desprendio de su silencio y la castigó, cubriéndola con un paño morado y dejándola en un rincón.
Con el mantel del altar se cubrió el cuerpo de Pastorcito, y todo el pueblo desfiló frente al pequeño difunto.
El cual fue enterrado a la sombra del árbol de orquídeas, en el patio de su casa. Su mamá, como no podía dejar de llorar, decidió convertirse en fuente de cantera rosa, para nunca dejar de salpicar el árbol de su casa.
Don Pastor, al ver esto, se amarró con enredaderas al enjuto y anciano árbol y poco a poco fue absorbido por él, injertándosele primero los brazos y después la cabeza, hasta beberse el árbol el cuerpo entero.
Desapareció Don Pastor volviéndose parte de las orquídeas.
A un lado, en la sombra donde está el difunto Pastorcito, salió un renuevo y la fuente de cantera rosa parece que sonríe, salpicándole sus gotas para alentarlo a crecer.
El gran árbol se mueve suavemente y, dulce, acaricia con su sombra el musgo verde que cubre la fuente y el patio de su casa, alimentando los verdes con sombra y goteos de fuente, protege a su renuevo.
La campana se quedó olvidada en un rincón, sin salir de su asombro. En silencio rajada, y con la boca abierta por el susto.
Esa historia circulaba entre los habitantes de Santa María hasta que el señor cura actual decidió terminar con la leyenda y sacar de su castigo a la campana. Le colocó su badajo, que estaba a un lado, pero nunca se reparó su costado, por donde se escapa a la vida eterna.(R) GATELGTO
Texto de gatelgto agregado el 14-01-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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