La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / kikoyu / Hojas Rojas

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:264677]

El viento movía algunas hojas de los árboles más cercanos, y las hacía caer lenta, armoniosamente. El hombre que caminaba a paso rápido no se fijaba en esto, y simplemente pisaba las hojas, casi inconscientemente; las hojas se quebraban en el piso, y luego el viento volvía a llevárselas…
El hombre que iba apurado, tenía una razón para estarlo. Con su abrigo negro y su sombrero negro también casi trotaba hacia su hogar, para no perderse el show en la televisión, bastante importante para él por lo demás.
Su casa estaba a solo un par de cuadras, pasando por el parque. Le gustaba el paisaje, pero no tenía tiempo para verlo, para sentirlo. Solo debía correr; su meta era llegar.
Corría con la mano en su sombrero –para que no se le volara–, por el camino en medio del parque, cuando de pronto pudo ver frente a él, en medio de su camino, a un hombre también completamente de negro. Eso sí era más anciano –cabello gris, peinado para atrás–, aunque no por eso menos gallardo.
El hombre que iba apurado, al verse impedido de continuar por este anciano, le toco el hombro; de inmediato, sintió que un escalofrío le recorrió la espalda.
–Disculpe… ¿me dejaría pasar, por favor?
El hombre anciano en cambio no se dio vuelta ni contestó al requerimiento del hombre apurado. Se quedó parado, estorbando el paso.
–Disculpe –repetía–… disculpe…
Puso nuevamente su mano en el hombro del anciano y volvió a sentir aquel extraño escalofrío, que él interpretaba como paso de corriente.
–¿Qué quieres? –preguntó el anciano sin darse vuelta, con voz queda y ronca.
–Usted está tapando mi camino, y yo estoy apurado. Le solicito por favor que se corra para poder pasar…
Un hoja calló a los pies del hombre apurado; era muy parecida a la que había pisado antes (eso él no lo sabía, por cierto), casi idéntica.
–Lo siento, pero no puedo hacer eso.
–¿Qué dice? ¿Por qué no puede?
El hombre anciano se corrió un poco para que el hombre apurado pudiera ver lo que estaba enfrente del viejo: muchas, muchísimas, hojas rojas y naranjas, tapando todo el camino.
–Porque estas hojas se molestarían con usted. Y ya no quiero ver más sangre, ni más muerte.
El hombre apurado dejó de estarlo, y ahora se tornaba un hombre escéptico, realista, burlesco.
–Eso es imposible. Una hoja no puede matar a un hombre, eso no.
–No es una hoja, –dijo el anciano, sonriente–, sino que son muchas. Y pueden contigo, y podrían conmigo también. Por eso yo no cruzo…
–¡Bah!, pura mierda. Voy a cruzar y se acabó.
El hombre apurado entonces hizo el ademán de correr; el anciano lo detuvo del abrigo y le susurró al oído:
–Una última advertencia. ¿Sabe por qué las hojas estas naranjas y rojas?
Él negó.
–Una hoja roja es una hoja cubierta de sangre, manchada de sangre. Una hoja roja es una hoja que ha matado.
El hombre apurado hizo a un lado al anciano y comenzó a correr, pisando en su trayecto todas las hojas que podía, solo para mostrar al anciano su error. Después de todo, ¿quién podía pensar que las hojas eran asesinas? ¡Ja!, solo un loco.
El anciano, en cambio, negó con la cabeza cuando el hombre comenzó a pisar las hojas rojas. Se dio media vuelta para no ver el espectáculo, y luego suspiró.
“Los hombres nunca creen en sus mayores –pensaba triste–… por eso siempre terminan mal…”
El hombre apurado pudo ver desde su posición su casa. Su televisión estaría allí esperándolo, y su esposa también. Se apuró, pero pronto se dio cuenta de que no estaba avanzando. Estaba parado en medio de todas esas hojas rojas, sin poder moverse, por alguna extraña e inexplicable razón.
De pronto, una hoja saltó y le rasguñó la cara. El hombre la tomó y la deshizo, para luego percatarse que otra hoja había repetido el procedimiento, y había hecho un corte en la mejilla. Otra hoja se levantó y cortó el pantalón del hombre, además de propinarle una linda herida en el pie.
Una a una, todas las hojas comenzaron a moverse como impulsadas con odio, con desesperación.
Por fin, las hojas comenzaron a girar en torno a él, cubriéndolo totalmente. Las hojas se apretaron y se apretaron y se apretaron hasta que ya no pudieron más, y luego se expandieron rápidamente, produciendo que el cuerpo del hombre se desintegrara en pedacitos y comenzara a caer en forma de lluvia, rociando así a las hojas que lo habían matado.
El hombre anciano se acercó a través del camino hasta donde estaban las hojas, quedando en medio del paso, mientras observaba atónito todo lo que ocurría.
Era, según llevaba cuenta, la víctima número diez.
Todos jóvenes.
Todos muertos.
Hojas Rojas.

Texto agregado el 17-01-2007, y leído por 53 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2007-01-19 15:30:03 Todo un plecer leerte. Escelente y bonita historia. 5*/ Maria_Audije< /a>
2007-01-19 10:03:37 muy buena narrativa atrapante tecclas
2007-01-18 19:08:40 que bien te escribes, quedé enganchada hasta la última letra.magnifico relato, con doble sentido: quien va por la vida sin pararse a apreciar su belleza, y quien hace oidos sordos. 5estrellas para "HOJAS ROJAS" KUMBE
2007-01-18 03:29:18 Me encanta el otoño y esto aumento mi deseo de volver a el.... muy interesante y bonito... como siempre señor. Un gusto leerlo, un beso de su amiga... Ursulita
2007-01-17 23:39:31 Se disfrutó la lectura.... churruka
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]