Era una noche quieta cubierta de brumas. Y estrellas inmensas, inmoviles como clavadas en un pergamino azul. La tarde con todas sus horas trabajadas se habia pasado calladamente al extremo del pequeno pais. La temida sombra de los arboles guardaba en su seno el sueno de los pajaros. Y algunas personas como pequenas manchas estaban sentadas en las bancas de un parque. La luna despeno por las faldas de los cerros y un viento suave como un oleaje marino disipo las brumas que huyeron como fantasmas desgajados de un sueno arabesco. Un trio de voces recogido por el viento cantaba a la par del rasgueo de una guitarra y las notas agudas de un magico violin. En el centro de todo, como un rey intocable, como un mar extendido con sus ramas, estaba el Genizaro, que guardaba en su tronco las historias contadas por los abuelos del magico pais. Bajo su fronda obscura y gigante las parejas se abrazan, poniendo en sus bocas el beso inmortal. El Genizaro movia sus ramas, y el chasquido del viento contra la verde hojarasca mordia su tronco lenoso y tranquilo. El gran senor de la tierra lo llamaban unos como temiendo que un dia su larga presencia no estuviera alli. Como un gigante cubierto de escamas cubria las calles que lo vieron nacer. La luz encendia el sereno del parque, mientras el frio relente que bajaba de la copa de los arboles, invadia las calles trayendo consigo la voz del poeta que canta al destino su marcha triunfal. Su ronco sonido me grita y la sombra de tus anos transcurre, soplada sin fuerza... Oh, tronco, robusto arbol, raiz de mi existencia y de esta pena que me hace llorar! |