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Inicio / Cuenteros Locales / achachila / Mi abuelo y su pacto luciferino.

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Mi abuelo era un hombre duro y arrojado, macho como debían ser en el siglo XIX, caminaba erguido y orgullosos de su porte viril y bigotazo. "El hombre debe oler a pólvora, ron y tabaco" decía cuestionando los jaboncillos y shampús que empezaban a conocerse en las primeras décadas del pasado siglo.

Dueño de una hacienda pequeña, pero administrador de cinco o seis más, era respetado en el medio y temido por su arrojo y extrema autoconfianza. Mi abuela era la feminidad cultivada, cuidadosa de su hogar y apariencia, pero dependiente plenamente de la rígida voluntad de su marido.

Una tradición familiar relata que habiendo perdido una importante suma de dinero jugando con los dados y molesto por el arribo al poder del partido liberal, cierta noche de copas, se perdió con un alemán llegado a estas regiones, con intenciones de explotar minerales y de algún modo obtuvo la formula secreta del Grimorium Verum -supuestamente original de Salomón el Grande-, para pactar con el diablo.

Entre hacerse de pergamino de cuero de cabra macho, tinta china real (obtenida de un molusco por ese entonces), lacre negro y un estilete de cobre, al abuelo le tomó mas de dos meses seguir con su alocado plan: vender su alma al diablo para conseguir una fortuna, capaz de hacerlo uno de los mas ricos terratenientes de la región.

El hecho es que asesorado por el misterioso alemán, mi ofuscado antecesor se retiró a un medio agreste y elevado, en noche sin luna y vestido de negro y gris. Hizo un altar de piedras, prendió dos velas negras, leyó los conjuros prescritos por Antoine Rabí, quemó en un brasero grasa de cordero no-nato, pelo de cabra negra, azúcar negra con hierba del diablo, incienso y azufre natural. A continuación, dejando enterrado en un lienzo impregnado de barro el pergamino, la tinta, una pluma de buitre, el lacre y el estilete, se marchó hasta la siguiente luna menguante, en la que supuestamente el pergamino ya estaría revestido de poder legal en el averno.

Llegado el plazo, mi abuelo fue a desenterrar su futuro compromiso satánico y quedó asombrado y aterrado al encontrar marcado al pie del pergamino, una firma clara e inquietante que aparentemente decía Satanás con algunos signos misteriosos anexos. Parece que fue entonces que percibió la gravedad de sus acciones y sintió terror por lo que estaba a punto de hacer.

El pergamino debía escribirse con las fórmulas y términos del contrato, firmarse, y sellarse con el lacre negro, el cual debía recibir un chorro de sangre recién obtenida con el estilete de cobre. Concluido el rito, bastaría volver al lugar original de la invocación, hacer algunos conjuros, enterrar el pergamino y aguardar que se cumplan los convenios.

Pero mi abuelo ya no quiso saber mas del asunto: en ácida discusión despachó al alemán y decidió quemar los objetos prescritos. Para su desazón no pudo hacerlo, pues no hubo fuego dispuesto siquiera a chamuscarlos.

La noche sin luna en la que se supone debía quedar concluido el trámite, toda la casa de hacienda tembló sucesivamente desde las 11 de la noche, manteniendo aterrados a mi abuelo, mi abuela y sus tres hijos, además de la servidumbre.

Una extraña refulgencia y un hedor a azufre invadió los ambientes y ya pasada la medianoche, se escucharon grandes voces que exigían a mi abuelo salir para terminar el trato.

El terror invadió a la casa de hacienda, y tuvo que venir un anciano empleado a proponer la única alternativa posible.

"Lo único que espantará al diablo dadas las circunstancias, será el llanto fuerte de un niño de pecho que no sepa hablar ni haya comido carne aún" dijo con suficiente énfasis y autoridad el respetable anciano.

Acto seguido, mi abuelo arrebató a mi padre de las manos de la abuela y le dio tal pellizco en la nalga que el llanto del bebé rompió el hórrido griterío inexplicable, que se oía acercarse desde el portón del patio exterior.

Mi padre tuvo que llorar por cinco horas, hasta que despuntó el sol de la madrugada; solo entonces se disipó el hedor a azufre y se acallaron las voces del mal.

Papá creció sano felizmente, pero nunca pudo borrarse las marcas de las heridas provocadas por el pellizcar tenaz del abuelo. Lo mas curioso es que no sabemos como, dichas manchas fueron transmitidas a mi persona y a mis hijos varones.

Mi abuelo murió a los 103 años de edad, una vez viudo, se obsesionó con el Rosario y se hizo rezador compulsivo, perdió sus tierras y murió pobre, pero al menos -decía- guardaba la esperanza que su alma no arda por siempre en el Hades horrífico.
.......

Oscar Achá

Texto agregado el 15-02-2007, y leído por 27 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2007-02-15 19:53:02 Muy bien ambientada la historia, casi puede olerse el azufre! Un saludo. galadrielle
 
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