Nada más entrar en la casa de los abuelos, había una pila de cajas de cartón, a la derecha estaba el sofá junto a una lámpara de lectura y al fondo del comedor un baúl en el suelo, cerrado. Era de madera, color cerezo y la tapa ribeteada en tono verde pastel. Justo ahí guardaba Diego sus mejores regalos, los regalados por su alma gemela, longeva como la suya.
- Abuelo ¿Qué guardas en esa caja?- le preguntó un día Álvaro-
- No es una caja, es un baúl.
- Bueno, lo que sea, ¿pero qué hay dentro?
- Un tesoro.
- ¿Y es secreto?
- Si fuera secreto lo hubiera escondido bajo tierra.
Aquella respuesta hizo sonreir al pequeño, sonrisa que acompañó con un ligero movimiento de hombros.
- Ya,ya,ya. Claro, tienes razón. ¿Me lo enseñas, abuelo?
- Si, pero no es algo físico.
- ¿Qué es físico, abuelo?
- Quiero decir, que no es algo que puedas ver o tocar.
- Entonces no hay nada.
- Te equivocas, ese baúl guarda el mejor de los regalos.
El nieto andaba desconcertado, aquello le parecía un trabalenguas y lo dejó correr.
-Bueno, vale- dijo-. Por cierto, abuelo, mañana Domingo tengo partido de fútbol ¿Quieres venir a verme?
- Claro que si. Pero sólo si me dedicas un gol.
Ambos rieron de buena gana.
Al día siguiente, cuando la iglesia daba los cuartos para misa de doce, comenzó el partido. Las gradas estaban más llenas que de costumbre, se disputaba el pase a las finales del campeonato.
Álvaro buscó a su abuelo entre las gradas y levantando la mano lo saludó. Luego se puso la gorra y revisó sus botines antes de salir al campo.
- No Álvaro, hoy no vas a jugar.
- Pero entrenador, yo quiero jugar.
- No insistas, hoy no puede ser, arriesgamos demasiado.
Ese comentario enfadó mucho a Álvaro. El abuelo seguía el partido, pero con mucha más atención observaba a su nieto en el banquillo. Sus mofletes estaban rojos por la rabia contenida, cabizbajo y con las cejas muy fruncidas.
Tras la última falta, hubo un penalti que hizo empatar a ambos equipos y luego el árbitro con un largo pitido dio por terminado el partido.
Los niños corrieron a las duchas, algunos como Alvaro, solo para cambiarse de ropa. Mientras, los familiares dejaban las gradas atrás buscando algo de sombra donde cobijarse.
Daniel vio aparecer a su nieto, y se le adelantó.
- ¡Ven aquí campeón! – le dijo-
- Abuelo, no hemos ganado y yo ni siquiera he jugado. No soy un campeón.
- ¿Y a qué esperas para serlo?
- Pero ¿no lo viste?- preguntó dubitativo a modo de respuesta- El entrenador no me dejó salir al campo.
- Puedes ganar igualmente.
Daniel puso su brazo sobre el hombro del pequeño y lo guió hasta un banco próximo, donde tomaron asiento.
- Podéis ir caminando hacia el coche - le dijo al resto de la familia- nosotros vamos ahora. Y mirando al pequeño le invitó a escuchar una historia.
- Verás Álvaro ¿Recuerdas el baúl del que hablábamos ayer?
- Si abuelo, el que tienes en el salón de tu casa. Me gusta mucho.
- Si, el mismo. A mi también me gusta, lo tengo desde que tenía tu edad y guardo regalos como los que a ti te han dado hoy. El mejor regalo es la oportunidad de no coger todos los regalos que te ofrezcan.
- ¿Regalo? ¿Qué regalo, abuelo? – preguntó extrañado-
- Tu entrenador hoy te dio un regalo, que aceptaste.
- Pero si no me dio nada. ¿No dejarme jugar es un regalo?
- En ese momento te estaba dando un regalo y tú lo cogiste.
El niño lo miraba extrañado y no le quitaba ojo.
- Yo no tengo nada- repitió-
- Te dio un regalo, el enfado, y tú decidiste cogerlo.
Los ojos de Álvaro brillaban, su atención era máxima.
- ¿Lo entiendes ahora, hijo?
- No sé abuelo, yo quería jugar.
La próxima vez que te ofrezcan un regalo similar - prosiguió el abuelo- lo que tienes que hacer es decir que no lo quieres. Tan sencillo como eso; te ofrecen un regalo y no lo quieres.
-¿Y la gente por qué regala enfados, abuelo?
- No hay razones, pero todos lo hacemos.
El niño se quedó pensando en aquellas palabras, y aunque pequeño las entendió. Tenía un alma longeva como su abuelo.
- Abuelo- gritó de inmediato- Para mi cumpleaños quiero un baúl como el que tú tienes en casa.
El abuelo rió de muy buena gana la espontaneidad y rapidez de su nieto. Mientras iban camino del coche donde les esperaba el resto de la familia, le dijo que de eso no tenía que preocuparse, que él mismo se lo regalaría.
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