Soledad que al fin llamas a mi puerta.
Tantas veces temida. Tantas
en diseños de luto presentida.
Nunca fuiste pensamiento feliz.
Jamás lúdico dibujo en el centro
o en un rincón de mi pizarra.
Al fin y como era de esperar,
fui alcanzada por tu vuelo
rasante y riguroso,
demolida en tu incursión, presa
sobre el hielo de tu triunfo.
Y aún así vengo a cantarte
con rótulo colgado de mis labios:
bendita soledad.
Con tu arribo más la ayuda
o el arrimo de otras ascuas:
un poso o un peso más de ceniza
y no lo cuento.
Y sin embargo aquí me tienes,
llego a tu arrullo, en ti me acuno,
en tus olas me mezco,
mi dulce soledad.
Ya te nombro amiga. Te doy gracias
por un reencuentro en el cobijo
y en la liana de tus brazos.
Por buscarme desde siempre,
por traerme sí o sí a tu presencia,
por empujarme contra las cuerdas y a los pinchos
de este idilio a tumba abierta.
A este disfrute que se ha ido modelando
a fuego y yunque en las fraguas
de este tiempo duro y lento
hecho de savia, de esencia material,
sabio zumo de auroras y argamasa,
confín de piel, éter, cuerpo o alma.
Tantas veces gracias.
Por proveerme con este espacio
donde al fin detento la delicia
de este amor en compañía
que jamás me deja sola.
Por obligarme a firmar la paz conmigo.
A devolverme la risa y la esperanza
de esta relación o amor antiguo,
engastado en las orillas primigenias
de los mundos y las eras.
Por prestarme tu ser entero, tu calma,
neutra y libre, sin condiciones.
Por enseñarme contra pena de muerte
o de cadena perpetua sin remedio,
pues sobrevivo,
a bendecirme en integral y en cada poro,
a perdonarme como sea,
por la noche o de día, al contraluz,
en bajo y alto.
Y tras las lindes más allá del desespero,
a concederme casi todos los permisos,
a ser dueña de mi y mis horizontes,
de trazarlos o crearlos con mis tonos,
aquí y allá
mezclando y eligiendo los colores,
en la vastedad de mis segundos,
de mis lustros,
por mi surco y con mi arado,
con mis ojos,
con mi lengua, a mi manera.
A empujarme si o no a ser
precisamente lo que soy
a casi cualquier hora, en cuanto puedo,
sin que apenas la marea me incomode…
A quedarme quieta a veces, pensando
lo que quiero, cuándo y como,
y si, claro que sí, también con quién,
mismamente así y siempre a veces,
nunca siempre.
Mucho te agradezco me enseñaras
que nadie es mi cobijo ni mi pan
ni mi luz, ni mi día ni mi noche...
que sólo tu y sólo yo somos mi amor
en esta misma yo bogando
calle avanti, o encallada
en las tardes de buen tiempo,
bajo ramas del invierno o de otoño,
al blanco frío o en la brisa carmesí
de fuente o llanto
en la lisura de mi almohada
o quizás serena y calma al aire libre,
bajo la acacia,sobre el banco,
o en mi sofá ante la tele
o entre besos y entre charlas,
en el camino gris acera y más allá
verde colcha, fresca tierra,
manta prado, río anzuelo
navegando el territorio de mis horas
pobladas o desiertas,
arropada en los jardines de tus brazos,
al fin en ti como en mi misma,
en nosotras dos en una... siempre juntas
vida adentro y detrás
de las fronteras.
Querida... No me faltes nunca
de este modo y de algún otro...
Siempre tuya, amada amante.
Amiga: mi querida soledad.
Ángeles Yagüe.
|