este ya lo puse por ahi.. pero le he kitado unas cosillas y le he puesto otras.. pocas, pero lo pongo nuevo. jeje. abrazossss
EL CUENTO DE LA VIEJITA ALMA
Tengo un ir y venir de ideas… ideas que corren, que vuelan, que se liberan… para caer en picado, pobres. Las meto en un rincón, cierro las puertas y las escondo, desaparecen, me olvido de ellas, y luego vuelven. Vienen con sus ganas de hacerme soñar, de hacerme sentir sonrisas, vienen y quieren soñarme feliz. Las ojeo por encima y siento el peligro, pobres, tan inocentes… ¡las rechazo!, y las vuelvo a meter en un saco. Éstas no son como las otras, están bien enseñadas, no gritan, ni patalean, ni lloran porque quieran salir… de vez en cuando me piden que abra una ventana, para que les de el aire fresco, ya sabes, pero se quedan quietecitas jugando entre ellas.
La cosa es que a veces se escapan, y no quiero encarcelarlas, no quiero encarcelarme, pero si se escapan… peligra mi vida real, peligran los que las llaman a volar, peligra lo que hace que exista la magia en lo irreal.
Si se escapan… me hacen dudar, me hacen reír, claro, pero… frustran mi alma, porque sigue encarcelada y no quiere salir. No puedo liberar mis imágenes, mis cuentos, si no van de la mano del alma, y no la puedo obligar a desligarse de mí, de lo racional, sé que está atada al miedo… y no puedo desgarrarme de ella porque simplemente está en mí.
Y así seguimos, escondiendo ideas, dibujando disfraces para que nadie las vea, para que no salgan a saludarme y se queden tranquilas entre ellas. Es triste, lo sé. Pero qué triste, aún no lo se.
Vino la tentación a contarme un cuento que le contó la inteligencia una vez, para que yo se la contara al alma, para ayudarme a sacarla de esta nada…
Había una vez un alma, que estaba recluida en una casita en medio de un bosque, con un río precioso, y unas cascadas de escándalo… vivía en paz con la belleza y la naturaleza, ella solita, sola solísima porque ella quería. Se hacía vieja poco a poco, con las gafas caídas, apoyadas en el botón último de la nariz, cosiendo y pintando, y escribiendo y dibujando se pasaba la vida… de vez en cuando se iba al huerto a plantar patatas o a darle de comer a las gallinas, a pasear por ese precioso bosque acompañado de mil animales que saben escuchar pero no hablan… la más culta y honrada y abuela alma. Y un día, así de repente, una idea rebelde se escapó de un saco mortificador y fue a dar con la casita en el bosque donde habitaba el alma, y ella, aunque era solitaria, la dejó pasar… fue su huésped durante un tiempo, y conoció la calma, la belleza que trae el silencio y todo lo que al alma la rodeaba. Un día la idea le preguntó, y usted, ¿no se aburre aquí tan sola y tan callada? Porque esto está bien para unas vacaciones, pero para toda la vida… y el alma le contestó, es que no me queda otra… así sé que soy feliz. Y sonrió. La idea no entendió nada, y viendo que ya era tiempo de partir, se despidió de su viejita amiga, y la abrazó. Tenga usted en cuenta, que si deja que pase la vida sin volar, sin reír, sin sentir… no conocerá la totalidad de su felicidad. ¡Vuele! ¡Y déjese llevar!
Al día siguiente, en uno de sus paseos rutinarios apoyados por un bastón, el alma empezó a darle vueltas a lo último que le dijo su amiga la idea… debería comprar unas alas… pa los años que tengo… una canita al aire… no será nada. Se volvió loca, tiró el bastón, trató de correr, o de saltar, aunque fue un amago frustrado por la edad, empezó a cantar y a gritar feliz. Llegó a casa, se despojó de toda su ropa, de todos sus colgantes, hasta de sus lunares, y desapareció.
Pasaron unos días, 20 o así, y leyendo el periódico, la idea rebelde se sorprendió al ver anunciada la muerte de su amiga la alma, la encontró no se quién, muerta, desnuda, con una gran sonrisa en la cara… murió de un infarto. Siguió leyendo con el corazón destrozado, y de repente se rió sorprendida, se rió complacida, claro, a su edad no puede una andar con esos ajetreos, no puede una andar con tanto sexo. Desde que se escapó con sus alas, andaba follándose apasionadamente al aire, nuestra viejita y calmada alma, qué jodía, esa que murió con una gran sonrisa en la cara.
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