La abrazó con todas sus fuerzas intentando que en aquel segundo todo pareciera blanco, bello, prístino y fugazmente hermoso. No volvería a verla nunca más, pero solo deseaba que aquel sueño fuese una realidad eterna de la que escapar nunca se tornase salida, de la que desprenderse no fuera más que para vislumbrar su rostro, feliz por observarla al verlo regresar. Su distancia se acortaba por segundos, unos últimos segundos de sosiego antes de no unirse nunca más.
Respiró el perfume que la rodeaba, el cual bailoteaba de forma confusa pero firme, fragancia que no guardaría más que en su torpe existencia. Antes de entrar en el infierno el paraíso lo quemaba, abrasando sus infinitas fantasías, su espíritu, aquel que ya no contiene más esperanza que una muerte en soledad, que un susurro inaudible y asustadizo antes de enfrascarse en el frío atisbo de los fuegos etéreos del abismo absoluto, donde ella nunca iría, pero que era su destino, de él. Pero aquel segundo era la voluntad de toda esencia antes de recorrer los caminos oscuros, temibles, del dolor y la angustia. Era aquel momento de compasión por un futuro, lejano y bravío, donde estar juntos no era más que una risilla dulce y fascinada en el fondo de su corazón.
Guardaba en su mano la calidez y claridad de todo cuanto ella había significado para él. Reflejaba, como espejos empañados, la nube de la locura, que grandiosa luz de su corazón le permitía recorrer. Las lágrimas se agolpaban en numerosos torrentes en sus ojos, pero llorar no conseguiría más que volver a mirar al pasado, y si lo hacía jamás partiría. Giró su rostro sin observar el de ella, y comprendió la injusticia que había cometido en aquel momento, pues ella recorrería su mismo camino hacia su propio infierno personal.
Las lágrimas de aquella alma no eran falsas sino realmente gráciles, apresuradas por prometerle que jamás se separarían, algo que ocurriría cuando el tiempo volviese a correr.
Por todo ello decidió que, antes de que el mundo se diera plena cuenta de su error, él lo aprovecharía para desearla, para convertir en presente sus interdicciones, sus prohibiciones, susurrando en su oído lo que nunca pasaría, prometiéndole en una sola frase aquello que era imposible, que jamás ocurriría, que los dos sabían la mentira que ello conllevaba.
Pero ese era su tiempo, aquel que no existía, aquel que los había transportado durante un solo segundo a un paraíso, diferente a cualquier otro, donde sus almas se entrelazaron con el devenir de la vida y confundieron su propia realidad convirtiéndola, juntos, en amor.
Al volver a contar aquel tiempo perdido él la soltó, melancólico y frío, haciendo que el torrente de lágrimas que ella ya había dejado surgir de su interior refulgiera de forma emotivamente frágil.
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