No era Navidad pero lo parecía, cientos de personas en su ir y venir y las calles engalanadas invitaban a perderse entre el bullicio.
Paseaba por la Calle Mayor de Triana con mis amigas, Nuria y Carolina, bajo un cielo gris pero con una temperatura agradable. Triana es un punto neurálgico en la ciudad, antiguamente era el pulmón de la misma, hoy en día el pasado se hace presente en sus fachadas catalogadas de patrimonio histórico.
A ambos lados de la calla hay comercios variopintos: textiles, calzado, viajes, librerías, mercerías, agencias, una famosa heladería, una emblemática biblioteca y más allá un área recreativa.
La idea era pasar una tarde de compras donde, ilusas de nosotras, queríamos conseguir las cosas más bonitas a los mejores precios. Como si de un acto compulsivo se tratase, en cuestión de minutos nuestras manos estaban cargadas de bolsas. Fue entonces cuando a Nuria se le apeteció tomar algo dulce y entramos en una conocida cafetería. El suelo era de madera, al igual que el techo y la barra. Las mesas, al fondo, eran de cristal y preparadas con muy buen gusto.
Desde la puerta visualizamos la única mesa libre y fuimos directas hacia ella. Bruce Willis estaba tomando un café y su silla ocupaba el pasillo principal. Dejó pasar primero a Nuria, rodando solamente un poco la silla. Con Carolina tuvo que levantarse y ya cuando tocaba mi turno me puso una cara muy larga, jamás le había visto así en la gran pantalla. “No me cabe duda de que si hubiera una alfombra roja y unos premios próximos, la hubiera cambiado por una seductora sonrisa”.
Yo sí que sonreí, porque no pensaba desviarme del camino y rodear media cafetería sólo porque a él no le diera la gana moverse. Entonces fue más inteligente que antes, se levantó, cogió su silla y la puso en el otro lado de la mesa, así dejaba a su acompañante (femenina) a la derecha. En el fondo le hice un favor…..¿Estos famosos no quieren intimidad? Pues cuanto más cerca esté de su acompañante, más bajo hablará y menos le escucharán los demás.
Ya en la mesa, dejamos los bolsos a un lado y pedimos café con sendas porciones de tarta casera. Tenía la sensación de que éramos observadas por la mesa contigua. Cuál fue mi sorpresa cuando al alzar la mirada tropiezo con una antigua amiga, “antigua” por eso de que un día fue y ya no lo es. En uno de tantos caminos de la vida, nos unimos y en otro de ellos nos separamos. Huí de la hipocresía, la falta de sinceridad, el egoísmo y la falsedad.
No la veía desde hacía muchos años, pero supe que iba a casarse y con las tarjetas de invitación ya repartidas, rompieron el compromiso.
Me sorprendió verla acercarse a nuestra mesa, no había perdido el contacto con Nuria y Carolina, pero no se dirigió a ellas sino a mí. La acompañaba un joven al que me presentó pero no recuerdo su nombre. “Hola Beatriz, te presento a…”
La educación no se pierde ni en momentos como esos, así que correspondí a la presentación levantándome de la mesa y dándole dos besos con una amplia sonrisa. En mi cabeza rondaba la posibilidad de que ella también se me presentara, ya puestos….
Nuria y Carolina miraban la escena en silencio, como si de una proyección de cine se tratara, no entendí aquella reacción. Ambas conocían las circunstancias pasadas y eran testigos del presente que estaba sucediendo en aquel momento. Continué de pie y con la mirada las invité a abandonar el lugar, no hizo falta mucha sutileza, entendieron lo que debían hacer, y tras despedirnos salimos de la cafetería.
Lo curioso es que detrás de nosotras salieron “ellos” y se nos unieron en nuestro paseo por la calle.
“Vamos a ver, esto es surrealista total. ¿Qué está pasando aquí?” pensé para mis adentros. Andábamos como zombis sin mirarnos y sin decir nada.
De pronto Nuria recordó que su marido le estaba esperando y Carolina decidió acompañarla, yo preferí pasar por una última tienda. Miraba entre las perchas algunos precios cuando escuché de lejos:
- “¡Mira es tu talla!”. Era la voz de Carolina con un jersey color crudo y dorado en la mano.
- Te he cogido este body, quedan pocos y están a buen precio - dijo Nuria-
“¿Qué pasa aquí?” “¿Estas dos no se iban?” ¡Qué digo dos! Si está la “otra”, parecía un perchero sujetando lo que Nuria y Carolina eligían por mí.
-Ya puestos, ¿por qué no llamo al camarero de antes y que me elija la ropa interior?- dije sarcásticamente-
Pero no hubo respuesta por parte de ellas, ni reacción. Allí seguían, como si todo tuviera su lógica. Mi dosis de raciocinio estaba siendo superada y sólo pedía que aquella parodia terminara. Entré a los probadores con el jersey dorado y por más que busqué no vi más salida que la puerta por donde había entrado, es decir donde seguían inmóviles, las tres.
Estaba colocándome las mangas cuando un ruido atormentó mis oídos. Me era muy familiar y sonaba con persistencia.
-Buenos días cariño.
“¿Y ahora quién me habla?” Una voz masculina, pero no hay probadores contiguos a este.
-¿Quién eres?- pregunto-
-Cariño, despierta….. ¿Qué pregunta es esa?
Abro los ojos desorientada y veo la lámpara. ¡Si es mi habitación1 ¡Mi cama! ¡Mi marido!
Ahora respiro aliviada, ya entiendo todo. Tras espetarle un besazo matutino a mi hombre, voy directa a la ducha. El termina antes que yo y sale de casa.
-Hasta luego- me dice- nos vemos en el almuerzo.
-Hasta luego, y no corras en la carretera- le respondo-
Salgo de la ducha y voy a la cómoda para vestirme, es entonces cuando sobre las sábanas veo unos hilos dorados.
“¿Sigo soñando?” Si al menos el jersey del probador hubiera estado deshilachado, pero no era el caso.
¡Qué alguien me devuelva la cabeza, por favor! ¿O ahora lo llaman razón?
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