En lo alto del campanario de nuevo el silencio se posaba junto a las palomas.
La sombra del párroco se alongaba tras dar las últimas campanadas anunciando una nueva desaparición, la de su último monaguillo.
Hacía décadas que nadie celebraba boda o bautizo alguno en aquel añejo y arrugado pueblo. Las grietas en sus viejas casas no albergaban más que ancianos, animales de ordeño y matanza.
Huevos frescos cada mañana, soledad dura cada tarde y desconsuelo por las noches.
“La montaña es más sana” predicaban los más atrevidos a los pocos turistas hippies que se acercaban a fumar…
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