enero de 2007
No fue una mañana discreta. Se hizo notar con su lluvia y el ácido perfume de eso que no quería hacer. Entre otras cosas correr con el pelo mojado, tratando de no perder un avión.
El tipo del taxi fue amable y guardo respetuoso silencio ante el esfuerzo por maquillar el contorno de sus ojos azules.
- ¿Has sentido alguna vez que nada de lo que haces vale la pena? – Después de decirlo, vio la imagen del hombre canoso al volante que la miraba con un dejo de compasión y se arrepintió de la pregunta.
Uno, porque, quizás el hombre ese, estaba muerto de rabia por tener que arrastrar a ejecutivos y turistas al aeropuerto, que se quejaban de todo, mientras el se derretía todos los días en ese par de metros cuadrados.
Dos, porque, quizás había provocado compasión en aquel extraño y eso que la gente tuviese pena de ella, era, para su manera de ver las cosas, una de las que más odiaba. Su género, así desvalido por siglos, causaba pena cada cierto tiempo.
- A veces… no hay tanta gloria como uno quisiera –
- Yo quisiera – Se sorprendió – Pero la mayoría de las veces parece que el día pasa y no hay nada más…
Miró por la ventana mientras llovía y se dejó llevar por la vista que tenía. Sintió ganas de llorar, sintió ganas de pedirle a ese hombre que se detuviera y le abrazara.
Un abrazo de extraño, de cualquiera que pudiera sostenerla un minuto entre sus brazos.
- Pero no es eso lo que quiero – se adelantó hasta quedar entre ambos asientos para indicarle la parada frente a las salidas nacionales – Quiero alguien que no me pueda quitar los ojos de encima…que se muera por mi.
El hombre volvió a mirarla con la compasión que ahora ella quería sentir. Mientras se empapaban ambos, él le entregó las maletas y dijo algo que ella no entendió por el ruido del viento, un avión y su soledad.
- ¿Qué??? –
- Más de alguien se quedaría encerrado en esos ojos suyos….
La primera reunión de la mañana fue tranquila y llena de lugares comunes. No la esperaban y la sorpresa los obligó a ser aún más cuidadosos con lo que decían. Y así, como casi todas las veces, cerca de las dos de la tarde quedó parada en la mitad de la ciudad ajena, sin más compañía que el cielo que se abría entre los edificios. Pensó en la ventaja de estar en ese lugar. El cielo se veía más claro y la vista era más abierta. Levanto la cara y se quedó atónita por el celeste y los grandes manchones de blanco que se extendían frente a sus ojos.
La gente parecía no ver lo que ella. Era como una ventana abierta, personal, solo para su uso. Miraba de reojo a los demás y podía ver las historias que se entretejían entre los roces que accidentales o no tanto, se producían entre los caminantes.
Como historias fugaces, ella podía darles títulos que le parecían escritos en el cielo.
“Hija del susurro”, “Dos amantes y un perro enajenado”, “La verdulera y el desliz con el hombre del traje oscuro”, “La maldita soledad de una loca bajo el cielo de la ciudad”.
Fue entonces cuando lo vio. A través del cielo, como una línea de tiza, listo para que una costurera descomunal lo rajara de un extremo al otro.
Un cometa.
Miro otra vez a su alrededor y las gentes caminaban sin mirarse siquiera, nunca se darían cuenta. Sintió ganas de remecerlos, se desesperó. Nunca hubo más gloria en su cielo y ahora nadie parecía poder acompañarla, cuando era el momento preciso, el momento justificado para compartir con alguien.
Pero no abrió la boca.
- Así es, como crees que debe ser. Callada la mayoría de las veces –
Él estaba a su lado mirando en la misma dirección.
- No me conoces… -
- No, no te conozco. Me refiero a la naturaleza…
Ella lo miró extrañada, con un gesto estudiadamente desagradable.
- ¿Para qué te echas a perder este momento?
- Yo…-
Entonces se detuvo la ciudad. Poco a poco, las miradas se dirigieron al cielo, los pasos se fueron deteniendo, el silencio fue cubriendo el espacio, como un gas, ocupando los resquicios, hasta que todos se mantuvieron en un gigantesco “nosotros”, mirando al mismo lugar, donde se partía en dos la cáscara del planeta y el silencio hacía de piel.
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