‘Amor en Jerusalén’ (r)
Debido a la cortés advertencia de uno o dos lectores : ¡hacelo más íntimo ! Confieso, me he visto tentada a realizar el reciclaje de este texto, no sé si a veces se nos va de las manos...¡Gracias a los anteriores comentarios que siguen en mi alma! Todo lo que aquí se exprese es fruto de la fantasía, aunque reconozco que es una pena!!!...Y bueh!...
Era en Jerusalén, la Ciudad Sagrada. Sentí la fuerza prodigiosa de su tierra con honda emoción. Luego de caminar por sus calles y visitar sus muros estaba cansada y decidí retomar la marcha a casa. Mi esposo fue por el auto y yo me quedé sentada en un café haciendo tiempo. En la vereda los canteritos desbordantes de renovadas flores, mesas y gentes daban un aire aún más sorprendente...
La peatonal lucía bulliciosa de personas que cargaban sus bolsas de compras de visitantes. Los turistas habían comenzado a llegar otra vez y eso me llenaba de un sano contento. Al girar la vista un joven llamó mi atención: era blondo de ojos ambarinos. Confieso que no entraba en mis cánones de hombre apuesto pero tenía un ‘no sé qué’ que me perturbaba…
‘Que no me recordaba de nada’-, fue su respuesta al preguntarle por algo superficial. Esta vez reparé en su calzado y en el destello de luz de sus pupilas, bajo unos anteojos circulares que a mi torpe insistencia, echó una noble sonrisa encantadora. Luego fijó su vista en la lectura de su libro y recién reparé en el mamotreto que cargaba. Era la primera vez que me fijaba en un hombre como ‘hombre’, y reconocerlo me perturbó, digo, luego de mi casamiento hacía ya varios años…
Los minutos fueron pasando y comencé a sentirme agobiada y algo aburrida por la espera, ya que lo había visto y comprado casi todo. Le inquirí de nuevo sobre cuál era el tema de la novela que tanta sugestión le provocaba de acuerdo a sus gestos y comentarios al margen que hacía para sí mismo, y al quitar su vista del papel sus ojos se le iluminaron: ‘estoy en la mejor parte, si me permite le puedo narrar'…
De esa manera comenzó esta rara relación entre dos desconocidos en una ciudad que se llamaba de muchas formas y su libro precisamente trataba de una ciudad sagrada: ‘Casi el Ombligo del Mundo’.
El argumento era más que sorprendente y después de varias horas de amable charla, dijo casi para finalizar: estoy entrañado en la vida de estos personajes que llevan una existencia fascinante. Se disculpaba porque no me conocía. Así y todo se atrevió a invitarme a otro lugar:
Como me dio hambre compartimos una regia y opípara cena de a dos, en un restorante más sugestivo aún, a unos pasos del café.
A esa altura no sabía si la calidez de su timbre y el ritmo impuesto a las palabras, lo hacían un lugar imposible de olvidar. Le recordé que era una mujer casada, pero sin prestarle mucha atención siguió narrando los pormenores de su novela, que a esa altura ya me pareció un tanto artificiosa.
Pero tengo que regresar al momento en que miré el reloj de pulsera que se mecía en su mano y eché una mirada a los costados, pero seguía sola, quiero decir: sin la presencia de mi marido.
Entonces traté de desentrañar la historia que hasta a mí me había interesado, al ver mi mirada oblicua sobre la contratapa y con gran cortesía quién portaba el texto narró sin descanso ni sosiego los pormenores de cada capítulo. Me tomó las palmas de las manos como si fuesen tímidas palomas en vuelo y les dio un suave beso. Me dijo que la decisión dependía de mí exclusivamente, que él no iba a forzar nada. Qué curioso: el argumento de todo lo que contenía el libro era un guión muy real, pero lo más curioso era que se parecía en grandes rasgos a mi vida…
‘A una mujer felizmente casada, su tiempo de calma había terminado, su marido impelido por una fuerza brutal había desaparecido. Me extrañó la rara coincidencia y le pedí que continuara. Lo hizo más sugestionado y cayendo en el idiotismo se quedó conmigo hasta casi el final del libro. Luego era yo la que se sentía atraída a esa fuerza que le impelía dejar la charla.
Le agradecí su compañía, nos deseamos buena suerte y nos dimos un beso, un abrazo y por supuesto, los teléfonos.
De igual manera tuve que regresar a casa sola. Jamás olvidaré el final del texto donde la protagonista encontró al amor de su vida con el cual viviera la escena más alucinante que se pudiere imaginar…
En el salón de la casa y con pasión levanté la contratapa del libro donde lucía su rubrica y su teléfono. Era la primera vez que me encontraba con el autor verdadero de un libro y de forma tan apasionada.
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