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Inicio / Cuenteros Locales / Herroda / Encuentro con la muerte

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Eran varios ya los muertos que aparecían en Reminiché, un pequeño y apartado pueblo de clima cálido en el que no se conocían las malas noticias. Fausto -un joven habitante de Reminiché- mientras pasaba frente a la farmacia se enteraba de la última tragedia acontecida: Ahora fue Bruno, el panadero del pueblo, quien apareció muerto en la calle –comentaba el boticario-, era la quinta persona que se encontraba muerta de la misma manera en lo transcurrido de aquel mes de agosto. El primero en caer fue un veterano policía que llevaba muchos años prestando sus servicios en Reminiché; el segundo, uno de los pocos enfermeros con los que contaba el hospital; el tercero, una humilde anciana que se ganaba la vida vendiendo frutas; y el cuarto, uno de los profesores de la única escuela del pueblo.

El miedo se apoderaba cada vez más de los habitantes quienes temían ahora permanecer en la calle cuando llegaba la noche, pues temían ser las próximas víctimas. Resultaba casi imposible para las autoridades investigar todos los acontecimientos ya que no existían testigos en ningún caso y las pistas que se recogían siempre eran escasas, además los cadáveres no presentaban ningún tipo de maltrato físico.

La muerte ronda por el pueblo –murmuraban los viejos-, pero para los jóvenes como Fausto esa era una idea absurda. Los muertos siguieron apareciendo misteriosamente con el pasar de los días, ya se habían descartado los asesinatos y las enfermedades por parte de las autoridades, varias eran las personas que repentinamente habían decidido abandonar el pueblo. Fausto se rehusaba a dejar sus cosas y había convencido a su familia para que no se fuera, pues para él todas las muertes tendrían una explicación lógica y muy pronto las autoridades la descubrirían.

Una noche, mientras Fausto caminaba rumbo a su casa notó que la soledad se apoderaba de las calles de su pueblo. Cuando le faltaba poco para llegar a su destino, notó que un hombre permanecía parado en una esquina a la cual Fausto se dirigía y como siempre muy valiente y sin ningún temor siguió su camino directo hacia aquel extraño hombre que siempre permanecía inmóvil. Mientras más se acercaba se hacía evidente para Fausto la elegancia de aquel alto y corpulento hombre que tenía sus manos en los bolsillos y miraba para todos lados. En el momento en el que Fausto pasaba junto al hombre no aguantó las ganas de cruzar algunas palabras con el extraño:

- Oiga amigo, le dijo Fausto, no debería permanecer en la calle a estas horas ¿no sabe usted que varias personas han muerto inexplicablemente en las noches?

Fausto no encontró una respuesta inmediata pues aquel hombre lo único que hizo en ese momento fue dirigir su mirada hacia Fausto. Unos relucientes ojos verdes posaron su mirada en los ojos de Fausto quien todavía permanecía en silencio esperando alguna respuesta o comentario. Luego de unos segundos el extraño hombre rompió el escalofriante silencio que había invadido al valiente Fausto, con una gruesa y firme voz.

-Yo no le temo a la muerte, replicó el extraño con una convicción que asustó un poco a Fausto, ¿acaso usted si?, preguntó el extraño.

- Yo no, dijo Fausto con una voz un poco temblorosa, no me da miedo caer algún día muerto.

Sorprendido por la respuesta, el extraño hombre miró con ojos desafiantes a Fausto. En ese momento el miedo se apoderó totalmente del joven aunque siempre trató de disimularlo.

-¿Sabe usted quien soy yo?, preguntó el extraño.

-No, pero considero que viene usted de la capital, respondió Fausto.

-Supone usted mal joven. Yo soy la muerte, dijo el hombre. Usted es el primero que encuentro en este pueblo que afirma no temerle a la muerte y por esa valentía he decidido perdonarle la vida.

Fausto no creyó palabra alguna e hizo un gran esfuerzo para no reírse de lo que le dijo el hombre. Unas palabras sarcásticas salieron de labios de Fausto.

-No me diga que es usted la muerte, pues señor muerte me dio mucho gusto conocerlo, le expresó Fausto como si a un loco se estuviera dirigiendo.

El hombre al notar que Fausto no le creía le demostró que lo que decía era cierto de una manera muy sencilla pero aterradora. Los ojos del hombre se tornaron rojos y al mismo tiempo dirigieron su mirada hacia una paloma que dormía en un árbol, en ese momento el ave se desvaneció y cayó muerta a la orilla de la carretera. En ese instante el terror se apoderó de Fausto y su rostro se tornó pálido, permanecía inmóvil y tembloroso sin quitar la mirada de la paloma que ahora yacía muerta.

Ahora Fausto se encontraba como inerte pero aún permanecía parado frente a la muerte sin emitir ninguna clase de ruido. Solo bastaron unos segundos para que la muerte rompiera el silencio con una advertencia a Fausto.

-Fausto amigo mío, dijo la muerte, le cuento que usted era la siguiente persona en morir pero he tomado una decisión. Como usted fue la única persona que afirmó no temerle a la muerte no le quitaré en este momento la vida, pero por haber pensado que yo estaba loco tendrá que cumplir con un condición…

Parecía como si la muerte hablaba con una estatua pues Fausto permanecía inmóvil y todavía su mirada se hallaba perdida en el cadáver de la paloma. Sin importar esto, la muerte expresó la condición a la que se refería.

-…por desconfiar de mis palabras, dijo la muerte en un tono desafiante, en los próximos días tendrá que traerme a esta misma esquina durante una semana a una persona. Tendrá que buscar la manera de hacerla venir y siempre estar aquí a la medianoche, cada día que no lo haga yo me llevaré a alguno de sus seres queridos. Lo espero mañana y suerte.

La muerte se perdió en la oscuridad a espaldas de Fausto. Una macabra risa acompañó su despedida y ahora solamente quedaba esperar que Fausto pudiera cumplir la condición. Un par de minutos permaneció Fausto en el lugar hasta que volvió a la realidad, en su cabeza daban vueltas las últimas palabras pronunciadas por la muerte mientras al mismo tiempo creía que se estaba volviendo loco y su imaginación le había jugado una mala pasada.

Cuando Fausto llegó a su casa se encontraba muy confundido por lo que le había pasado, no comentó nada ni con su madre ni con sus dos hermanas menores. Al otro día Fausto se levantó como siempre muy temprano pensando que aquello que le había sucedido la noche anterior era solamente un sueño, la incredulidad que siempre lo acompañaba no le permitía creer que todo eso era cierto. El día para Fausto transcurrió normalmente, sabía que saldría un poco más temprano de su trabajo y ya tenía planeado ir a la casa de su novia después del trabajo.

De la mente de Fausto ya había salido ese supuesto sueño de la noche anterior y era una cuestión que ahora no le preocupaba. Cuando faltaba poco para que dieran las diez de la noche cruzaba por la misma esquina en la que se había encontrado a la muerte, miró para todos lados como si estuviera buscando a alguien y continuó su camino, ahora si todo para Fausto parecía normal.

Al otro día de nuevo Fausto muy temprano se levantaba para salir a trabajar y notó que su mamá y sus dos hermanas todavía seguían dormidas, él pensaba que nada se las quitaría y le asustaba la idea de creer que algún día las perdería. Mientras caminaba por la calle rumbo a su trabajo Fausto miraba hacia el piso mientras pensaba en su madre y sus dos hermanas. De repente una conversación entre un anciano y el carnicero del pueblo le hizo levantar la mirada, comentaban otra extraña muerte en el pueblo exactamente en la ya mencionada esquina de Reminiché. Curioso por saber lo que había pasado Fausto no aguantó las ganas de hablar con los dos hombres.

-Perdonen caballeros pero no pude evitar escuchar lo que comentaban, exclamó Fausto con cierto tono de amabilidad, ¿saben ustedes quién ha muerto?

-Murió Marcos, aquel joven que vendía flores en el mercado, respondió inmediatamente el carnicero, pero lo que es extraño es que él vivía y trabajaba al otro lado del pueblo y casi nunca se le veía por estos lados, agregó el carnicero.

Sin haber pronunciado palabra alguna, Fausto salió de la escena corriendo rumbo a la esquina en la que había muerto Marcos, su gran amigo de toda la vida. Mientras corría no pudo contener las lágrimas, al llegar al lugar decenas de curiosos observaban el cuerpo sin vida de Marcos mientras sus padres lloraban de rodillas frente a su hijo, inmediatamente Fausto se unió a los padres de Marcos y junto a ellos de rodillas permaneció frente a Marcos.

Horas después, mientras Fausto se encontraba en el funeral de su amigo Marcos, recordó lo que la muerte le había dicho. Ahora para él si era seguro que no había sido un sueño y que tendría que cumplirle a la muerte si esta vez no quería perder a su familia, novia o demás amigos. Faltaban nueve horas para su cita con la muerte y ahora para Fausto el problema estaba en encontrar a alguien que aceptara acompañarlo hasta esa esquina a la media noche, pues parecía una tarea casi imposible. Decidió salir a caminar y pensar en lo que haría, consideraba que hacer que algún inocente perdiera la vida para salvar la de sus seres queridos no era justo, pero también tenía claro que por salvarlos cualquier persona haría lo que fuera.

Cuando cruzaba por el parque central una idea llegó a su cabeza. Pensaba que si utilizaba indigentes para salvar a sus seres queridos su conciencia estaría un poco más tranquila pues nadie los extrañaría, nadie lloraría por ellos y en el pueblo a nadie le importaban. Convencido de lo que haría, Fausto fue en la búsqueda de indigentes aunque no estaba seguro de encontrar la cantidad que necesitaba para lo que quedaba de semana. Casualmente en el parque había un hombre viejo y muy sucio que de manera tranquila hurgaba en la basura en busca de algún bocado de comida, sin dudarlo un segundo, Fausto se dirigió hacia él.

-¿Cómo le va buen hombre?, preguntó Fausto al indigente.

Sin encontrar respuesta alguna Fausto sabía que tenía que insistir para ganar la confianza del indigente.

-Supongo que tiene hambre, ¿le gustaría que lo llevara a comer algo?, insistió Fausto.

En ese momento el indigente levantó su cabeza hacia Fausto y dejándole ver una desagradable sonrisa asintió con la cabeza.
-Pues vamos, compraré para usted una pieza de pan, le propuso Fausto.

Mientras caminaban hacia la panadería Fausto pensaba en la manera como llevaría a su lado al indigente hasta la media noche pues faltaban varias horas. Después de comprar el pan otra idea le surgió a Fausto.

- ¿Sabe usted?, exclamo Fausto, conozco a un hombre que roba comida del mercado en las noches y hoy a media noche me regalará una parte de la que consiga, ¿le gustaría acompañarme?, prometo regalarle a usted la que mi amigo me dé.

Los ojos sucios del indigente dejaron ver su alegría y agradecimiento ante la supuesta generosidad de Fausto.

-Espero encontrarlo en el parque a las once de la noche si de verdad quiere la comida, advirtió Fausto al indigente.

Fausto se apartó del indigente aunque no dejó ni un instante de observarlo a la distancia, lo siguió muy cauteloso durante lo que quedaba del día pues sabía que si a las once el indigente no le cumplía él tendría que afrontar las consecuencias con la muerte. Llegó la noche y muy cumplido Fausto fue a despertar al indigente que dormía tranquilamente en el parque, muy contento por lo que supuestamente sucedería el sucio hombre se levantó rápidamente y se dispuso a seguir a Fausto. Para no correr ningún riesgo llegaron a la cita cuarenta minutos antes de lo acordado, las calles ya permanecían vacías y se sentaron en el suelo a esperar que el reloj marcara las doce, mientras tanto Fausto sabía que ese inocente hombre no merecía morir pero también era cierto que sus seres queridos tampoco lo merecían.

El reloj de Fausto marcó las doce después de esa eterna espera, el miedo y la ansiedad le invadieron el cuerpo mientras miraba insistentemente en todas las direcciones, por un momento pensó que la muerte no le cumpliría o que el fallecimiento de Marcos había sido una simple casualidad. Tan solo unos segundos después una voz que por poco provoca un infarto a los dos hombres irrumpió en la noche.

-Me da mucho gusto verlo Fausto, dijo la muerte que repentinamente apareció a espaldas de los dos hombres.

-Veo que esta noche si tuvo la osadía de venir a su cita, agregó la muerte que en ese momento dirigió su mirada al confundido indigente.

-Muy bien, me agrada que me haya cumplido, exclamó la muerte.

Muy nervioso se encontraba Fausto en ese momento y no pronunciaba palabra alguna, por otro lado el indigente continuaba con ansiedad esperando la comida que le habían prometido. Fue en cuestión de segundos que el viejo indigente se desplomó en la acera al tiempo que la muerte a paso largo se perdía en la penumbra y Fausto corría asustado por lo que acababa de suceder.

Llegó a su casa muy asustado, su mamá y hermanas estaban durmiendo y no notaron cuando Fausto llegó. Tirado en su cama pasó toda la noche sin poder dormir bien pues su problema no había terminado y aún a más personas tendría que engañar para que murieran injustamente. No salió a trabajar en la mañana, cuando su madre lo notó supuso que la muerte de Marcos lo había afectado mucho y prefirió no molestar a su hijo. Al mediodía Fausto y su familia estaban listos para asistir al sepelio de Marcos, después de eso, era necesario que otro indigente apareciera para que Fausto lo engañara como ya lo había hecho el día anterior.

Fausto salió del cementerio a las 2 de la tarde rumbo al parque pues pensaba que allá encontraría fácilmente otro indigente. No contó con suerte pues allí no encontró nada pero luego de pasear desesperadamente por todo el pueblo encontró a una mujer que junto a la iglesia pedía dinero a los parroquianos y de la misma manera que abordó al indigente el día interior lo hizo con la pobre mujer. El mismo engaño utilizó Fausto con aquella mujer quien sin dudarlo aceptó la propuesta pero ahora se encontrarían a las once treinta en el parque. Más confiado, Faustino estuvo pendiente esta vez de la mujer pensando que aquella muerta de hambre no tendría motivos para incumplirle la cita.

La noche llegó y hacia el parque Fausto se dirigió en busca de aquella limosnera que ahora tendría sus minutos contados. Gigante fue el susto que se llevó Fausto pues su reloj marcaba las once treinta y cinco y la mujer no había llegado, nervioso y muy optimista esperaba impaciente a la mujer como habían acordado. Nunca se cumplió la cita y corriendo hacia la esquina Fausto pensaba pedir otra oportunidad a la muerte. Cuando llegó a la esquina la muerte se encontraba esperando a Fausto y cuando notó que llegaba solo, desapareció instantáneamente sin dar oportunidad a Fausto de explicar nada.

Acostado en la acera Fausto lloraba desesperadamente y sabía que ya nada podía hacer para evitar que un ser querido muriera. Pensaba en su madre, sus hermanas y su novia pues eran las mujeres que más quería y no soportaría perder a alguna de ellas. Casi al borde de la locura, Fausto continuaba llorando hasta el punto de quedar exhausto y caer vencido por el sueño en plena calle. En la mañana, despertó con el aspecto de un mendigo y corrió por las calles sin dirección alguna, no quería ir a su casa por temor a encontrar alguien muerto, tampoco quería ir donde su novia por el mismo motivo.

Corría ahora en dirección a una de las salidas del pueblo, cuando cerca estaba del puente que se levantaba sobre el río Reminiché pensó que el suicidio sería la solución a sus problemas. Casi loco y desesperado por su situación no dudó en saltar los cuarenta metros que separaban el puente del río. Inconsciente de lo que hacía, Fausto cayó al agua y como no sabía nadar esperaba una muerte pronta pero… inexplicablemente el cuerpo de Fausto comenzó a flotar y sentía que como por arte de magia alguna fuerza lo arrastraba hacia la orilla del río. Confundido por lo que acababa de suceder pero siempre pensando en que quería morir, Fausto intentó ahorcarse pero… no sentía asfixia alguna mientras su cuello lo apretaba una cuerda; por otro lado, en un intento por cortar sus venas su piel se hacía muy fuerte y no conseguía rasguño alguno.

Luego de sus fracasos, Fausto cayó ahora si en la absoluta demencia y rondaba por las calles de su pueblo diciendo que él era la muerte. Al cabo de unos días algunos de sus vecinos lo reconocieron, pues su familia y su novia habían muerto días antes como era de esperarse, y lo llevaron al manicomio que se encontraba en la ciudad capital. Allí continúa Fausto, ahora es un viejo y conocido interno del manicomio que desde hace años afirma ser la muerte. Lo curioso para quienes lo atienden es que nunca ha probado bocado alguno y aún así sin agua ni alimentos ha sobrevivido durante varios años en una envidiable condición física.

Texto agregado el 22-01-2007, y leído por 16 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2007-01-22 21:44:29 Un estilo que se acelera mientras se lee... Algo largo,pero que merece y mucho la pena, y no es problema para quien le gusta leer. Un relato acertado por su trama, su aire tétrico, el mérito de un logro tan bueno, y un final colosal...Me gustó churruka
 
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