No eres más que un puto insecto díptero.
A mí no me impresionas con tus dos antenas,
ni con tu par de palpos plumiformes.
Tampoco me conmueve ni me excita
tu trompa recta de aguijón armada.
Mas debo confesar –nobleza obliga-
que fue intentando descubrir tu sexo
como entendí que coños era aquello
del “tercer ojo” en medio de la frente,
a que aludía el tibetano trucho.
Fue así porque sabiendo que las hembras
andan chupando sangre cual vampiros,
mientras los machos sólo liban flores,
pude saber tu sexo fácilmente,
sin que mi ojo izquierdo divisara un pene
ni el derecho una vulva de mosquito.
¿Con qué, si no con el tercero, entonces?
Y basta ya de charla y de zumbidos,
que comienzo a aplaudir, hijo de perra.
|