Una roca solitaria, domesticada y roja, cambia de color conforme la miro, se mueve, crece y sale de ella una mujer, ella se bifurca en dos ciervos, salen del camino y me auxilian: ¡Existencia!, ¡ Melodía! es a lo que me refiero, Gravamen del esclavo es no reconocerla, Hablo a la música, dialogo con ella, Hablo de todo y ella me cuenta lo que le ha pasado, Perdóname, no soy hombre de cuentos cortos:
¡Melodía!, hijos de la música armoniosa y homogénea,
El silencio, sencillo de matar,
Sencillo de destronar,
El poder que se origina en los ojos del titán,
El navío que se pierde en el mar,
La nieve, el hombre y el padre de la montaña,
¡Todo tiene música!,
Del sin sentido florece la razón, lo real,
De las causas ambivalentes, irrazonables
De los decibeles atronadores de la selva,
No se pierde la armonía,
Cantos primitivos casi logrados,
Paganos, Profanos, Creencias grises,
Prevalecen en el estomago de la selva,
Y mi mente viaja en ella,
Como germen benefactor del tejido natural.
¡Entérate!, de todo esto hablo yo con la música.
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