GOKIBURI (Cucaracha, en japonés)
Tokio - Japón
Día 1
Satomi Ywamoto, es una guapa y exitosa publicista que trabaja en el piso cuarenta y tres de un edificio no gubernamental. De noche, al terminar la jornada, corre al ascensor y hace una parada obligada en el piso nueve, donde funciona un selecto restaurante de comida japonesa y, en el cuál acostumbra cenar con su colega y buena amiga Kumiko Miyasato, quien labora también en el mismo edificio.
- ¡Satomi..., aquí!
- Hola, kumiko. Perdóname... se me hizo tarde.... es que mi jefe me tuvo muy ocupada, hoy.
- Descuida, Satomi... yo también acabo de llegar y, el culpable también fue mi jefe.
- Ja, ja, ja, ja... sí, me lo imagino, sólo que a ti, tu jefe te mantiene muy ocupada, pero sentada sobre sus piernas.
- ¡Shiiiii! Cállate, indiscreta, alguien de la empresa te podría oír. Allí viene el camarero..., pide tu orden, que ya pedí la mía. Dispénsame un momento, iré al baño. Ya vuelvo.
- Buenas noches, señorita. Aquí le dejo el Sushi, con una porción extra de tofu que pidió su amiga.
- Gracias. A mí me trae un sashimi de salmón y, por favor, esta vez quiero mi sake bien frío.
En la atmósfera acogedora del sugestivo local, se respiraba los más variados y deliciosos aromas de la cocina nipona. No había mesa, en la que no se vieran gestos de satisfacción, dibujados en cada rostro de los cautivados y agradecidos comensales.
Satomi llevaba consigo el voraz apetito de una atlética mujer que dedicaba todos sus ratos libres al tae bo y los aeróbicos, es por eso qué, ante la demora del camarero, desesperó y rompió con el tradicional código de conducta oriental. Derrotada por el hambre, estiró pícaramente su esbelto brazo, a lo largo de la elegante mesa de roble, hasta llegar a coger con los dedos, un par de jugosas y tiernas lonchas de pescado que asomaban soberanas en el plato de sushi, de su amiga ausente. Tan astuta como un maestro Ninja del engaño, fingió un repentino bostezo, para poder llevarse a la boca el sabroso botín. Impune, Satomi continuó repetidas veces con su acto nada honorable, y no paró hasta dejar el plato sin su esencial presencia marina... y, pensó: "Cuando Kumiko vuelva, le ofreceré mis disculpas, le daré mi plato de sashimi y pagaré la cuenta... sé que me comprenderá; además, no he tocado ni un pedacito del insípido tofu que tanto le agrada a ella, pues felizmente para mi buen gusto, el tofu es incomible".
El motor de sus pensamientos se detuvo de improviso, cuando su moderno celular destelló, vibró y sonó al ritmo excitante de un tono musical de Madonna. Enojadísima, Satomi oprimió con impetuoso rencor, al botón que apagaba el celular; después de percatarse que las insistentes y acosadoras llamadas pertenecían a su ex novio; un tipo de lo peor..., una infeliz cucaracha "¡Cucaracha!- exclamó en voz baja, al advertir la presencia de un inesperado visitante en la mesa".
Se trataba de una sucia y repugnante cucaracha de cuatro centímetros de largo que surgió del envés obscuro de la mesa; desplazando confiada y presurosa su pardo y maloliente abdomen sobre ésta, y que sólo se detuvo al llegar a tocar los extramuros del bol que contenía, al tan deseado y a la vez despreciado tofu. Sin mayor esfuerzo, la cucaracha trepó el blanco muro de porcelana que la separaba del que sería su nuevo tentempié y, una vez dentro, tomó posesión del insípido queso de soja, colocándole sus seis espinosas patas encima.
Cual olla de presión a punto de estallar, Satomi sintió ebullir su sangre encolerizada, al verse de un momento a otro, compartiendo la mesa con ése repulsivo insecto que, alegremente celebraba en su cara, la gloria de atiborrarse con el insípido tofu que ella desdeñó. El plácido y solitario festín de la cucaracha, de pronto se vio eclipsado por la luenga y delgada sombra que proyectaba la mano en alto de la furibunda mujer, quien, enajenada por un instinto casi primitivo, se olvidó de las formalidades y de su femineidad para volcarse por completo a la causa de acabar con la existencia del miserable rastrero; no por odio ni venganza; mucho menos buscando alguna justificación racional para ello, sino simplemente por hacer valer la ley natural del más acto y el más fuerte.
Con su vida puesta en jaque, la cucaracha olfateó el peligro en el aire enrarecido por la ira y, nerviosa abandonó su comilona para echarse a correr velozmente por donde llegó; intuyendo que su única salvación se encontraba tras el límite del borde de la mesa..., pero en la misma orilla de ésta, un golpe sordo y contundente acabó con su zigzagueante recorrido.
Mientras kumiko seguía ocupada en el baño, ni los camareros ni la distraída clientela, parecían darse por enterados de la pequeña guerra de especies que se libraba cerca a ellos.
"¡Te aplasté, maldita! ¡Ay! ¡qué asco! mi mano está toda viscosa con tu sangre hedionda... ¡Ah! pero, será posible qué aún vivas, miserable". Satomi había zampado una manotada a la cucaracha con la que la dejó despanzurrada; mas la increíble resistencia que caracteriza a su estirpe, le permitió todavía seguir arrastrándose, maltrecha sobre la mesa. "¿No creerás que llamaré a un camarero para que se deshaga de ti y me prive del placer inmenso de matarte yo misma? ¡Prepárate!... ahora te daré el golpe final". Chácharas, sonrisas, aromas, palillos en acción, platos... más platos y manjares, trajín de camareros y finalmente, la mano de Satomi otra vez en alto cortando el aire. "¿Qué pasa? todo tiembla; ¡Temblor... no, terremoto!". La destripada cucaracha usando las últimas fuerzas que le quedaban consiguió por fin aventarse de la mesa, pero eso ya poco le importó a Satomi, debido a que un fuertísimo movimiento telúrico comenzó a sacudir con violencia, a todo el edificio.
Un gran terremoto de magnitud 9.7 en la escala de Richter, estremecía con furia a la moderna metrópoli japonesa y, para la gente del restaurante, atrapada en el noveno piso, cada segundo que transcurría parecía durarles toda una vida. La violencia del sismo dejaba en añicos a los enormes cristales del edificio, resquebrajaba sus paredes y traía abajo la mampostería junto con las suntuosas lámparas que decoraban el techo. Aunque el pánico y la muerte rondaban por doquier, la cultura antisísmica nipona hizo que Satomi y las demás personas mantuvieran la calma y mirasen su entorno, en busca de un refugio seguro. Ligeramente protegida bajo su propia mesa, Satomi aguardó estoica a que pronto acabase la terrible pesadilla, pero el terremoto apenas comenzaba a escribir el prefacio de su obra destructiva.
Los remanentes de serenidad y esperanza se agotaron por completo cuando el edificio quedó a obscuras y el crujir ensordecedor de su estructura metálica hizo presagiar su eminente prolapso.
Histeria, gritos, obscuridad..., grandes bloques de concreto y acero desplomándose como castillos de naipes y, ¿Satomi? : Insignificante, diminuta, nula, impotente, subyugada a los caprichos del destino; no obstante: ¡Respira! ¡Lucha!... se aferra a lo endeble, lo absurdo, lo efímero y, no claudica..., se abraza con toda su fuerza mortal a la pata de la mesa, porque así siente abrazarse a la vida.
CONTINÚA... |