Tal y como habíamos acordado, mi primo Valentino llegó a casa a recogernos a mi hermana y a mi. Ambas asistiríamos a nuestra primera fiesta de máscaras. Nunca antes la noche había sido tan hermosa en la ciudad. La luna, en cuarto menguante, brillaba sobre el canal donde una góndola nos esperaba. Subimos al rojo terciopelo de su interior que contrastaba con el negro charol de sus bordes, el agua con claroscuros murmullaba con suavidad al paso de la pértiga del gondolero.
Camino a la plaza de San Marcos, nos encontramos con varias góndolas en sentido contrario, una de ellas trasladaba a una pareja de recién casados, cuyo gondolero cantaba una suave y romántica canción. Durante algunos minutos pudimos saborear aquella miel en los labios, luego el gondolero giró al canal contiguo y con ello perdimos su voz.
Paramos debajo de Puente de Los Suspiros, unos jóvenes aprovecharon nuestra llegada para coger la góndola de vuelta.
- ¡Buona notte, señorinnas!- se despedía el gondolero- quitándose el sombrero de color paja con una cinta azul y blanca.
- Buona notte- respondimos al unísono-
Un par de metros más allá, en el restaurante “Rigoletto” nos esperaban unos amigos de mi primo. Llegamos hasta allí por una estrecha calle que conectaba directamente con el gran canal. En el embarcadero, un constante ir y venir de góndolas engalanadas para la ocasión. Todos bajaban con hermosos trajes y espectaculares máscaras, de todos los colores, de todas las formas y texturas, pero envueltas bajo la misma magia.
Enfrente el gran palacio Ducal, y al lado el portón del León, que envuelto bajo una cinta roja y blanca nos daba la bienvenida. Desde allí empezábamos a escuchar los ensayos de la orquesta que nos atraía como un potente imán. Miles de luces brillaban sobre la plaza y en lo alto de la torre del Campanille, un repicar de campanas guiaba a los despistados hacia la fiesta.
De un lado a otro de la plaza colgaban unas cintas brillantes entrelazadas en caprichosas formas, y bombillas de todos los colores. Al fondo el escenario principal, una tarima de madera y un telón de terciopelo azul. Sobre la misma los músicos seguían con su ensayo, interpretando partituras de todos los estilos.
Todas las señoras, vestíamos trajes de época, corpiños muy ajustados y amplias faldas hasta el tobillo. Unas hermosas pelucas, morenas, rubias y pelirrojas, siempre rizadas cayendo sobre la espalda. Una gran variedad de máscaras ponían el punto más importante a la vestimenta.
Los caballeros, vestían amplios pantalones y botas altas por encima del pantalón, blusas blancas, la variedad de color la ponían en los chalecos de colores y encima una gran capa negra. Sus máscaras eran más austeras, unas plateadas, otras doradas y las restantes color bronce. De igual textura, todas rígidas, se diferenciaban entre ellas por el tamaño y forma de la nariz.
La tradición marcaba que las mujeres se colocaran a un lado de la plaza y los hombres al lado contrario. Al poco tiempo un baile de época nos llevaba a acercarnos los unos a los otros, con movimientos meditados, misteriosos, seductores y llenos de magia.
Lo normal era coordinarte con tu pareja pero en esta ocasión los amigos de mi primo eran mayoría con respecto a nosotras. Así que unas pocas nos quedamos fuera del grupo aunque no sin bailar. Cruzamos pases de baile y parejas entre nosotras, mientras sonreíamos e imaginábamos quién estaba debajo de cada máscara. Coqueteábamos con suaves movimientos, queriendo ser vistas pero sin dejar ver. La gente se empezaba a animar y en pocos minutos la gran plaza de San Marcos fue un hervidero de jóvenes y no tan jóvenes que se divertían y formaban parte de la tradición.
En ocasiones entre baile y baile nos daba tiempo de descansar, lo que aprovechábamos para hablar. Fue así como conocí a Lorenzo, una voz grave bajo una máscara dorada, sus ojos eran color miel y su piel blanca. No paraba de sonreir pero su boca quedaba oculta, era un enigma más para mí.
Mi primo se nos acercó para ver qué tal estaba, y se lo presenté.
- Vamos a tomar una copa en aquella terraza-vamos- nos dijo.
Pero ni aún tomando una copa podíamos descubrirnos, teníamos que estar ocultos tras las máscaras y tomar la bebida con pajitas. Lorenzo se sentó a mi lado y se integró rápidamente en el grupo, casualmente algunos eran conocidos suyos, amigos en común.
Sin darme apenas cuenta me sorprendí en una plaza tan grande y rodeada de tanta gente, con la suave sensación de estar sola, bueno casi sola porque me acompañaba Lorenzo. Hablamos de muchas cosas, de su familia, de su canal, su pasado, sus sueños y metas, sus inquietudes y un largo etcétera.
- El baile continúa chicos - escuché directamente en mi oído-
Mi primo y resto del grupo habían pagado nuestras copas y nos avisaban del plan.
Era el turno del gran baile, la plaza enmudeció para darnos la bienvenida a los novatos (como yo) que con ese acto quedábamos oficialmente “presentados en sociedad” en la noche más mágica de Venecia. Siempre con un familiar como pareja de baile, iniciamos el mismo frente al palacio Ducal, el resto de presentes nos hacían coro entre aplausos y vítores de alegría.
La luna no sólo se reflejaba en los canales, también lo hacía en medio de la plaza. Llegaba tan misteriosa como la noche, tan divertida como la fiesta y tan entregada como todos nosotros.
Lorenzo fue el primero en felicitarme tras el baile oficial, me dio dos suaves besos, su perfume embriagó mi nariz y se quedó en mi garganta.
A ese baile le siguieron muchos más, nos divertimos mucho pero llegaba la hora de irse. Muchos aguantaban hasta el amanecer pero otros abandonaban por cansancio. Eché un último vistazo a aquella hermosa plaza de ensueño y magia. Cruzamos los puentes a pie en dirección a casa, y al llegar al Puente de Los Suspiros se separó el grupo. Los amigos de mi primo se fueron andando, Lorenzo los acompañó. Mientras mi hermana, mi primo y yo cogíamos una góndola.
Lorenzo me pidió mis señas para vernos en un futuro y yo en un intento de no romper el misterio que nos había acompañado toda la noche, solo dejé caer mi pañuelo de encaje a juego con mi máscara.
- Toma, se te ha caído- me dijo-.
- No, lo he dejado caer, es para ti -sonreí-.
Su cara seguía siendo un misterio para mí, pero sus ojos no y ahora delataban algo de confusión.
- Muchas gracias, pero….. ¿Eso es todo? -prosiguió-
Sin perder la sonrisa le respondí:
- Es lo necesario. Ahí llevas mi esencia y algo más, yo llevo tu perfume en la garganta.
Esa fue la despedida pero antes de cruzar el canal pude ver cómo desdoblaba el pañuelo. Escuché sus alegres carcajadas, había leído mi mensaje.
- ¡Es suficiente! – gritó con fuerza - para que pudiera escucharlo.
Y entre nuevas risas de complicidad levantamos la mano con un “hasta muy pronto”.
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