El sicario
La lumbre de su cigarrillo se agitaba al rojo vivo; se enfurecía con cada chupada de sus labios agrietados y alumbraba por instantes su rostro macilento de pergamino viejo en la oscuridad de la cocina. Exhalaba el humo del tabaco con alivio, con placer. Las bocanadas se filtraban entre sus dedos y le rozaban las mejillas. Permanecía inmóvil, sentado con los codos apoyados sobre la mesa sin despegar el cigarrillo de los labios, con la mirada perdida en el vacío. Únicamente cambiaba de posición para llevarse un pitillo a la boca. Era todo un ritual: se abalanzaba despacio hacia el paquete como un dinosaurio disecado de museo. Cada movimiento le suponía un esfuerzo.
Amanecía. La oscuridad dejaba paso a la penumbra y la ascua de su colilla se desvanecía en la claridad naciente; desaparecía insignificante e insulsa como su vida, sin anhelos, sin sueños, sólo silencio, el silencio y el olvido.
Las sombras de la noche se retiraban, telón pesado de teatro que ascendía y ofrecía al público una visión insólita: un hombre maduro, de ojos apagados y nariz aguileña, de mejillas hundidas y sin afeitar, de pecho velludo, magro y alto como la postal de un santo, vestido con una camiseta blanca y sin mangas, y los pantalones a rayas de un pijama raído. El hombre no dejaba de fumar mientras se frotaba la parte posterior del cráneo, donde la calvicie ya hacía estragos.
El sol se despertaba. Estaba de buen humor y prometía un día radiante. Bañaba con su rayos la paredes sucias de un azul descolorido. Nuestro personaje, apático y con la mirada extraviada en sus abismos, se desperezó y con un gemido, con una mueca que reflejaba su hastío, su indisposición ante la vida, se encontró de nuevo en su mundo, en una existencia que detestaba. Se levantó sin ganas y se preparó un café. Mientras esperaba el silbido de la cafetera bajó las persianas ahuyentando el sol de sus ojos. Con una taza de café negro y dando sorbos pausados volvió a sentarse en la mesa. Extrajo de su cajón un cuchillo de cocina y abrió un sobre marrón de gran tamaño que ya llevaba varios días encima de la mesa. Antes de abrirlo se puso los lentes y con una sonrisa seca y fatigada rompió el silencio:
--Bueno, veamos lo que nos ha tocado esta vez -- exclamó con la voz ronca de nicotina.
Extrajo los documentos del sobre certificado y los ordenó meticuloso sobre la mesa. Se trataba de un dossier con fotografías, apuntes e informes de cierta persona. En la primera página junto a los datos personales habían pegado la foto de un individuo vestido de sotana, con cara de perro San bernardo y de cabeza cuadrada, con gafas de culo de botella, pelo al cepillo, de cuello de toro, obeso y paticorto. Y sin embargo a pesar de su aparente fealdad, emanaba de su figura una firmeza inquebrantable.
--¡ Ah mira por dónde, un curita ! -- exclamó, -- Así que este es el pollo al que tenemos que liquidar --añadió con sorna.
Y continuó leyendo en voz alta: “ Antonio Pozas Molinero, nacido el uno de mayo de 1960 en La Catalina, párroco de...”. Se saltó las siguientes líneas. Ya sabía quien era. Lo conocía por los periódicos. Aquel cura loco que le hacía la vida imposible a los terratenientes locales, siempre metiendo cizaña entre los jornaleros de la zona. No le extrañaba que los latifundistas estuvieran hasta las narices de él. Y alguien tenía que hacer el trabajo sucio....
A medida que se concentraba en el trabajo y se sumergía en el dossier cada célula de su cuerpo recobraba la energía perdida. Sentía cómo una sensación de entusiasmo lo invadía. No, no era la sensación de poder, de enfermiza venganza cuando apretaba el gatillo ante los ojos aterrados de su víctima. No, no era la sensación de poder cuando mataba. Lo que en realidad le hacía sentirse vivo era el previo planteamiento del crimen, la organización del mismo; hasta sentir, pensar o actuar como la víctima antes de asesinarla. Era como un actor insuperable pero sin fama, anónimo y oculto entre las sombras. Eso le bastaba.
Sabía de antemano que su trabajo, si así se lo podía llamar no tenía finalidad alguna. Sólo servía para preservar el poder de los de siempre. Pero eso a él le traía sin cuidado. Había perdido su moral y la conciencia con su mujer embarazada de tres meses acuchillada y violada en un callejón oscuro cerca del hospital en donde trabajaba como enfermera. La habían maltratado, asesinado sin más, sólo por diversión o aburrimiento, sin motivo alguno. Habían sido cuatro sus verdugos. Los cazó a todos, uno después de otro. No tuvo problemas con la justicia. Únicamente lo expulsaron del cuerpo de policía y zanjado el asunto echaron tierra por medio. Más tarde se dio al alcoholismo, hasta que un viejo amigo que había sido compañero suyo le ofreció un puesto como sicario dentro del hampa. Ya había matado, así que no tuvo ninguna dificultad en convertirse en un asesino, en un ángel exterminador. Con cada crimen que cometía su reputación aumentaba. Adquiría conciencia de artista en su siniestro oficio.
Inerte pero bien vivo y tenso, como cocodrilo de pantano al acecho, absorbía las informaciones necesarias. Una última nota le obligó a reaccionar: “ Antonio Pozas Molinero dirá la misa el doce de abril a las siete de la tarde en la parroquia de Santa Ana en la Concepción”. Echó una ojeada rápida a su reloj.
-- ¡ Maldita sea! Hoy es el doce abril -- Masculló entre dientes.
¿Cómo podía haber sido tan descuidado?, ¿Por qué había esperado tanto en abrir el sobre? ¿ O es que se estaba volviendo viejo? En fin , ya no tenía sentido lamentarse. Volvió de nuevo a consultar la hora. Aún estaba a tiempo de despachar al curita. Hasta la Concepción eran tan sólo cuatro horas de tren. Si conseguía alcanzar el expreso de la una se presentaría allí a las cuatro, y a eso de las cinco seguro que estaba en la parroquia de Santa Ana, con tiempo suficiente para estudiar los alrededores y ocuparse de su víctima. Siempre había encontrado el momento idóneo, el instante preciso para concluir con éxito sus trabajos. Pero era una lastima no poder disfrutar el encargo más a fondo en esta ocasión.
Se alzó, se afeitó y se dio una ducha fría. Con sumo esmero limpió y aceitó su pistola, una Walter Pk. Se vistió con una camisa blanca, pantalones de lana negros y zapatos y calcetines del mismo color. Se miró con detenimiento en el espejo. Por último se plantó con los brazos en jarras delante del ropero abierto buscando una pieza adecuada, cuando sus ojos con una expresión de triunfo se posaron sobre una vieja chaqueta de pana marrón, reliquia de su estancia en la brigada criminal.
-- ¿ Por qué no? -- exclamó satisfecho.
Se abrochó la chaqueta y se volvió a contemplar en el espejo.
-- ¡ Si señor, qué bien te queda todavía ! -- por primera vez desde hacia días, o semanas sonrió.
Introdujo con cuidado la pistola y el silenciador envueltos en un trapo dentro de su bolsa de viaje. Se encasquetó una boina negra y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de abandonar sus cuatro paredes regresó a la cocina. Echó una breve vistazo a la mesa, al cenicero rebosante de colillas, a las paredes descoloridas y por un instante sus rasgos relajaron. Fueron tan sólo unos segundos.
Bajó silencioso las escaleras y se alejó por la acera en sombras evitando los encuentros. Lejos de su barrio detuvo un taxi que lo llevó a la estación central. Una vez allí compró un billete de ida y vuelta a La Concepción. Le sobraba el tiempo, así que se sentó en un puesto donde ofrecían café y bocadillos cerca de los andenes. Consumió un sándwich de jamón y un café con leche. Mientras alimentaba a las palomas con migas de pan descubrió que se sentía arropado entre tanto ruido. Observó la multitud de individuos grises que pasan por su lado sin devolverle la mirada, esbozos de vida anónimos y derrotados como él. Ya había sentido durante el trayecto en taxi la presencia un objeto duro y cuadrado en el bolsillo interior de su chaqueta. Lo sacó con disimulo. Se trataba de un librito con capítulos del antiguo testamento. No pudo más que sonreír. Lo ojeó. Recordaba vagamente haberlo leído en la escuela. Lo único que aún le vino a la memoria fue la historia de Caín y Abel. Qué simpático le había caído Caín. En aquel entonces estaba convencido de que Abel había estafado a Caín y que por eso mismo éste lo había matado. ¿Qué se creía aquel Adonis con ricitos de oro y de tiernos ojos azules? Se lo tenía bien merecido por presumido y prepotente.
Los altavoces de la estación anunciaron la entrada de su tren y él enterró en un segundo los recuerdos en el pasado. Avanzó por el anden en busca de su vagón sorteando a los viajeros que se le cruzaban en el camino. Se instaló en su departamento relajado por no tener que compartirlo con nadie. Se desabrochó la chaqueta y la colocó sobre el portamaletas. Situó la bolsa de viaje entre sus pies. Se acomodó en el asiento al lado de la ventanilla. Faltaban apenas unos minutos para que el tren partiera cuando la compuerta del departamento se abrió. Apareció un anciano de rostro bonachón, flaco, enjuto, de pelo blanco y ensortijado, con las cejas pobladas en franca rebeldía, de gestos lentos y temblorosos. Parecía como si estuviera a punto de desarticularse, de romperse en pedazos. Le sonrió amable con una risa contagiosa y dulce. Pero lo más enigmático de su rostro era la mirada risueña de aquellos ojos azules, luminosos, claros y profundos.
--¡ Buenas! ¿ Está este sitio libre? -- saludó el viejito amable mientras señalaba el otro asiento al lado de la ventanilla.
El asesino afirmó con una apenas visible inclinación.
--¿ Qué?, ¿ De viaje joven?
-- Sí
-- Ah ¿ Y a dónde va si se puede saber?
Se quedó mirando al anciano unos segundos antes de responder.
-- A la Concepción
-- Pues yo también.¡ Qué alegría! No sabe usted lo aburrido que es viajar solo -- e ignorando las molestias que su lengua vivaracha originaban en su ya irritado oyente, continuó con su purgatorio de preguntas, -- ¿ Va usted a visitar a la familia o de negocios ?
-- Ni lo uno ni lo otro -- deseoso de que el viejo se callara de una vez.
Y después de observarlo unos instantes volvió al ataque con sus preguntas:
-- ¿ De paseo?
-- Sí --dijo con un suspiro.
-- ¿Y cuanto tiempo se queda?
-- Un día -- respondió exasperado
-- Yo ... Me quedo una semana. Voy a visitar a mis nietos. Pero esta tarde acudiré a la misa de nuestro párroco rebelde, Antonio Pozas Molinero ....¿ Lo conoce ?
-- Sí... Ese es el motivo de mi viaje -- No pudo más que decirle la verdad. Cabía la posibilidad de que se volvieran a encontrar de nuevo durante la misa y no deseaba despertar sospechas.
Ah ¿ De verdad? ¡ Qué coincidencia! -- y alegó, -- No es mala persona, aunque sea un poco
cabezota y siempre este buscándole los tres pies al gato. Además, algo de verdad si que tiene el curita. ¿ No le parece?
Sin parar de hablar el anciano desplegó con parsimonia la mesita para luego depositar sobre su base un termo con café y una bolsa repleta de bocadillos. Apenas tenía equipaje aparte un estuche de cuero negro que mantenía siempre bien sujeto bajo el brazo.
-- Sí, sus discursos son muy interesantes -- habló por llenar el vació.
--¡ Ay, qué descortés! Me llamo Leandro Córdoba del Valle, soldador retirado, para servirle -- se presentó el anciano.
-- Yo Cristóbal Hoyos Felipe, del sindicato bancario – afirmó parco, con más información de la necesaria para que lo otro no le siguiese perforando con una interminable sarta de preguntas.
-- Encantado
-- Igualmente – respondió con un fuerte apretón de manos.
-- ¿ Quiere café? -- y antes de que pudiera responder, ya le venía encima la siguiente pregunta, -- ¿ Y un bocadillo?
-- No gracias, me contentaré con un café – le costaba contenerse y no mandarlo al carajo u otra cosa peor.
El anciano sirvió el café en dos vasos de plástico. Antes de que bebiera un trago del suyo el anciano se lo impidió con un ademán y le guiño un ojo con picardía. Seguidamente extrajo una petaca de su bolsillo y vertió un chorro de aguardiente en ambos cafés. Sonrió mientras lo hacía.
-- Es bueno para el reuma -- sentenció con guasa.
-- Seguro -- respondió él con otra sonrisa postiza.
Entre charla y charla y disfrutando del paisaje que deslizaba veloz por la ventanilla, transcurrió el tiempo en un vuelo. Sólo una vez se alarmó. Dormitaba con el suave vaivén del tren cuando advirtió que el viejo lo observaba. Abrió los ojos y se topó con el rostro del anciano que lo contemplaba para su gusto de manera muy extraña. El viejito desvió la mirada hacia el paisaje al mismo tiempo que emitía un chasquido de desagrado con la lengua. Él no le dio importancia al incidente. Pensó que eran manías de un viejo loco.
Por fin llegaron con algo de retraso a La Concepción. Caminaron juntos por el anden hasta que le dijo al viejito que tenía que llamar por teléfono a su mujer para decirle que había llegado sin problemas. Se excusó ante el anciano feliz de poder zafarse de una compañía tan molesta. El otro no puso reparos.
-- Sí, sí, no se preocupe. Ya nos veremos luego en la iglesia. -- afirmó el anciano con gesto vago, como si lo quisiera despachar ahí mismo.
-- Sí, hasta luego-- se alejó aliviado. Su silueta se perdió por los andenes entre la muchedumbre de viajeros que se desparramaba bulliciosa por la estación.
Después de comer algo en un bar descansó sentado en el banco de un jardín público junto a una fuente. Se concentró, se preparó para la última escena que aún debía representar. Antes de dirigirse a la iglesia se fue a los lavabos de la estación. Sentado sobre el retrete montó el silenciador. Comprobó el buen funcionamiento del arma y se la metió en la cintura. Por último se fumó bien tranquilo un último cigarrillo antes de partir.
Se presentó en la iglesia media hora antes de la misa. Estudió minucioso las posibles vías de escape por si había complicaciones. Inspeccionó el magnífico edifico de estilo colonial, de paredes pulidas y centelleantes cristaleras, cuyos fulgores inundaban de brillos toda la plaza adyacente en donde se erigía solitaria la iglesia de Santa Ana.
Cuando entró en el edificio la humedad y la brisa de la tarde lo aliviaron, alejando el sopor de aquel día caluroso que durante todo el viaje le había producido una sensación incómoda y de ahogo. La iglesia estaba repleta hasta los topes. Aparte de algunos obreros la mayoría eran jornaleros y campesinos. No se sentó ni adelante ni muy atrás; buscaba con eficacia pasar desapercibido. El sermón no había comenzado aunque el párroco rebelde ya había hecho acto de presencia, cuando percibió cómo alguien le propinaba un codazo amistoso en las costillas. Del susto y del golpe inesperado estuvo a punto de perder su pistola que comenzaba a deslizarse por la ingle. La detuvo con un movimiento rápido de su mano. El viejito surgió de la nada y sonriente como siempre le dirigió la palabra:
-- ¿ Dónde se había metido ? Ya me estaba preocupando. Pensaba que se había perdido por ahí -- y sin darle tiempo a responder lanzó la siguiente pregunta, -- ¿Qué?, ¿ Le gusta la ciudad?
-- Sí, no está mal -- dijo conforme recobraba la calma.
-- Ah por cierto, se me olvidaba. ¿ Quiere usted conocer a nuestro curita? – le preguntó bajando la voz con una mirada persuasiva y cómplice. Sus ojos azules volvían a brillar risueños.
El asesino se lo quedó mirando unos instantes sin demostrar demasiado interés, y como el que no quiere la cosa, preguntó incrédulo:
-- ¿ Es una broma?
-- ¡ Qué va a tratarse de una broma! Lo digo en serio -- respondió el anciano irritado y añadió con más calma:
--¡ Escuche! Cuando se acabe la misa después de saludar a los presentes, él va estar en el último confesorio de la izquierda impartiendo la absolución a los que quieran comulgar. Espere a que todos se hayan confesado, por supuesto yo también, y luego usted se acerca y charla con él... Ya se lo he dicho y no tiene ningún inconveniente -- sentenció el anciano aparentemente satisfecho.
-- ¿Sí?, ¿ Pero usted le conoce? -- preguntó extrañado.
-- Sólo un poquito -- afirmó el viejito dándose importancia
-- ¿Qué le parece la idea? -- inquirió el anciano.
-- ¿ Y por qué no? -- respondió con un movimiento de hombros.
-- Pues no se hable más...
No pudieron seguir hablando, en ese mismo instante comenzó la misa. Él asesino miró hacia arriba, hacia la bóveda en tinieblas perturbada por los valientes haces de luz y de polvo que se colaban por los ventanales policromados del edificio. ¡Qué suerte la suya! No se lo podía creer. Era evidente que el destino estaba de su parte. Sí, realmente encontraba siempre el momento idóneo para finalizar su trabajo; para purificarse y poder volver al vació de su soledad. Sintió lástima. En cuestión de minutos, a lo sumo en un par de horas todo habría concluido. Y precisamente esta piltrafa a su lado, este viejo loco, charlatán y molesto le facilitaba las cosas. Un júbilo inesperado lo invadió. Satisfecho escuchó paciente el apoteósico discurso de su víctima.
Antonio Pozas Molinero era feo, feo hasta desagradar. Y sin embargo la fuerza de sus palabras era capaz de enardecer a las masas. Razones no le faltaban para nombrar por su nombre a los terratenientes: culebras, explotadores, carroña, hasta demonios. Si él no hubiera estado ahí para matarlo se habría unido sincero a los aplausos.
Transcurrían los minutos. La misa, el discurso y la cólera de un Díos justo, de un Díos para los pobres llegaba a su fin. Esperó todavía unos minutos hasta que la iglesia se vaciara. El párroco desapareció de su campo visual, pero bien sabía ahora donde encontrarlo.
Se percató de cómo las últimas tres personas en la iglesia, aparte de él y su victima, se congregaban en fila delante del confesionario y aguardaban a que el párroco les absolviese de sus pecados. El primero en la fila era un joven bien parecido de pelo rubio, chupado, que cojeaba ligeramente y vestía un traje de franela gris. La segunda en comulgar era una mujer obesa con un traje estampado de flores que portaba un sombrero algo estrafalario. Qué curioso, se acordaba haberlos visto en el tren durante el viaje. Y cómo no, por último el vejete. Éste había localizado fácilmente al asesino, que precavido permanecía ocultado tras una columna. Le hacía señas asomando la cabeza entre los pilares, exhortándolo a que se acercara. El asesino no tuvo más remedio que aceptar este último desafío.
-- En fin, me quería despedir de usted. Ha sido un placer conocerle --afirmó el anciano conmovido y tomando su mano entre las suyas.
-- No, el placer ha sido el mío -- tuvo que controlarse. Detestaba por propia experiencia las despedidas y odiaba aún mucho más toda posible muestra de afecto.
-- ¿ Cuándo vuelve a casa? – preguntó otra vez el anciano sin soltar su mano.
-- Esta tarde – afirmó paciente.
-- Bueno, en ese caso vaya con Díos, hijo.
-- Y usted también abuelo.
Él era por oficio un maestro de la paciencia, pero jamás en su larga carrera de sicario había sentido una irritación tan grande como la que sentía en ese momento, que ya rayaba la frontera entre la ansiedad y el desespero.
Era su turno, el viejito se arrodilló ante el confesionario. ¿Qué penas tendría este torturador de la palabra aparte de su petaca de aguardiente? El tiempo se hacía esperar. El viejito seguía de rodillas sin dejar de murmurar. Cuando ya pensaba seriamente en cargarse a los dos el anciano se alzó por fin. Se alejó sonriéndole por los espacios vacíos de la iglesia y sus pasos se confundieron con el eco.
Permaneció en silencio delante del confesionario imaginándose cómo sería la reacción del cura ante su pistola azulada. ¿De pánico?, ¿Asustado? ¿O decidido a luchar por su vida? Acostumbrado a ejercer opresión no soportó por más tiempo la presión. De un manotazo corrió las cortinas de la casilla deseoso de encontrarse por fin cara a cara con su víctima.
Se tropezó con el vació. No había nadie dentro. De repente escuchó cómo si alguien descorchara dos botellas de champán. El asesino conocía muy bien ese sonido. Miró su pistola. Él no había disparado. Su mirada se dirigió hacia su pecho y contempló más bien sorprendido que aterrado cómo dos manchas de sangre se extendían empapándole la ropa. Las piernas le fallaron. Aún tuvo tiempo de agarrarse al confesionario y darse la vuelta. El viejito con pistola en mano le sonreía, con esa risa risueña, simpática, casi cariñosa. Despacio intuyó que todo había sido una trampa, que para algunos sabía demasiado. Moría al final como siempre había vivido. Ya no era el personaje principal, sólo una comparsa, la víctima, y no podía esperar un final feliz. Mientras se desplomaba muerto y su alma o lo que fuese huía hacia la nada, fue consciente de que no le importaba en absoluto que le hubiesen reventado el corazón de dos balazos, o que lo hubiesen cazado como a un novato principiante. Sin embargo, no se hacía a la idea; no soportaba que alguien le aventajase como actor; que alguien interpretase su papel mucho mejor que él.
Churruka, 10.03.2006 |