El soldado y la dama ( Parte V )
Yo permanecía sobre la colina que dominaba el bosquecillo en donde se encontraba Diego con el cadáver de su hermano. Aguardé paciente a que las primeras sombras tiñesen de púrpura el crepúsculo y me decidí ir a su encuentro. A medio camino, bajando por la suave pendiente, se percató de mi presencia y alarmado le habló a su hermano:
-- ¡Gonzalo mira! Alguien se acerca. No hagas ruido. ¿ No la ves?..A esa mujer vestida de negro, con las ropas ondeando al viento como alas de un cuervo...¡ Qué hermosa es! Pero su presencia me produce escalofríos. ¡ Maldita sea! Ya nos ha visto. Viene hacia aquí.
Me acerqué despacio hasta que me detuve a escasos metros del soldado.
-- ¿ Necesitas mi ayuda Diego? -- mi voz era un susurro. No era mi intención alterarlo.
-- ¿ Quién eres ?...¿Cómo sabes mi nombre?
-- ¿ No me conoces? Yo soy la que siempre ha estado a tu vera, ayer, hoy... A lo mejor mañana. He cuidado de ti cuando tu no estabas atento; y tal vez sea tu perdición en el momento menos propicio, posiblemente aquí y ahora.
-- No estoy para adivinanzas. No te entiendo, pero no te acerques. No me fío de ti -- me contestó huraño y yo descifré en mi mente las amargas palabras de su monólogo:
“Me parece que yo te conozco. Ya te he visto varias veces, de reojo, como una sombra negra revoloteando por el campo de batalla. ¿ Qué te crees ?, ¿ No te basta con el alma de mi hermano que además quieres la mía?, ¿ No te compadeces de nuestra pobre madre? Maldita arpía carroñera no te saldrás con la tuya”, pensaba el soldado que con una mano aferraba la empuñadura de su daga y con la otra oprimía el cuerpo del hermano muerto contra su pecho.
“¿ Por qué te enojas Diego? Yo reclamo únicamente lo que el destino exige”, razoné y avancé hacia él.
-- ¡ Quédate quieta!, ¡ No te acerques más! -- me gritó blandiendo su arma.
-- ¿ No deseas que te ayude? Esa fea herida del hombro parece grave -- pregunté suavemente.
-- No hay ayuda posible que tu me puedas ofrecer, y aún menos para mi hermano ... y mi hombro sanará si Dios quiere.
“ A mi no me engañas tu con tus monsergas y tu hermosura que bien sé quien eres. Y aún así, como te acerques un paso más te hinco el acero en tu carne pestilente hasta las cachas, vieja pútrida”, escuchaba yo sus amenazas mudas y sin embargo nítidas en el silencio.
Ignoré sus desafíos y me incliné para abrazarlo, cuando de manera precipitada me dijo:
-- Además, alguien tiene que contar lo sucedido...
-- Otros lo harán por ti. Hubo seguro más supervivientes -- respondí mientras me erguía
-- Sí, pero ninguno de Vicuña.... ¿ Quién se lo dirá a sus madres, a sus esposas.. a sus hijas …¿Quién? -- Alegó.
-- En eso tienes razón -- y por primera vez vacilé. Él comenzó a gritarme:
-- ¡Lo que yo quiero es inmortalizar los sucesos de hoy en un trozo de papel... Escribir un libro para que todos sepan lo que ha ocurrido; lo que sucede en cada guerra, en cada batalla!
-- No te escucharán -- respondí tranquila, y al mismo tiempo curiosa.
-- Tal vez, seguro que ni los ricos y los poderosos, pero alguien lo hará, aunque sea sólo el viento; hasta que sus ecos alcancen los oídos de las generaciones venideras.
Me había convencido. Lo miré un instante fugaz a los ojos y el soportó mi mirada. No me temía. Él y la firmeza eran hermanos. Antes de partir le sonreí y añadí:
-- De acuerdo Diego...Hasta nuestra próxima cita... “Que será sin duda la última”, sentencié.
El murmullo de su voz fue engullido lentamente por la noche y la distancia mientras me alejaba....
-- ¿ Has visto Gonzalo cómo sonreía la muy pícara? Su risa todavía me hiela la sangre. Mira cómo se disuelve en las sombras.... Sí, lárgate y no vuelvas. Tendrás que esperar porque pienso regresar y contar lo sucedido.... Pero antes Gonzalo te enterraré, aquí mismo, al pie de este abedul. No ignoro que es sólo tu cuerpo y que si Díos existe estarás a su lado, que por muy travieso y rebelde que fueras bien se desesperaría el diablo contigo...
*****
“¿Por qué me ofendes?, ¿Por qué me injurias?, ¿No soy yo la que pone fin al dolor y a la pena concediendo el descanso eterno?... Sí, regresarás al hogar y escribirás tu libro, aunque pocos te hagan caso por ahora.... No seré yo quien te visite la próxima vez. Cuando con el transcurrir de los años el peso del recuerdo se te haga insoportable y los reproches te atormenten, serás tú quien desee mi abrazo. Porque has de saber que yo ya existía cuando el pasado aún era futuro y el tiempo joven, y yo sólo el final y su principio. Y a pesar de que tarde o temprano todos acaban en mis brazos, todavía me enternezco; me ablando vulnerable ante las acciones de unos cuantos, que como tú, por sus hechos o palabras consiguen alcanzar la eternidad, o tal vez digamos ... ¿Vencer a la muerte?“
Fin
Churruka, 17.03.2006 |