El soldado y la dama ( Parte I )
Los hechos de esta historia se remontan si la memoria no me falla al 1643 durante la guerra de los treinta años, recién concluida la batalla de Rocroi. Fue en mayo, el 19 para ser exactos, fecha célebre en Francia y triste para España. Aquel día al amanecer las piedras crujían de frío y aunque la primavera bostezaba desde marzo aún no lograba sacudirse la modorra del invierno, crudo y gélido en las Ardenas, región llorosa de lluvias y de bosques profundos y sombríos; un eterno velo cubría esta tierra de brumas. Antes de la batalla el sol se ocultó temeroso bajo un palio de nubes y le cedió el cielo a la tristeza. Intuía tal vez la tragedia que se gestaba a su sombra en la madrugada.
Mi quehacer y el destino dispusieron que me viera obligado a desplazarme a la pequeña villa de Rocroi, a cuyas puertas acampaba un ejercito imperial de más de 20.000 almas al mando del orgulloso general Francisco de Melo que asediaba la ciudad. Los tercios españoles y sus aliados ignoraban que un contingente francés más numeroso y capitaneado por el duque de Enghien, futuro Luis II de Borbón, se acercaba a marchas forzadas decidido a presentar batalla....
Ante todo añadiré que no es mi deseo aburrir o entretener con anécdotas y detalles de tan sangriento incidente, este cometido lo dejo a buen recaudo en manos de los eruditos; así pues omitiré de buena gana los pormenores de la contienda. Yo nunca fui soldado; y sin embargo he visto tantas batallas, tantas guerras que incluso podría impartir lecciones al mismísimo Napoleón, Julio cesar o Alejandro Magno y a otros muchos que se pavonean de ser maestros en el noble o mejor dicho en el estúpido arte de la guerra, que si éste no existiese yo tendría menos sufrimiento y más regocijo.
Finalizada la lucha con el crepúsculo a mis espaldas vagabundeaba por los campos yermos entre montones de cadáveres, hermanados todos ellos por el beso de la muerte; ya fueran españoles, franceses o flamencos; valones, holandeses o alemanes; italianos, genoveses o alsacianos. La tierra se hinchaba radiante y glotona empapada después de tragar tanta sangre.
Me detenía y atendía únicamente a los moribundos; los acariciaba; los abrazaba y les susurraba palabras dulces y placenteras hasta que exhalaban el último suspiro y se convertían en átomo, en aliento del sueño eterno. A los heridos o a aquellos que por su naturaleza robusta se negaban a escucharme los ignoraba y seguía por mi senda. Me abría camino entre tanto desbarajuste; entre piezas de artillería destartaladas con los cañones de cobre reventados; entre caballos destripados y de ojos tristes acosados por enjambres de moscas que celebraban su festín; entre picas y lanzas quebradas y salpicadas de rocíos de sangre; entre arcabuces rotos, espadas melladas y morriones abollados; entre banderas y pendones hechos trizas y desgarrados.... Entre los muertos solitarios. Algunos parecían reposar, como la criatura que apoya dichoso la cabeza sobre el regazo de su madre mientras aquella lo acaricia. Otros, los más templados, yacían aún con las armas en la mano, con el odio y la rabia grabados en el rostro, mudos testigos del cruel combate hasta su amargo final. Muchos permanecían fieles a su agonía con los ojos abiertos en un rictus de dolor. Cubrían con manos trémulas y dedos agarrotados los tajos de sus heridas por donde se les escapaban las entrañas y había huido la vida. Despojos y restos humanos sin distinción de origen y confesión se esparcían por doquier.
Un humo espeso amortajaba el campo de batalla. El suelo eructaba un vaho dulzón que apestaba a sangre seca y pólvora fría. A mi paso racimos de grajos me saludaban con un graznido festivo. Revoloteaban a mi alrededor hasta que me acariciaban con sus alas negras. Manadas de perros famélicos hundían ansiosos sus hocicos en las vísceras palpitantes y emitían un gruñido enfurecido cuando la carne y los huesos se resistían a sus quijadas.
El día llegaba a su fin adormecido sobre el crepúsculo. Las nubes conmovidas dejaron caer una llovizna que refrescó la tierra y espantó el humo sucio y la niebla. Fue entonces cuando lo hallé oculto en un bosquecillo de abedules y apoyado contra el tronco de un árbol. En sus brazos mecía con ternura el cuerpo inerte de su hermano. Le acariciaba el cabello mientras las lágrimas surcaban carriles de carbón sobre sus mejillas manchadas de hollín. No quise acercarme y alterarlo en su congoja. El viento me trajo los susurros de su angustia:
-- ¡ Anda, despierta Gonzalo!.... Que volvemos al hogar, a Vicuña. ¿Gonzalo..? -- le hablaba aquel pobre diablo al cadáver con voz entrecortada que sonaba hueca, teñida de agudezas por la pena.
El tiempo como siempre jugaba a mi favor; así que aguardé a que finalizase el lamento de su monólogo....
( Continuará)
Churruka, 15.03.2006 |