NUESTRO LAZO: LA LEYENDA DE LOS HERMANOS KALASHNIKOV
Enero, 2007.
El afamado periodista y documentalista de la TV. estadounidense Edward Grayson, se propuso la tarea de develar el misterio que encerraba una popular leyenda del salvaje viejo oeste. Para este propósito viajó hasta el estado de Nevada, acompañado de todo su equipo de técnicos y profesionales con los que trabajaba y, luego de obtener los permisos de las autoridades del lugar, se dirigió al cementerio público de Carson City. En la sección C, la tumba 01752 conservaba aún en pie su pequeña cruz de madera y en ella aparecía grabada el nombre de: "Andréi Kalashnikov 1841 - 1875". Es en éste punto donde el periodista ordena excavar a su gente, para poder así exhumar los restos mortales de quien fuera un asesino.
Octubre, 1875.
El tribunal de justicia de Carson City, celebraba juicio a los hermanos Andréi y Alexéi Kalashnikov, por el cargo de homicidio a dos respetables ciudadanos. Agotados todos los argumentos de la defensa y expuesto el contundente testimonio de los testigos del hecho; el jurado pronunció su veredicto: "Señor juez, encontramos al acusado Andréi Kalashnikov, culpable de asesinato... y, a su hermano Alexéi Kalashnikov, inocente de toda responsabilidad en los crímenes". El implacable juez Parker, sentenció: "No quedándome ya, ninguna duda respecto a la culpabilidad y la inocencia de uno y otro hermano; éste tribunal de justicia se ve obligado a cumplir con su deber y conforme a ley, sentencia a Andréi Kalashnikov a ser ahorcado hasta morir, mientras que su hermano Alexéi kalashnikov, queda libre y absuelto de todas las acusaciones aquí manifestadas. La ejecución se llevará a cabo mañana al medio día. El juicio ha concluido, señores."
Enseguida, dentro y fuera del tribunal la gente del pueblo comenzó a murmurar todo tipo de comentarios a favor y en contra de la sentencia emitida; en tanto, Andréi y su inseparable hermano, abandonaban raudos el salón custodiados por el abigotado alguacil, a esperar en prisión la hora de la ejecución.
Al caer la noche, dentro de la lóbrega y pequeña celda... ambos hermanos por fin tuvieron la oportunidad de hablar a solas sobre lo acontecido.
- ¿Por qué tuviste que matar a esos hombres, hermano?
- No lo sé, Alexéi. Yo sólo tomé ése revólver en mis manos y antes de que pudiera darme cuenta, me encontré disparándole a esos dos desdichados..., pobrecitos.
- Humm,... ¡Amok! seguramente fue amok.
- ¿Amok? ¿Qué cosa es amok?
- Es una palabra que aprendí de un libro. Es algo que les pasa a los malayos, que los vuelve locos y les da por matar y matar.
- Pero hermano... ¿Te parezco loco o malayo?. Loco quizás, pero malayo jamás.
- Nunca debimos abandonar nuestra amada Rusia ¿verdad, Andréi?
- América era nuestro sueño. Perdóname Alexéi... Yo no quise que las cosas se arruinaran; yo no quería que tú...
- ¡Calla! No te culpes más. Tú y yo estaremos siempre juntos hasta el final.
Durante toda la noche, el martilleo constante de los carpinteros construyendo a toda prisa el patíbulo, recordaban a cada instante al condenado, que la fría muerte estaba muy próxima.
Al terminar de limpiar su arma -minutos antes del medio día- el mostachudo alguacil, fue a buscar la herrumbrosa llave de hierro de la celda y, dirigiéndose al reo, le dijo: "Andréi Kalashnikov... es la hora, ¡Vamos!
Una verdadera feria de sadismo y perversión, parecía haberse organizado en la plaza del pueblo, que desde muy temprano convocó a una bulliciosa muchedumbre, agolpada en torno al cadalso erigido. Vaqueros, mineros, campesinos, leñadores, comerciantes, artesanos, mujeres y niños... el pueblo entero dejó por unas horas sus quehaceres, para poder ir a ver la ejecución más rara y controvertida que haya visto nunca.
- ¡No iré a ningún lado! -vociferó un tanto asustado Andréi, mientras se aferraba tenazmente a los barrotes de su provisional encierro.
- Muy bien hombre... no me dejas otra alternativa que usar la fuerza, para sacarte -respondió muy seguro el bigotudo alguacil remangándose la camisa.
- ¡Espere, por favor! -exclamó Alexéi, quien había permanecido todo el tiempo junto a su hermano-. No será necesario usar la fuerza, alguacil. Yo haré que mi hermano vaya tranquilo al patíbulo..., sólo dénos un minuto.
- De acuerdo. Te daré un minuto a solas con él, para que lo convenzas de salir por las buenas.
Una vez más, los hermanos Kalashnikov platicaron a solas...
- Hermano, ¡Escucha!... ¿lo oyes? nuestro público nos reclama.
- Sí. Los oigo... como en el circo de nuestra amada Rusia... la gente esperaba con alegría nuestra aparición en escena. Nos amaban ¿recuerdas, Alexéi?
- Claro que sí, Andréi ¡Vamos! no hagamos esperar más a nuestro público.
Para asombro y confusión de todos, el sentenciado apareció en la calle abriéndose paso entre el mar humano, avanzando con paso triunfal y sonrisa traviesa, rumbo a la plataforma de madera donde sería ajusticiado. Junto a él, acompañándolo siempre estaba su inseparable hermano y detrás, armando con un potente rifle, el bigotudo custodio.
Unos, dos... siete escalones. Sobre la plataforma se encontraban ya prestos a cumplir con sus misiones, tanto el reverendo con su biblia en mano; el verdugo con la mano en la aceitada soga; y el sepulturero con su cinta métrica..., Coincidentemente los tres ataviados con fúnebres pero elegantes trajes negros.
El juez Parker, emborrachándose desde la noche anterior en la cantina, jugaba con un dólar de plata, haciéndolo girar sobre su mesa, mientras que, de rato en rato le echaba un vistazo a su costosísimo reloj de oro de bolsillo.
- ¡Cantinero! ¡cantinero! ¡tráigame en seguida otra botella de whisky, que ésta ya se acabó!
- Pero, señor juez..., el pueblo, la ejecución, ¡su orden! ... ¿no es acaso la hora?
Tambaleándose de borracho, el juez Parker caminó hasta la plaza y antes de que se cayera al suelo para convertirse por un instante en la comidilla de la multitud; ordenó al solícito verdugo cumplir con el ahorcamiento del reo.
Al tener la sensación ajustada del lazo alrededor del cuello, Andréi se vio traicionado por sus nervios y echó a llorar como un niño, antes de ser cubierto su rostro por la aterradora capucha negra. Al mismo tiempo que el reverendo encomendaba el alma descarriada a Dios, Los hermanos Kalashnikov se despedían diciéndose unas últimas palabras.
- Perdóname hermanito, por haberte arrastrado a ésta vergüenza.
- No tengo nada que perdonarte Andréi... ser tu hermano ha sido mi mayor orgullo en ésta vida. Ni siquiera con la muerte podrán romper el lazo que nos une.
General expectación. El verdugo haló de la palanca que liberaba la abertura en el suelo de la plataforma, dejando caer el cuerpo del condenado. Tensión en la soga; tensión en los ojos de los curiosos, tensión en el cuello roto del ya difunto Andréi y, Tensión en el noble corazón en agonía de su inseparable hermano Alexéi.
Enero, 2007.
Los excavadores sacaron con mucho cuidado, el deteriorado ataúd de madera a la superficie. Emocionado, el mismísimo periodista quiso ser el primero en descubrir y ver el contenido del cajón. Efectivamente y tal como decía la leyenda; aquél fatídico día de octubre de 1875, la justicia condenó a morir en la horca a un hombre culpable de asesinar, pero también a un comprobado inocente. Los dos esqueletos unidos por el tórax de los hermanos siameses, Andréi y Alexéi Kalashnikov, contaban luego de más de un siglo la verdad de su historia, buscando incluso hoy, la tan anhelada justicia. ¿Te animarías tú a juzgarlos?
|